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Aprender 2025: una mejora que todos celebran, pero nadie interpreta igual

Los resultados de las Pruebas Aprender 2025 reabrieron el debate educativo. Mientras el Gobierno nacional atribuye la mejora al Plan Nacional de Alfabetización, la Provincia de Buenos Aires sostiene que esa interpretación no tiene sustento metodológico. Detrás de los porcentajes aparece una discusión que excede a la educación y se instala de lleno en el terreno político

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Los resultados de las Pruebas Aprender 2025 dejaron una noticia positiva para el sistema educativo argentino. Los desempeños en Lengua alcanzaron el mejor registro de la última década y Matemática también mostró avances respecto de la evaluación realizada en 2023.

Las cifras fueron recibidas con satisfacción tanto por el Gobierno nacional como por las provincias. Sin embargo, el consenso terminó allí.

Pocas horas después de conocerse los datos comenzó una disputa por la interpretación de esos resultados. El Ministerio de Capital Humano aseguró que la mejora confirma el impacto del Plan Nacional de Alfabetización y presentó los números como una evidencia del rumbo adoptado por la actual gestión.

La respuesta de la Provincia de Buenos Aires no tardó en llegar. El gobierno bonaerense rechazó esa explicación y recordó que los estudiantes evaluados comenzaron la escuela primaria en 2020, atravesaron los años de pandemia y cursaban quinto grado cuando el Plan Nacional de Alfabetización fue anunciado. Según esa postura, no resulta metodológicamente correcto atribuir los resultados a una política que no alcanzó plenamente a la cohorte evaluada.

Además, la administración provincial destacó que el propio informe técnico de Aprender aclara que la evaluación no permite establecer relaciones causales entre los desempeños obtenidos y una política pública específica.

La discusión, entonces, dejó de centrarse en los porcentajes para enfocarse en una pregunta mucho más compleja: ¿quién puede adjudicarse el mérito de la mejora?

Más allá de los porcentajes

Los resultados positivos existen y sería un error desconocerlos. También sería injusto minimizar el enorme esfuerzo realizado por docentes, equipos directivos, estudiantes y familias para recuperar los aprendizajes después del impacto que provocó la pandemia.

Pero reconocer una mejora no implica aceptar automáticamente cualquier interpretación sobre sus causas.

Toda evaluación estandarizada tiene alcances y limitaciones. Aprender permite conocer tendencias generales, identificar desigualdades y orientar decisiones de política educativa. Sin embargo, por sí sola no puede demostrar qué medida o qué programa produjo un determinado resultado.

En evaluación educativa existe una diferencia fundamental entre describir un fenómeno y explicar por qué ocurrió. Confundir ambas cuestiones puede conducir a conclusiones apresuradas. 

La escuela también prepara para evaluar

Hay otro aspecto que rara vez aparece en los comunicados oficiales.

En muchas escuelas, las semanas previas a las pruebas nacionales incluyen actividades destinadas a familiarizar a los estudiantes con la modalidad de evaluación. Se trabajan formatos de consignas, estrategias de resolución y tipos de preguntas similares a las que luego encontrarán durante el examen.

Lejos de ser una práctica cuestionable, esa preparación resulta lógica y forma parte del trabajo cotidiano de las instituciones.

Sin embargo, también obliga a interpretar los resultados con prudencia. Cuando una evaluación se convierte en un objetivo central de la planificación escolar, parte del rendimiento puede reflejar la preparación específica para responder ese instrumento y no exclusivamente los aprendizajes construidos durante toda la trayectoria educativa.

Es un fenómeno ampliamente estudiado en los sistemas de evaluación de distintos países y que merece formar parte del debate público. 

Una discusión que no debería ser partidaria

La educación necesita evaluaciones. Sin información confiable es imposible diseñar políticas públicas eficaces.

Pero también necesita que esos resultados sean leídos con responsabilidad.

Cuando los mismos datos sirven para sostener explicaciones completamente diferentes según quién gobierne, el problema deja de estar en las estadísticas y pasa a estar en la utilización política que se hace de ellas.

Los aprendizajes de los estudiantes no pertenecen a un gobierno ni a un partido político. Son el resultado del trabajo cotidiano que se realiza en miles de aulas, del compromiso de los docentes, del esfuerzo de las familias y de políticas educativas que, cuando funcionan, suelen sostenerse durante varios años y atravesar distintas gestiones.

Por eso, el verdadero desafío no debería ser determinar quién ganó esta discusión política.

La verdadera pregunta es si las Pruebas Aprender seguirán siendo una herramienta para comprender y mejorar la educación o si terminarán convertidas, una vez más, en un indicador utilizado para fortalecer relatos de gestión.

Los resultados de 2025 son alentadores y deben ser valorados. Pero la calidad de un sistema educativo no se mide solamente por un porcentaje favorable. También se mide por la capacidad de analizar esos datos con honestidad intelectual, reconocer los avances sin ocultar las dificultades pendientes y construir políticas de Estado que trasciendan los calendarios electorales.

Porque la educación necesita acuerdos mucho más que vencedores. Y las evaluaciones deberían servir para mejorar las escuelas, no para alimentar una disputa política.

 

Para Cadena Nueve, Lic. Fernando Bonforti
Director de FB Educación & Gestión | Analista del Sistema Educativo Argentino
IG: @fb.educacion.gestion

 

 

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