
Solía sostenerse que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. Comprensible hasta la física de Einstein, incompresible desde la física de Planck (anterior, como si no fuera poco).
Es indudable que los artistas predicen el futuro mostrándonos hoy cómo será el mañana.
Dejando a los lectores la definición de qué sería “gran” y qué “gran mujer”, me ocuparé de ellas, desde ella. Isabel: desde la virgen de Portugal, conocida por el milagro de las rosas.
Requiere de una digresión necesaria: más fácil es referirme a Perón, como un gran hombre. Es indudable que el Teniente General Juan Domingo era un “gran”… odiado o amado, que no supo contar con indiferencia.
Menciono a Perón porque fue marido de dos artistas, digo de dos mujeres. Y cuando digo mujeres no digo “personas que esgrimen el inclusivo para distraer”, digo mujeres que no disputaban poder. Lo ejercían (“aguantaban con el cuerpo lo que decían con la boca”: algunos dirían que “tenían huevos”, otros que “tenían ovarios”). El problema que tuvieron es que ejercían el poder del soberano, no el poder de quienes mandan.
Con el agravante de que ese (¿el círculo rojo de hoy?) poder real fue y es un poder de gente que perdió la brújula del conocimiento. Por eso sorprende hoy en el mundo, el despliegue que hacen Trump y Putin (que jugaba muy bien el Papa Francisco).
Quienes ejercieron el poder real se volvieron progresistas y necesitaron y necesitan demostrar que tienen poder: no por otra cosa, directivos y docentes o jueces hacen notar sus rangos. Creen en el axioma de Mirtha Legrand que reza “como te ven, te tratan”.
Si hay algo que no está en discusión es que Trump y Putin no dependen de cómo los vemos; tampoco Perón, que sugería ver “cómo se acomodan los melones” a quienes desconocen los alcances de las decisiones.
Aun (sin embargo), aún (todavía) hablo de mujeres, aunque solo de ella desde el “milagro de las rosas”.
Isabel.
Es curioso cómo el arte llama por su nombre lo que se produce de otro modo, como en la física actual: María Estela Martínez.
Es necesario agregar “de Perón”, porque sin las rosas (Perón) no habría milagro (Isabel).
Desde la Revolución Libertadora, la historia oficial que se le endilga al “mitrismo” es esencialmente la del PCUs, Partido Comunista de la Unión Soviética. No solo articularon la Unión Democrática, sino que ejercieron el poder cívico militar que se les endilga a los radicales que fueron minoría (tal vez porque el ministro de la estación de subte, Carranza, supo ponerle bombas a los trabajadores para acelerar la destitución de Perón) sino que gobernaron junto al relevante cuadro político que fue presidente: Jorge Rafael Videla. (¿camaradas, camaradas de armas, colegas, correligionarios?).
Es decir, Perón es necesario para ocultar los pasos de Isabel también ocultos tras los de Eva.
Isabel era conciliadora, reconocía rápidamente las limitaciones de los contendientes y pretendía resolver los conflictos sin el uso de las armas. Eva fue lo contrario: si por ella fuera, habría hecho lo que hacen Trump y Putin, aunque con el problema de la falta de fuerza militar a la altura de aquel tiempo (Perón prefirió evitar un millón de muertos en una guerra civil -aunque luego se arrepintió, al no haber tenido en cuenta la crueldad de la ignorancia de quienes se habían adueñado del poder).
Acá, aún, Isabel: fue la última oportunidad del país de resolver los conflictos desde el amor y la solidaridad.
Triunfando la ignorancia.
La ignorancia es petulante: se jacta de su crueldad.
La crueldad hace consistir el poder: como si uno pudiera “tocar” el poder al lastimar, al someter, haciendo cualquier cosa, o aquello que hace notar el prestigio que uno habría alcanzado.
Una analogía aberrante y contradictoria: Hitler incineraba a sus enemigos para tocar el poder ¿se entiende? Los hacía inconsistentes para tocar consistencias.
Por eso hago notar cómo se predisponen muchas mujeres (y hombres) desde la belleza para hacer consistir su privilegio cuando se les acerca un medio de comunicación. Este fue el error de Cristina Fernández: discutir con “las letras de molde” bajo la premisa de Legrand. Como era una máquina de ganar elecciones, trataba de darles una apariencia ganadora: Cobos (radical, flaco y alto), Lousteau (radical, rubio, flaco y alto), Kicillof (antiperonista, rubio y de ojos celestes). Porque Cristina creyó en la belleza de su juventud sin notar que la belleza está en las nociones de quienes miran.
Pero, hablaba de Isabel: vive, tiene 93 años y ningún periodista, historiador o investigador está entrevistándola para que nos haga notar cómo se cuecen habas en las disputas del poder, para aprender cómo pasar por esos senderos.
¿Imaginan a alguna inspectora de educación acicalada o algún juez que vive por encima de su prestigio discutiendo con Videla, Massera, Agosti, López Rega (traicionando a Isabel), como discutía Isabel con ellos (hombres sanguinarios como pocos)?
¿Se entiende lo que expreso? Aún con vida, se las aguantó y se las aguanta: dejó que el partido comunista argentino y el radicalismo y el peronismo progresista construyeran su desprestigio endilgándole la ignorancia de aquellas bestias, solo para que nosotros (el pueblo) creyéramos que eran flores y no fuéramos a parar a una guerra civil interminable.
Sin embargo, la mayoría de los funcionarios de los tres poderes (no olvidemos que hasta un simple maestro es parte del poder ejecutivo), seguimos ignorando que la palabra tiene el mismo valor que una bala en la frente.
El problema es que, como argentinos, preferimos disparar por la espalda bajo la premisa de que “soldado cobarde sirve para otra batalla” (bueno, hasta que uno renuncia a su puesto, para no perderse cobrar una jubilación).
En un país con muchos soldados que jamás eludieron hacerse cargo de nuestras vidas cuando nos llevaron a pelear contra la peor humanidad (los ingleses) que dio la historia de la humanidad (que ahora ejerce China, depredando los pueblos: no dominando con colonias o piratas. Con precios de venta surgidos de costos subsidiados por el Partido Comunista Chino).
Y, sí: es necesario hacer notar que cada decisión “se carga” muchas vidas. Por eso suelo señalar la posición de la Intendente Gentile: su inusual ejercicio recuerda, salvando las distancias, el de esa mujer que aún se hace cargo de los prejuicios de la ignorancia, desde una diminuta figura que no responde a la demanda de Mirtha (aunque tiene con qué).
Es decir, el 24 de marzo tiene que dejar de ser una consigna vacía del progresismo.
Las desapariciones continúan bajo la ignorancia generada por el éxito del fracaso de la Educación: de la mayoría de los institucionalizados, con o sin cargos, y la padecida por la mayoría por habernos socializado educándonos.
Se trata de hacer la diferencia. No la diferencia económica o de privilegios evidente (por ejemplo, en Adorni).
Hacer la diferencia de apostar a la humanidad, aunque pudiera parecer lo contrario.
Trump y Putin van en esa dirección haciendo notar que la ignorancia también puede ser frenada por la fuerza. Pero que será la última vez que alguien se le ocurrirá detentar el poder relativo que tuviera.
Como el ejemplo local antedicho.
Preferentemente como lo hace Isabel, no solo al renunciar a su cargo de presidente al morir su marido, sino al creerle a las bestias que la rodeaban respecto de que la apoyarían si continuaba siéndolo (para luego derrotarla como lo habían previsto, en todos los planos).
También luego, aceptando cinco años en prisión.
El 24 de marzo, en medio de la cuaresma, podríamos desear también la resurrección de la humanidad del pueblo argentino para que luego derrame en los funcionarios de los distintos poderes.
Tanto como en la simple solidaridad entre nosotros: argentinos y nuevejulienses.
Por esto, que Isabel no crea que está o estuvo sola. El amor del pueblo argentino también tendrá sus pascuas.


