Condena, ética y representación institucional: el debate que atraviesa a la medicina en 9 de Julio
Por estos días, una pregunta recorre los pasillos de las instituciones médicas de 9 de Julio y también las conversaciones de muchos vecinos: ¿qué debe hacer una entidad profesional cuando uno de sus referentes resulta condenado por hechos vinculados al ejercicio de la medicina y suspendido temporalmente para ejercer la profesión?
La pregunta no es abstracta. Tiene nombre y apellido. El médico Alejandro Buffoni, vinculado históricamente a importantes espacios de representación sanitaria de la ciudad, fue objeto de actuaciones administrativas y judiciales derivadas de un caso de mala praxis que conmocionó a la comunidad.
La discusión ya no gira únicamente alrededor de la responsabilidad individual del profesional, cuestión abordada por la Justicia y por las autoridades sanitarias competentes. El foco ahora parece desplazarse hacia las instituciones que representan al sector médico y a la forma en que responden frente a situaciones que afectan la confianza pública.
Cuando un médico ocupa posiciones de liderazgo, ya sea en una clínica privada, en una entidad gremial o en una organización profesional, su conducta trasciende el ámbito estrictamente personal. Las instituciones construyen prestigio durante décadas, pero pueden perder credibilidad en muy poco tiempo si la sociedad percibe que aplican criterios distintos según quién sea el involucrado.
En cualquier organización profesional moderna, la transparencia constituye un principio básico. No se trata de emitir condenas paralelas ni de reemplazar a los tribunales. Tampoco de desconocer derechos individuales. Se trata de comprender que la representación institucional exige estándares éticos incluso más elevados que los requeridos para el ejercicio profesional común.
Por ello, en numerosos colegios profesionales y asociaciones médicas del país y del mundo, cuando existen sanciones judiciales o inhabilitaciones vinculadas al ejercicio de la profesión, suele abrirse un proceso interno de evaluación sobre la continuidad de funciones directivas, representativas o de conducción.
La razón es sencilla: quien representa a una institución no sólo actúa en nombre propio. También habla en nombre de cientos de colegas y de una comunidad que deposita confianza en esa organización.
En este contexto, resulta legítimo preguntarse si el Círculo Médico de 9 de Julio ha analizado institucionalmente las implicancias éticas de la situación. Del mismo modo, corresponde preguntarse cuáles son los mecanismos internos existentes para evaluar la permanencia de dirigentes cuando enfrentan sanciones vinculadas al ejercicio profesional.
La ausencia de respuestas claras suele generar más interrogantes que certezas. El silencio institucional, lejos de cerrar el debate, muchas veces lo profundiza.
Las organizaciones médicas cumplen un papel fundamental en la defensa de la profesión, pero esa defensa no puede confundirse con corporativismo. La sociedad espera que las entidades profesionales acompañen a sus matriculados, pero también que actúen con firmeza cuando los hechos afectan la confianza pública en el sistema de salud.
La medicina ocupa un lugar singular entre las profesiones. Los pacientes entregan información íntima, depositan expectativas y, en muchos casos, ponen su propia vida en manos de quienes los atienden. Esa confianza constituye el principal patrimonio de la profesión médica.
Por eso, cuando un caso de mala praxis termina en sanciones administrativas o judiciales, el desafío institucional no consiste únicamente en administrar una crisis. Consiste en demostrar que los principios éticos proclamados en discursos, estatutos y códigos de conducta tienen aplicación concreta.
El verdadero interrogante que hoy enfrenta la dirigencia médica local no es jurídico. Es moral e institucional: ¿qué mensaje transmite una organización a la comunidad cuando mantiene en posiciones de representación a profesionales alcanzados por sanciones derivadas del ejercicio de la medicina? No son sanciones cualesquieras. Son sentencias judicales, que condena y privan del ejercicio de la profesión.
La respuesta no sólo definirá el futuro de una persona. También contribuirá a definir la credibilidad de las instituciones que dicen representar a toda una profesión.


