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Un mensaje de la Curia en Chile también interpela a la Argentina

Escribe para Cadena Nueve, Ramiro Parra

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Un reciente mensaje de la Iglesia de Chile sobre la necesidad de “recuperar la paz social y el diálogo político” no debería quedar limitado a la realidad trasandina. Sus palabras atraviesan la Cordillera y encuentran en la Argentina un espejo incómodo pero necesario.

Cuando los obispos chilenos advierten que “toda forma de violencia, ya sea física, verbal, ideológica o institucional, hiere profundamente a la patria”, describen con precisión un fenómeno que también erosiona a nuestro país. La violencia no solo se expresa en la inseguridad cotidiana que preocupa a miles de argentinos. También se manifiesta en el discurso público degradado, en la agresión permanente en redes sociales, en la descalificación del adversario y en una lógica política donde parecería que destruir al otro otorga rédito electoral.

Argentina vive desde hace años una peligrosa normalización del conflicto permanente. Oficialismo y oposición —sin importar nombres ni espacios— muchas veces priorizan la confrontación antes que la búsqueda de acuerdos mínimos. El Congreso, que debería ser el ámbito natural del debate democrático, en reiteradas ocasiones se convierte en escenario de gritos, agravios y espectáculos que profundizan el descreimiento ciudadano.

Y mientras la política discute sobre sí misma, la realidad golpea con dureza. La pobreza, la inflación, la pérdida del poder adquisitivo, la incertidumbre laboral y el deterioro social generan angustia en millones de familias. En ese contexto, la ciudadanía espera dirigentes capaces de ofrecer soluciones y no nuevas batallas discursivas.

El mensaje de la Iglesia chilena acierta cuando plantea que el consenso no es sinónimo de debilidad, sino una muestra de madurez política. En la Argentina parece haberse instalado la idea de que dialogar es claudicar y que reconocer al otro es traicionar convicciones. Ese razonamiento solo profundiza la grieta y debilita aún más las instituciones.

También resulta potente la apelación a una renovación espiritual y ética. Más allá de credos religiosos, existe una necesidad urgente de reconstruir valores básicos de convivencia: respeto, empatía, solidaridad y responsabilidad pública. Una sociedad no puede sostenerse únicamente sobre el enojo permanente.

La Argentina necesita recuperar algo que parece haberse perdido: la capacidad de discutir sin destruirse. Ningún proyecto político será viable en un país donde el adversario es tratado como enemigo y donde la agresión reemplaza a las ideas.

Tal vez el mensaje de la Iglesia chilena sea, en realidad, una advertencia regional. Y sería un error creer que habla solo de ellos. También habla de nosotros. Y quizás llegue justo a tiempo.

Mensaje de la Iglesia de Chile, aplicable a nuestra realidad

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