
A las cinco y media de la mañana, el sonido de las campanas rompe el silencio de la madrugada. Todavía es de noche cuando los primeros pasos se dirigen hacia la capilla. Allí, entre himnos, salmos y largos momentos de recogimiento, comienza una jornada que poco tiene que ver con el ritmo frenético del mundo exterior.
Durante 24 horas compartimos la vida cotidiana de la Abadía Santa María de Los Toldos, uno de los principales monasterios benedictinos de Argentina, donde una comunidad de 16 monjes de semiclausura mantiene una tradición de casi ocho décadas basada en la oración, el trabajo y la vida comunitaria.
La experiencia empieza en la hospedería, un espacio abierto tanto para creyentes como para quienes simplemente buscan unos días de silencio. Las habitaciones son sencillas: cama individual, escritorio, una cruz de madera, una Biblia y el reglamento de convivencia. No hay lujos ni distracciones. Se pide hablar en voz baja, mantener el celular en modo silencioso y respetar estrictamente los horarios de las comidas y las celebraciones religiosas.
Una vida marcada por la regla de San Benito
La comunidad sigue la tradición benedictina, nacida en el siglo VI con San Benito de Nursia. Su principio rector, “Ora et Labora” (reza y trabaja), atraviesa cada momento del día.
El abad Osvaldo Donnici explica que la vocación monástica no consiste simplemente en convertirse en sacerdote.
“Al monasterio se entra para ser monje”, resume.
La vida combina dos dimensiones aparentemente opuestas: la búsqueda del silencio personal y la convivencia permanente con los demás. Los monjes realizan tareas cotidianas como cuidar jardines, trabajar en la huerta, atender la biblioteca o elaborar los tradicionales quesos que produce la abadía.
Actualmente, la comunidad reúne hombres de entre 31 y 87 años.
La huella de Mamerto Menapace
La figura del recordado Mamerto Menapace sigue presente en cada rincón del monasterio. Fallecido en junio de 2025 a los 83 años, fue uno de los religiosos más queridos del país gracias a sus libros, relatos y catequesis, que acercaron la espiritualidad benedictina a varias generaciones.
Su tumba descansa en el cementerio del monasterio, donde los visitantes suelen detenerse unos minutos antes de continuar el recorrido.
Salmos antes del amanecer
La primera oración comienza antes de que salga el sol.
Los monjes ingresan en silencio, ocupan sus lugares en la sillería y entonan salmos que alternan entre el castellano y el latín. Los visitantes siguen la ceremonia con pequeños cuadernillos que indican himnos, lecturas y respuestas.
Para quien llega por primera vez, no es sencillo seguir el ritmo de la liturgia. Sin embargo, la repetición pausada de los cantos termina generando una atmósfera de calma difícil de encontrar fuera del monasterio.
Tras unos veinte minutos de oración, la luz comienza a entrar por los vitrales.
Comidas sencillas y silencio compartido
La austeridad también se refleja en la mesa.
En la hospedería, el menú incluye sopa, tartas de verduras, frutas y pan. En el comedor de los monjes, al que excepcionalmente pudimos acceder, el almuerzo transcurre en silencio mientras uno de los religiosos realiza una lectura espiritual.
Los propios integrantes de la comunidad sirven la comida, ayudan a los hermanos mayores y luego se encargan de lavar la vajilla.
No existen jerarquías visibles durante la rutina diaria. Cada uno cumple un servicio distinto según las necesidades de la comunidad.
Historias de vida muy diferentes
Detrás del hábito hay trayectorias personales tan diversas como sorprendentes.
Fernando, actualmente postulante, cuenta que durante su adolescencia estuvo alejado de la Iglesia y atravesó situaciones difíciles que incluyeron una detención policial. Un trabajo comunitario en una parroquia marcó el inicio de un cambio profundo que terminó llevándolo al monasterio.
Daniel, en cambio, llegó después de trabajar durante años en una empresa agropecuaria. Reconoce que atravesó momentos de crisis emocional durante su formación y destaca el acompañamiento psicológico que recibió para continuar con su vocación.
Marcos, el integrante más recientemente incorporado a la comunidad, dejó atrás su trabajo como profesor de Educación Física para abrazar la vida monástica luego de años de actividad misionera.
Una rutina que desafía el ritmo actual
La jornada alterna momentos de oración, lectura, trabajo manual, estudio y descanso.
Los teléfonos celulares existen, pero su uso es mínimo. Las redes sociales prácticamente no forman parte de la vida cotidiana. El contacto con la familia se mantiene mediante llamadas o mensajes esporádicos, y los monjes cuentan con un breve período anual para visitar a sus seres queridos.
El resto del tiempo transcurre íntegramente dentro de la comunidad.
Una experiencia abierta a todos
La hospedería recibe visitantes durante todo el año y no exige profesar la fe católica. El objetivo no es ofrecer un hotel ni un retiro turístico, sino brindar un espacio de silencio, reflexión y descanso interior.
Durante apenas un día, la sensación es que el tiempo cambia de velocidad. Las campanas reemplazan a las notificaciones del celular; las conversaciones ceden lugar al silencio; y la sencillez cotidiana adquiere un valor difícil de percibir en medio de la rutina habitual.
Al abandonar la abadía, queda la impresión de haber visitado un lugar donde las urgencias del mundo moderno parecen detenerse por un instante y donde la vida continúa organizándose alrededor de un principio que lleva más de 1.500 años vigente: rezar, trabajar y compartir en comunidad.

Fuente: Diario de Cultura-La Nación


