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La tercera generación de Agricultores y el desafío de repensar el interior bonarense

Escribe para Cadena Nueve, Luis Gotte*

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Durante décadas la discusión era cómo producir más. La primera generación de agricultores estuvo concentrada en expandir la frontera productiva y abastecer de materias primas a los mercados. La segunda incorporó genética, mecanización, siembra directa, agricultura de precisión y nuevas tecnologías que les permite alcanzar rendimientos extraordinarios.

No obstante, hacia 2026 comienza a vislumbrarse una tercera generación de agricultores. Ya no se trata solamente de producir granos ni de aumentar toneladas por hectárea. El nuevo desafío consiste en transformar estos cultivos en una plataforma industrial capaz de generar energía, manufacturas, empleo, conocimiento y repoblamiento territorial.

El maíz fue el primer gran ejemplo de esta transformación. Pero se sabe que el fenómeno alcanza también al trigo, la colza, las arvejas, los garbanzos, el sorgo, la quinoa, el amaranto, el cáñamo industrial, la nuez pecán, el kiwi.

Cada uno de estos cultivos posee características diferentes. Algunos generan biomasa para producir energía. Otros aportan proteínas vegetales para alimentos funcionales. Otros permiten fabricar bioplásticos, textiles, materiales de construcción o combustibles sustentables. Algunos destacan por su capacidad exportadora y otros por su enorme potencial para generar empleo rural.

Esta diversidad productiva permite comprender que la provincia no posee una sola revolución agrobioindustrial posible, sino múltiples revoluciones simultáneas.

El sorgo puede transformarse en bioetanol, alimentos y biomateriales. La quinoa y el amaranto se vinculan con mercados globales de alimentos saludables y libres de gluten. La colza se proyecta como una materia prima estratégica para los combustibles sostenibles de aviación. El cáñamo industrial puede alimentar cadenas de construcción, textiles, energía y biomateriales. El kiwi y el pecán, por su parte, aportan una elevada densidad de empleo y servicios asociados.

Cuando se observa el territorio bajo esta lógica, la provincia deja de aparecer como una simple productora de commodities y comienza a revelarse como una gran plataforma de bioeconomía distribuida.

El sudeste bonaerense podría consolidarse alrededor del kiwi, la biotecnología vegetal, el cáñamo y los biomateriales. El centro provincial podría especializarse en proteínas vegetales derivadas de arvejas, garbanzos, quinoa y amaranto. El oeste bonaerense podría fortalecer complejos de bioenergía basados en maíz, sorgo y colza. El noreste podría expandir cadenas ligadas al pecán y a nuevos alimentos funcionales.

Pero nada de esto ocurrirá espontáneamente.

La experiencia histórica demuestra que toda transformación productiva requiere planificación estratégica. Aquí adquieren un papel central los municipios y la provincia. No basta con esperar inversiones privadas. Será necesario coordinar universidades, escuelas técnicas, cooperativas, productores, empresas, laboratorios, parques industriales, infraestructura energética y logística.

La verdadera discusión no pasa únicamente por sembrar nuevos cultivos. Pasa por construir ecosistemas productivos capaces de transformar esos cultivos en industrias radicadas en origen.

Por primera vez en mucho tiempo, la tecnología permite imaginar una recuperación del interior bonaerense. La biotecnología, la IA, la automatización, las energías renovables y la impresión 3D de hormigón aplicada a la construcción hacen posible que pequeñas localidades vuelvan a convertirse en espacios atractivos para vivir, trabajar e invertir.

No se trata de reconstruir el viejo pueblo ferroviario del siglo pasado. Se trata de crear una nueva generación de comunidades agrobioindustriales distribuidas por todo el territorio.

El campo bonaerense comienza a parecerse cada vez más a una gran biblioteca biológica. Allí donde hoy observamos un cultivo, una fibra, una cáscara o un residuo, la ciencia descubre materiales de construcción, combustibles, alimentos funcionales, medicamentos, energía y nuevas manufacturas.

Quizás la gran misión estratégica de nuestra generación consista precisamente en eso: transformar la extraordinaria diversidad biológica de Buenos Ayres en pueblos revitalizados, trabajo productivo y nuevas oportunidades para las futuras generaciones. Porque el verdadero desarrollo ya no dependerá solamente de cuántas toneladas produzca la provincia, sino de cuántas industrias, empleos y comunidades sea capaz de construir a partir de cada hectárea cultivada.

*Autor de “Buenos Aires Humana I y II- La hora de tus intendentes

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