
A 101 años de su nacimiento, la figura de Monseñor Carlos Walter Galán Barry continúa ocupando un lugar destacado en la historia eclesiástica argentina y en la memoria de los vecinos de Nueve de Julio, ciudad donde nació el 31 de mayo de 1925 y donde transcurrieron sus primeros años de vida.
Hijo de Germán Galán Barcia y Brígida Barry, pertenecía a una tradicional familia nuevejuliense. Creció en la vivienda familiar ubicada sobre la Avenida 25 de Mayo, entre las actuales calles Salta y Poratti. Realizó sus estudios primarios y secundarios en su ciudad natal antes de trasladarse a Buenos Aires para iniciar la carrera de Medicina en la Universidad de Buenos Aires. Sin embargo, su vocación religiosa terminó imponiéndose y decidió abandonar los estudios universitarios para ingresar al seminario.
Fue ordenado sacerdote el 19 de septiembre de 1953 en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires. Desde entonces inició una extensa trayectoria pastoral y administrativa que lo llevó a desempeñarse en distintas responsabilidades dentro de la Iglesia argentina.
Entre sus funciones más relevantes se destacó su labor como subsecretario y posteriormente secretario general de la Conferencia Episcopal Argentina, cargo que ocupó durante más de dos décadas. En ese rol fue considerado uno de los principales redactores de documentos episcopales y un estrecho colaborador de numerosos obispos argentinos. Participó además en importantes encuentros de la Iglesia latinoamericana, como la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en Puebla, México, en 1979.
Quienes lo conocieron lo describen como un hombre de profunda formación intelectual, reservado, poco afecto a las entrevistas y alejado de la exposición pública. Su influencia, sin embargo, fue notable dentro de la estructura eclesiástica nacional.
El 11 de febrero de 1981, el papa Juan Pablo II lo designó obispo auxiliar de Morón. Una década más tarde, el 8 de mayo de 1991, fue nombrado sexto arzobispo de La Plata, cargo del que tomó posesión el 27 de julio de ese mismo año.
Durante su gestión al frente de la arquidiócesis platense impulsó la finalización de importantes obras en la Catedral de La Plata, especialmente en su cúpula, y sostuvo una activa cercanía con los movimientos laicales, particularmente con la Acción Católica Argentina, institución con la que mantuvo un fuerte vínculo a lo largo de su vida.
A pesar del reconocimiento que recibía de sacerdotes y fieles, Galán solía expresar con humildad que no se consideraba un gran obispo. Esa sencillez, sumada a su capacidad intelectual y a su dedicación pastoral, le valieron el respeto de amplios sectores de la Iglesia argentina.
Existe además una anécdota que quienes lo frecuentaban recuerdan con asombro. Monseñor Galán comentaba con frecuencia que fallecería a los 77 años. Sin embargo, el destino alteró levemente aquella previsión. Tras presentar su renuncia por edad al arzobispado en junio de 2000, se radicó en el seminario de La Plata, donde continuó colaborando con diversas actividades eclesiales.
El 25 de enero de 2003, cuando tenía 77 años y faltaban apenas cuatro meses para cumplir los 78, se encontraba conversando con otros sacerdotes cuando se desplomó repentinamente. La muerte fue instantánea y causó una profunda conmoción en el ámbito religioso argentino.
Sus restos descansan desde enero de 2007 en la Catedral de La Plata, templo cuya culminación ayudó a concretar y que hoy conserva el recuerdo de quien fuera uno de los eclesiásticos más influyentes de su tiempo.
Al cumplirse 101 años de su nacimiento, Nueve de Julio recuerda a uno de sus hijos más destacados: un sacerdote de sólida formación, protagonista de momentos trascendentes de la Iglesia argentina y cuya trayectoria dejó una huella perdurable tanto en el país como en su ciudad natal.

A un año de su muerte su secretario privado así lo recordaba
Reservado hasta el extremo, poco amigo de las entrevistas y del protagonismo, fue considerado una de las mentes más brillantes de la Iglesia argentina de las últimas décadas del siglo XX.
Su secretario privado en el Arzobispado de La Plata, el padre Fernando García Enríquez, escribió al cumplirse el primer aniversario de su fallecimiento un emotivo retrato personal que permite conocer facetas menos difundidas del prelado nacido en Nueve de Julio.
“Detrás del hombre de inmediata apariencia fuerte, como su propia voz, existía un hombre sensible, a quien los acontecimientos de la vida lo conmovían profundamente”, recordaba. Según su testimonio, Galán sufría ante las situaciones que podían afectar a otras personas y muchas veces demoraba decisiones porque le preocupaban las consecuencias humanas de las mismas.
La discreción era una de sus características más notorias. Quienes trabajaron a su lado aseguran que jamás utilizó información reservada para comentarios personales y que guardaba un estricto respeto por la intimidad de los demás. “No se le escuchaba comentar temas de secreto”, escribió García Enríquez, quien destacó además su profundo sentido de la responsabilidad y del valor de la palabra.
La austeridad marcó también su forma de vida. Al momento de su fallecimiento no dejó más bienes que los necesarios para vivir. Sin embargo, quienes lo conocieron sostienen que esa austeridad iba mucho más allá de lo material y se expresaba en gestos cotidianos: no reclamar ante olvidos, adaptarse a las circunstancias y mantener una permanente sencillez en el trato.
En la Curia platense recuerdan que agradecía diariamente a quienes trabajaban en la cocina, escuchaba durante horas a sacerdotes y fieles con una paciencia poco común y mantenía una rigurosa disciplina de trabajo. También conservaba espacios para la cordialidad y el humor. Compartía anécdotas, disfrutaba de largas conversaciones sobre la historia de la Iglesia y mantenía una memoria considerada excepcional por quienes lo rodeaban.
Su secretario evocó además escenas simples que revelaban su humanidad: el afecto hacia el gato que diariamente lo esperaba en la residencia episcopal, las risas compartidas durante los almuerzos y el profundo cariño que conservó siempre por su familia de Nueve de Julio, especialmente por su hermana Nora y el resto de sus seres queridos, con quienes mantenía contacto permanente.
Esa combinación de inteligencia, prudencia, humildad y cercanía hizo que, aun después de dejar el Arzobispado de La Plata en el año 2000, continuara siendo una figura de consulta y referencia para numerosos sacerdotes y obispos argentinos.
Hoy, al cumplirse 101 años de su nacimiento, el recuerdo de Carlos Walter Galán Barry trasciende los cargos que ocupó y las responsabilidades que ejerció. Permanece la imagen de un nuevejuliense que llegó a los más altos niveles de la Iglesia argentina sin perder nunca la sencillez, la austeridad y la reserva que marcaron toda su vida.
Este agregado le da a la nota una dimensión mucho más rica, porque muestra no sólo al arzobispo y funcionario eclesiástico, sino también al hombre que estaba detrás de la investidura. Además, aporta testimonios directos de alguien que convivió con él durante años.


