
La transformación de la Selección Argentina dejó una enseñanza que trasciende el deporte. Mientras la Scaloneta demostró que los grandes resultados nacen de un proyecto colectivo, en la educación argentina todavía seguimos buscando responsables individuales para explicar problemas que, quizás, sean mucho más profundos.
Cuando el problema parecía llamarse Messi
Durante años, la discusión sobre la Selección Argentina parecía tener una única respuesta. Si el equipo no ganaba, el problema era Lionel Messi. Se analizaban sus gestos, su liderazgo, su personalidad e, incluso, su forma de sentir la camiseta. Cada derrota reabría el mismo debate y alimentaba la ilusión de que todo cambiaría cuando apareciera alguien capaz de resolver, por sí solo, aquello que no funcionaba.
La historia terminó demostrando otra cosa.
Messi nunca dejó de ser el mejor futbolista del mundo. Lo que cambió fue el contexto que lo rodeaba. La llegada de Lionel Scaloni no produjo un milagro deportivo ni descubrió jugadores desconocidos. Construyó algo mucho más complejo y mucho más difícil: un proyecto. Les dio identidad a futbolistas que antes parecían actuar de manera aislada, consolidó un grupo convencido de una idea de juego y logró que cada integrante entendiera que el éxito colectivo estaba por encima del brillo individual.
Quizás esa sea la mayor enseñanza que dejó la Scaloneta. Los grandes resultados no nacen únicamente del talento. Nacen cuando ese talento encuentra una organización capaz de darle sentido.
Por eso resulta inevitable mirar hacia la educación argentina.
Las escuelas también buscan responsables
Con demasiada frecuencia analizamos nuestros problemas utilizando la misma lógica que durante años aplicamos a la Selección. Cuando aparecen dificultades, buscamos rápidamente responsables individuales. Si los aprendizajes no alcanzan los niveles esperados, la mirada se dirige hacia los docentes. Si aumentan los conflictos escolares, se cuestiona a los equipos directivos. Si los resultados de las evaluaciones son preocupantes, aparecen las críticas hacia las familias, los estudiantes o las políticas educativas. Cambian los nombres, pero el mecanismo es siempre el mismo: creemos que identificando al responsable encontraremos también la solución.
Sin embargo, las instituciones no funcionan de esa manera.
Las organizaciones más sólidas no son aquellas que reúnen a las personas más brillantes, sino las que consiguen transformar capacidades individuales en un proyecto compartido. Esa diferencia, que parece sutil, explica por qué algunos equipos sostienen su rendimiento durante años mientras otros dependen exclusivamente del talento de unas pocas personas.
Las escuelas no escapan a esa realidad.
Todos conocemos docentes que dejan una huella imborrable en sus alumnos. También existen directores capaces de conducir instituciones complejas con enorme compromiso y profesionalismo. Pero una escuela no puede depender únicamente de esas individualidades. Cuando una institución necesita que siempre aparezca un docente excepcional para funcionar o un director extraordinario para resolver cada problema, en realidad está mostrando una debilidad estructural.
El verdadero desafío es construir instituciones
La verdadera fortaleza de una escuela no reside en encontrar héroes, sino en construir una cultura institucional que permita que el trabajo continúe, incluso cuando las personas cambian.
Ese fue uno de los mayores aciertos del proceso encabezado por Scaloni. La Selección dejó de ser un equipo que esperaba una genialidad de Messi para convertirse en un grupo donde todos entendían qué hacer, cómo hacerlo y para qué hacerlo. Nadie resignó su talento. Por el contrario, cada jugador pudo desarrollarlo porque existía una idea que organizaba los esfuerzos individuales.
En educación sucede exactamente lo mismo. Un proyecto institucional claro no limita la creatividad de los docentes; la potencia. Cuando una escuela comparte objetivos, establece acuerdos pedagógicos, construye formas comunes de trabajar y sostiene criterios que trascienden los cambios de conducción, cada docente encuentra un marco que fortalece su tarea. El talento individual deja de ser un recurso aislado para convertirse en patrimonio de toda la institución.
Quizás por eso resulte preocupante cierta tendencia que atraviesa el debate educativo argentino. Con frecuencia discutimos reformas, cambios curriculares, nuevas modalidades de enseñanza o innovaciones tecnológicas, pero dedicamos mucho menos tiempo a pensar cómo fortalecer las instituciones donde todas esas transformaciones deberían hacerse realidad.
No existen reformas exitosas si las escuelas carecen de identidad. Tampoco alcanza con incorporar nuevas herramientas si cada cambio de gestión implica comenzar nuevamente desde cero. Los sistemas educativos que logran sostener buenos resultados durante décadas comparten una característica fundamental: poseen instituciones fuertes, capaces de mantener un rumbo más allá de los nombres propios.
La discusión que no podemos seguir postergando
La educación argentina necesita recuperar esa mirada de largo plazo.
No porque sobren buenos docentes o directivos comprometidos. Al contrario. Existen miles de profesionales que todos los días sostienen la escuela pública y privada con enorme esfuerzo, muchas veces en condiciones complejas. El desafío consiste precisamente en que ese compromiso no dependa exclusivamente de la voluntad individual, sino que pueda apoyarse en proyectos institucionales sólidos, liderazgos distribuidos y comunidades educativas que compartan una visión común.
Tal vez allí resida la principal diferencia entre administrar una institución y conducirla.
Administrar consiste, muchas veces, en resolver los problemas que aparecen cada día. Conducir implica construir las condiciones para que la institución pueda enfrentar esos problemas con autonomía, aprendizaje y continuidad. Es una tarea menos visible, más lenta y, probablemente, menos reconocida. Sin embargo, es la que deja resultados duraderos.
La historia reciente de la Selección Argentina nos recuerda que el talento nunca fue suficiente. Hacían falta una idea, un proyecto y un liderazgo capaz de transformar un grupo de excelentes jugadores en un verdadero equipo.
Quizás esa sea también una de las lecciones que la educación argentina todavía tiene pendiente. Dejemos de esperar salvadores. Dejemos de creer que una persona, una reforma o una medida aislada resolverán problemas que llevan décadas construyéndose. Empecemos a discutir cómo fortalecer las instituciones, cómo consolidar proyectos educativos duraderos y cómo formar equipos capaces de sostener una misma visión más allá de quienes ocupen circunstancialmente los cargos de conducción.
Porque las grandes transformaciones no ocurren cuando aparece un nuevo Messi. Ocurren cuando existe una organización que sabe qué hacer con el talento que ya tiene.
Y aquí vale la pena abrir el debate: si la Selección Argentina dejó de buscar culpables para construir un proyecto, ¿por qué la educación sigue depositando sus expectativas en personas excepcionales en lugar de fortalecer las instituciones que deberían hacer posible el cambio?
*Director de FB Educación & Gestión
Consultor en Gestión Educativa | Analista de Políticas EducativasIG: @fb.educacion.gestion
FB Educación & Gestión es un espacio dedicado al análisis de políticas públicas en educación, la formación de equipos directivos y el acompañamiento a instituciones comprometidas con una educación de calidad.


