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La humildad perdida: cuando gobernar deja de escuchar

Escribe para Cadena Nueve, Walter Zarate*

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En la Argentina actual, la distancia entre la dirigencia política y la vida cotidiana de la gente parece agrandarse cada día. El problema no es solo económico: es, sobre todo, una crisis de empatía y de memoria.

El voto como promesa y como deuda

Cada elección renueva una escena conocida: candidatos que recorren barrios, escuchan reclamos y prometen cercanía. En ese gesto, el ciudadano deposita mucho más que una boleta. Deposita expectativas, cansancio acumulado y una esperanza —a veces mínima, pero persistente— de que algo cambie.

Sin embargo, una vez alcanzado el poder, esa cercanía suele diluirse. La política se encapsula en oficinas, discursos técnicos y decisiones que parecen desconectadas de la realidad diaria. El voto, entonces, deja de ser un compromiso vivo para convertirse en un trámite ya consumado.

Ahí es donde nace la frustración: cuando la representación se transforma en distancia.

La vida real, lejos del discurso

Mientras tanto, la vida sigue su curso fuera de los despachos. Y lo hace con dificultad.

El salario que no alcanza, los precios que cambian semana a semana, la incertidumbre laboral y la angustia de los jubilados no son abstracciones. Son experiencias concretas que moldean el humor social. La política, sin embargo, muchas veces responde con diagnósticos fríos o promesas a largo plazo que no dialogan con la urgencia.

El problema no es solo la falta de soluciones inmediatas —que en muchos casos son complejas—, sino la sensación de que quienes gobiernan no terminan de comprender la dimensión del problema.

La desconexión como riesgo

Cuando la dirigencia pierde contacto con la realidad, no solo se debilita la gestión: se erosiona la confianza. Y sin confianza, cualquier proyecto político se vuelve frágil.

La desconexión no siempre es intencional. A veces es producto de entornos cerrados, de lógicas de poder o de una excesiva confianza en indicadores que no reflejan lo que ocurre en la calle. Pero sus consecuencias son concretas: descontento, apatía y, en muchos casos, enojo.

Recuperar la humildad

La humildad en la política no debería ser un recurso de campaña, sino una práctica constante. Implica reconocer errores, escuchar incluso cuando incomoda y entender que el poder es transitorio.

Gobernar no es solo administrar recursos o diseñar políticas públicas. Es, también, sostener un vínculo con la sociedad basado en la confianza y el respeto. Ese vínculo se construye con presencia, con coherencia y con una sensibilidad que no puede perderse en el camino.

Un reclamo que persiste

La sociedad argentina ha demostrado, una y otra vez, una enorme capacidad de resistencia. Pero esa resistencia no es infinita ni debe darse por sentada.

El reclamo es claro, aunque a veces no se exprese en grandes consignas: se pide cercanía, honestidad y memoria. Que quienes gobiernan no olviden de dónde vienen ni para quiénes trabajan.

Porque al final, más allá de las ideologías o los modelos económicos, hay una verdad simple: la política que se aleja de la gente termina perdiendo su razón de ser.

*Convecino de Dudignac-Ex-Granadero

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