
Hoy en día, basta con caminar por las calles de nuestros pueblos y ciudades para chocar de frente con una realidad que duele: la inseguridad creciente, el avance de la droga y una alarmante cantidad de jóvenes que se encuentran a la deriva, sin estudiar ni trabajar.
Ante este panorama, es inevitable que muchos volvamos la mirada atrás y nos hagamos una pregunta que para algunos es incómoda, pero que en la calle suena cada vez con más fuerza: ¿no será el momento de debatir el regreso del Servicio Militar Obligatorio en la Argentina?
Quienes tuvimos la oportunidad de vivir esa experiencia recordamos perfectamente lo que significaba. Más allá de la instrucción estrictamente militar, el cuartel era también una escuela de vida. Allí se aprendía el valor del respeto a la autoridad, la disciplina, el orden, el cuidado de la salud y la higiene, y el sentido del deber. Pero, sobre todo, se fortalecía el amor y el respeto por los símbolos patrios, algo que hoy parece haberse desdibujado en buena parte de las nuevas generaciones.
El servicio militar igualaba: en un mismo pabellón convivían el hijo de un médico y el hijo de un peón rural, unidos bajo una misma bandera.
Claro está que estamos en el año 2026 y el mundo ha cambiado profundamente. No se trata de repetir el pasado ni de ignorar los errores que llevaron al fin del servicio obligatorio en los años 90.
El verdadero desafío sería rescatar su esencia formadora y adaptarla a las necesidades actuales.
En ese sentido, un eventual Servicio Militar Obligatorio moderno podría pensarse no solo como un espacio de defensa nacional, sino también como una gran red de contención social y educativa.
Podría convertirse en una escuela de oficios donde los jóvenes aprendan mecánica, carpintería, informática, enfermería o tareas vinculadas a la protección civil y la asistencia comunitaria. Herramientas concretas para ingresar al mercado laboral y alejarse de contextos donde la droga y la violencia avanzan cada día más.
Por supuesto, existen cuestionamientos válidos. Muchos sostienen que las fuerzas armadas modernas deben ser profesionales y altamente tecnológicas. Otros advierten sobre el enorme costo económico que implicaría sostener un sistema obligatorio. Son objeciones legítimas que merecen ser discutidas con seriedad.
Sin embargo, la pregunta de fondo sigue siendo otra: ¿cuánto nos cuesta hoy, como sociedad, dejar a miles de jóvenes sin contención, sin oportunidades y sin límites claros?
El deterioro social, la deserción escolar, las adicciones y la delincuencia también tienen un costo altísimo, aunque muchas veces no figure en los presupuestos oficiales.
El orden, el respeto y la cultura del esfuerzo no son valores antiguos ni autoritarios; son pilares fundamentales de cualquier sociedad que aspire a progresar.
Abrir el debate sobre un servicio obligatorio —sea militar, civil o comunitario— no significa mirar hacia atrás con nostalgia, sino animarse a discutir herramientas concretas para reconstruir el tejido social que la Argentina necesita recuperar con urgencia.
*Convecino de Dudignac


