El campo, el Arca de Noé bonaerense, donde cada grano, cultivo y subproducto encierra la posibilidad de una nueva potencia agrobioindustrial, capaz de generar industria, energía, empleo y arraigo en el interior de Buenos Ayres.
Durante décadas, la provincia de Buenos Ayres discutió cómo producir más. Más hectáreas sembradas, más toneladas cosechadas, más exportaciones. Más divisas. Sin embargo, mientras la productividad agropecuaria alcanzaba niveles extraordinarios, cientos de pueblos del interior productivo comenzaron a perder habitantes, comercios, escuelas y oportunidades.
La paradoja es evidente: nunca se produjo tanta riqueza en el campo bonaerense y, al mismo tiempo, nunca fueron tan visibles los problemas de despoblamiento territorial. Tal vez haya llegado el momento de mirar al campo desde otra perspectiva.
Porque el campo ya no debe ser entendido únicamente como una fábrica de materias primas. Debe ser concebido como el gran Arca de Noé bonaerense: una inmensa reserva de recursos biológicos capaces de dar origen a una nueva revolución productiva, industrial y demográfica.
Durante generaciones observamos al maíz, la soja, el trigo, la cebada, el girasol o el sorgo como simples cultivos agrícolas. Hoy sabemos que cada uno de ellos constituye una verdadera plataforma industrial.
1- El maíz puede transformarse en bioetanol, biogás, bioplásticos, fibras textiles, indumentaria, pinturas ecológicas, adhesivos industriales, biomateriales para la construcción, alimentos balanceados e incluso insumos farmacéuticos.
2- La soja ya no es solamente aceite y harina. También puede generar biodiésel, proteínas vegetales, alimentos funcionales, productos químicos, cosméticos y nuevos materiales industriales.
3- El trigo, además de alimentar a millones de personas, ofrece residuos que pueden convertirse en celulosa avanzada, biocarbón, nanofibras y productos biodegradables.
4- La cebada, tradicionalmente vinculada a la cerveza, abre oportunidades en alimentos funcionales, suplementos nutricionales y bioinsumos.
5- El girasol puede aportar energía, biomateriales y nuevos productos industriales derivados de sus residuos.
6- Incluso cultivos menos difundidos como la avena, el lino, la colza, las arvejas, los garbanzos o el centeno comienzan a integrarse a las nuevas cadenas globales de la bioeconomía.
La verdadera riqueza ya no se encuentra únicamente en el grano. Sí en aquello que durante décadas fue considerado un residuo o desperdicio.
Cáscaras, rastrojos, bagazos, biomasa, fibras vegetales y residuos orgánicos pueden transformarse en energía, fertilizantes, bioplásticos, materiales de construcción o insumos industriales.
La revolución productiva del S.XXI consiste precisamente en eso: transformar conocimiento biológico en valor agregado. Pero nada de esto ocurrirá de manera espontánea.
La historia demuestra que los grandes procesos de industrialización nunca fueron producto del azar. Requirieron planificación, inversión, educación, crédito y conducción política.
Los Estados Unidos protegieron su industria naciente durante más de un siglo. Alemania articuló ciencia e industria. Japón, Corea del Sur y China diseñaron estrategias de desarrollo sostenidas durante décadas.
La provincia de Buenos Ayres necesita hacer lo mismo.
Necesita identificar regiones productivas estratégicas. Vincular universidades, escuelas técnicas, INTA, INTI, cooperativas, productores y empresas. Impulsar parques agrobioindustriales distribuidos en el interior. Financiar infraestructura energética. Recuperar el sistema ferroviario. Promover nuevas viviendas mediante tecnologías constructivas innovadoras y facilitar el arraigo de jóvenes profesionales y emprendedores.
La recuperación de los pueblos no será consecuencia de discursos románticos ni de políticas asistenciales. Será consecuencia de la creación de trabajo productivo y valor agregado cerca del lugar donde nacen los recursos.
El campo bonaerense posee tierras fértiles, conocimiento acumulado, cultura del trabajo y una biodiversidad extraordinaria. Allí se encuentra la materia prima de una nueva etapa histórica.
Por eso el verdadero desafío ya no consiste en exportar más granos. Consiste en exportar más inteligencia incorporada al grano. Porque el futuro de Buenos Ayres no depende solamente de cuánto produce su campo, sino de cuánto conocimiento, industria, energía, empleo y desarrollo es capaz de generar a partir de él.
Y quizás allí resida la misión histórica de nuestra generación: transformar el granero del mundo en una de las principales potencias agrobioindustriales del S.XXI.
*Autor de “Buenos Aires Humana I y II- La hora de tus intendentes


