
Los cambios asociados al avance del nacionalismo como paradigma que desplaza al globalismo no son circunstanciales: configuran un proceso en desarrollo, con efectos visibles y reacciones en curso.
Aunque no todos parecen advertirlo, el reordenamiento ya opera sobre estructuras económicas, tecnológicas y políticas, y redefine las relaciones entre Estados, industrias y territorios.
La prevalencia de la industria sobre la de los bancos se construye a paso acelerado.
Al menos en quienes notaron dicho cambio de paradigma.
La tecnología norteamericana sustituye importaciones y produce la repatriación de sus empresas; el gobierno ruso ordenó a la industria y universidades que reemplacen con robots todas las actividades humanas de los trabajos de menores salarios y aquellos que son insalubres (que bajen los tiempos de experimentación y pruebas -que se sustituya la mayor parte durante este año).
México lleva la delantera (¡hasta el Poder Judicial, cambió!) también en componentes para vehículos tanto como para chips y tecnología de comunicaciones; reduce costos, integra ciudades, sistematiza la lucha contra el narcotráfico.
Venezuela se sumó a la fuerza, pero su dirigencia no notó el cambio de paradigma y va detrás del recurso privilegiado (petróleo) sin generar otros bienes: posibilitan que opere el nacionalismo, pero van detrás del mismo camino que provocó el caracazo.
Groenlandia es casi un hecho que dejará de depender de Dinamarca, rápidamente.
Inglaterra (globalizadora) reaccionó y se articula con China (globalizadora y la gran perdedora ante el nuevo paradigma), tratando de resistir su dominio sobre Canadá y sobres las Islas Malvinas (25% del territorio Argentino).
Chile pareciera reposicionarse en dirección correcta: si así fuera, lo sabremos pronto (tendría que abandonar la alianza estratégica con Inglaterra desde el puerto nuclear que Inglaterra construyó en nuestras Malvinas).
La Unión Europea se sostiene gracias a la guerra de Ucrania, siendo lo mismo lo que la debilita: perdedora, sin dinero y sin armas. Va por un acuerdo de libre comercio con India (que juega a varias puntas, pero mucho del lado del globalismo).
Bolivia pareciera comenzar a notar que el nacionalismo podría beneficiarla más que sus pretensiones dirigidas hacia China.
Los chinos retrocedieron en el Canal de Panamá.
Es decir, Estados Unidos y Rusia avanzan con el nacionalismo frente al globalismo empujados por una transformación tecnológica iniciada en la década del 40 y acelerada hoy por la inteligencia artificial.
Falta que aprendan los políticos, que se lo escriba (al cambio de paradigma) desde distintas disciplinas, que llegue a los libros escolares y más tarde o a la vez, a las universidades.
Para que el interés distrital esté alineado al paradigma nacionalista en toda América, tanto como el interés provincial (de cada provincia) y, por supuesto, del interés (del gobierno) Nacional.
En nuestro país, lamentablemente, será a partir del próximo gobierno. Milei cree que puede engañar a Trump, cediendo a casi todo; aún no desactivó el swap con China (exigido por Bessent) y, para colmo, trajo autos (industria nacional china) como si fueran baratijas (al estilo de “espejitos de colores”).
De continuar por esa vía, indudablemente, podría compartir el mismo destino que Maduro.
Es hora de comenzar a organizarnos en función del nacionalismo industrialista: para vender muchos (bienes y servicios) productos industriales en Latinoamérica, compitiendo con Brasil. Además, de orientar la política en función del nacionalismo “América para los americanos (desde el polo norte al polo sur)” o retrocediendo desde el globalismo fenecido con su “cada nación para el mundo” (como pro chinos).
A favor del trabajo de nuestras ciudades o a favor de los trabajadores de otras partes del mundo.
Construyamos nuestra lealtad nacional desde una lógica simple y concreta: para un nuevejuliense no hay nada mejor que otro nuevejuliense, adelantando los tiempos de la historia a través de la reconstrucción de lazos afectivos.
Las tensiones en curso no se resolverán de manera automática ni homogénea. Exigen lectura del momento histórico, decisiones políticas alineadas con el nuevo paradigma y, sobre todo, una reorganización de las lealtades económicas y sociales desde abajo hacia arriba. Entre un globalismo que retrocede pero reacciona y un nacionalismo que avanza con ritmos desiguales, el margen de acción estará dado por la capacidad de cada país —y de cada comunidad— para reconocer a tiempo dónde se juega su propio interés.


