Técnicamente, es un fenómeno meteorológico donde hay rayos y truenos, pero la lluvia se evapora antes de tocar el suelo.
Frente al fin de la inercia, pareciera ser que la tensión acumulada estalla de repente. Los nubarrones lentos de la macroeconomía no están a la vista y el carácter individual de la crisis de los comercios, personas y empresas no es suficiente para dar cuenta de una tormenta (vemos con conceptos y estos dicen que se ordenó la macro y bajó la inflación, “que había que sincerar la economía”, que eran necesarias tarifas impagables de los servicios públicos y que solo le va mal al que no hace las cosas bien).
Sin embargo, esa monotonía también se expresa en términos más amplios: no es lo mismo que quede en el camino un profesional o un empleado o una empresa o un comercio, que un Municipio.
Estos están a la deriva: sin pagar los sueldos o los aguinaldos en término. Nuestro municipio sí, pero con una tasa de caución del 120%, con el fin de no alterar a un grupo de trotskistas a los que no les interesa el país (de hecho, si llegaran al gobierno, destruirían la propiedad privada, primero).
¿Qué ocurre?
El fracaso de la educación en todos los niveles, se expresa desde cada quien, pero, sobre todo, desde la fragmentación de los vínculos afectivos que reúnen a los miembros de una ciudad, como tal.
La sociedad aprendió que detrás de cada crisis hay una oportunidad: graciosa definición para adolescentes. Pero una estupidez para la adultez. Porque hay crisis cuando todas las soluciones son malas.
El distrito, con el lamentable hecho padecido por Federico, su familia y los nuevejulienses, muestra el cúmulo de fracasos: de hecho, los adolescentes no tienen horizonte laboral ni educativo (ya no digieren con velocidad idiota que se estudia para “ser alguien”, que generó bandas dispersas de hombres y mujeres “choriplanera” con clase) y se sostienen por la vía de la crueldad. Porque la crueldad, equilibra.
Distinto es el gremio que fuerza a la Intendente a recurrir a tasas de caución cancerígenas, para convalidar una lucha que no deje notar lo escuálidos que resultan sus (de los trotskistas) argumentos.
Pero, paso a paso, las “fuerzas del cielo” llegaron al límite: cierto es que “cambiaron el discurso” pero para no cambiar de discurso. No tienen posibilidades de notar que repiten las mismas medidas que Kicillof con la devaluación de enero de 2014, que Macri y sus ministros (uno era Caputo y ordenó que lo echaran del puesto, el FMI), que Alberto Fernández y Cristina Fernández.
Sin embargo, las diferencias van surgiendo: la Intendente se diferencia porque hace costos. No costos políticos como ATE: costos de bienes y servicios para proyectar su trabajo desde el Presupuesto, pero también para organizar y resolver emergencias como lo demostró con las inundaciones (y su posterior “salida por arriba” al conseguir la parte de los fondos que le tocaban al distrito).
Al final del día, el “relámpago seco” nos otorga una perspectiva brutal: su luz repentina nos revela el panorama. Duele ver el paisaje quemado sin la promesa de la lluvia, pero solo desde esa claridad brutal (“hacer costos” al estilo de la Intendente) podremos empezar a trazar un nuevo camino.
Es imperativo, primero, hacer recuento de lo que aún permanece en pie (comercios, empresas, áreas municipales, familias) para salvaguardarlo y actuar antes de que el fuego consuma hasta el último vestigio.
La esperanza está en reconocer a tiempo el fracaso del gobierno nacional y la valentía para sostener lo que queda, con los ojos de la solidaridad bien abiertos.


