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En una democracia, la prensa no es un invitado opcional en la casa del poder: es un vigilante, un espejo y un canal de comunicación entre quienes gobiernan y quienes son gobernados, desde intermediaria de la publicidad de los actos republicanos.
La decisión del Gobierno de Javier Milei de prohibir el ingreso de todos los periodistas acreditados a la Casa Rosada representa un hito preocupante y difícil de justificar desde el punto de vista institucional. Es un hecho de gravedad institucional, relevante.
El argumento oficial, que se trata de una medida “preventiva” tras denuncias contra dos periodistas de TN por presunto espionaje ilegal, no es trivial.
La seguridad de la sede gubernamental es un asunto serio, pero la respuesta de cerrar la sala de prensa a todos los medios parece más un acto de castigo colectivo que una medida proporcional.
La prensa acreditada, que cumple funciones informativas diarias y rutinarias, queda atrapada en una sanción que debería ser individual, específica y judicialmente fundada, de corresponder.
La prensa no es un adorno ni un invitado: es el cuarto poder, vigilante de los otros tres, garante de transparencia y de rendición de cuentas. Su simbolismo es claro: representa al ciudadano frente al Estado, recuerda que nadie debe actuar sin ser observado y asegura que la información circule libre y veraz.
Negarle el acceso al Palacio de Gobierno es, en términos prácticos y simbólicos, un golpe a la democracia misma.
Históricamente, incluso durante gobiernos de facto, la Casa Rosada mantuvo sus puertas abiertas a periodistas.
La exclusión masiva no solo limita el derecho de los ciudadanos a estar informados, sino que también erosiona la transparencia de la administración pública.
La democracia se sostiene sobre la confianza mutua: el gobierno debe rendir cuentas, y la prensa, aunque crítica, cumple un rol esencial en esa rendición de cuentas.
Aquí es donde entra en juego el concepto del cuarto poder: la prensa no solo informa, sino que vigila, fiscaliza y cuestiona a quienes detentan el poder. Simbólicamente, representa la voz del ciudadano frente al Estado y la garantía de que ningún gobierno actúe sin ser observado y evaluado.
La reacción del cuarto poder ante medidas como esta no puede ser silenciosa: debe explicitar la gravedad de que un gobierno democrático cierre sus puertas a quienes lo observan y lo informan, y recordar que el periodismo es un pilar que sostiene la transparencia institucional.
Que el Presidente se refiera a los periodistas como “basuras repugnantes” en sus redes sociales no hace más que profundizar la grieta entre poder y prensa, y enturbia aún más el debate sobre límites y responsabilidades en la difusión de información sensible. La crítica a ciertos comportamientos específicos no puede traducirse en un veto general que afecte a toda la prensa acreditada.
En suma, el cierre de la Casa Rosada a los periodistas no es solo un episodio aislado: es un gesto que interpela a toda la sociedad sobre la salud de nuestras instituciones democráticas. Cuando la democracia se protege cerrando sus puertas a quienes la informan, se corre el riesgo de confundir seguridad con control y prevención con censura. Y esa es una línea que ningún gobierno que se llame democrático debería cruzar. El cuarto poder debe reaccionar, y recordarnos a todos por qué su presencia, simbólica y real, es insustituible.
*Director-creador del Grupo-Multimedios Cadena Nueve-Periodista-Abogado-Consultor de Medios-Autor de: ‘Delitos en la Prensa’-La Plata,1983-‘La Noticia en Imagen’, Pamplona 1991-‘Lo Mejor de Dios, Ellas’, El Remanso, 2007


