En el marco del espacio “Escuela para Padres”, la licenciada en Psicología Sofía Guaragna desarrolló una profunda reflexión sobre uno de los temas que hoy ocupa a docentes, familias y profesionales de la salud: la neurodivergencia y su impacto en los procesos de aprendizaje de niños y adolescentes.
Durante la entrevista, la profesional explicó que se estima que entre el 15 y el 20 por ciento de la población presenta algún tipo de neurodivergencia, una condición que implica una manera diferente de procesar la información, regular la atención y vincularse con el entorno. Dentro de este grupo se incluyen diagnósticos como el Trastorno del Espectro Autista (TEA), el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), la dislexia, la disgrafía, la discalculia y también las personas con altas capacidades intelectuales.
“La neurodivergencia no es una enfermedad; es una condición que debemos aprender a comprender e incluir”, afirmó Guaragna, quien sostuvo que muchas de las conductas que suelen interpretarse como mala conducta responden, en realidad, a dificultades en la autorregulación emocional.
Una mirada distinta sobre el aprendizaje
La especialista señaló que durante muchos años el sistema educativo trabajó bajo un modelo homogéneo, donde todos los alumnos debían aprender de la misma forma, al mismo ritmo y mediante iguales evaluaciones.
Sin embargo, explicó que esa estructura presenta dificultades para responder a la diversidad que hoy existe en las aulas.
“Hay chicos que necesitan apoyos visuales, otros requieren pausas para poder sostener la atención y algunos necesitan anticipar los cambios en las rutinas para no desregularse. No todos aprenden igual y la escuela debe contemplar esas diferencias”, expresó.
Según indicó, comprender estas características no solo beneficia a los estudiantes neurodivergentes, sino que mejora el clima escolar y facilita la tarea docente.
Diagnósticos responsables
Otro de los ejes abordados fue la importancia de evitar diagnósticos apresurados.
Guaragna recordó que muchas conductas observadas durante la infancia pueden formar parte del desarrollo normal o estar vinculadas a situaciones familiares, emocionales o ambientales, por lo que insistió en que cualquier diagnóstico debe realizarse mediante una evaluación interdisciplinaria y con herramientas específicas.
“Antes de pensar en un trastorno debemos observar si esas conductas se mantienen durante varios meses y aparecen en distintos ámbitos de la vida del niño, como la escuela, la casa y las actividades recreativas”, explicó.
También manifestó su preocupación por la tendencia a medicalizar rápidamente algunas dificultades de comportamiento.
“Muchas veces me pregunto si no estamos medicando niños para que encajen en un sistema que todavía necesita transformarse”, reflexionó.
El rol de docentes y familias
La psicóloga destacó el enorme compromiso que asumen diariamente docentes, directivos y profesores de distintas disciplinas, quienes muchas veces deben afrontar estas situaciones sin contar con la capacitación suficiente.
En ese sentido, valoró la reciente normativa nacional que establece la formación obligatoria en discapacidad y neurodivergencia para toda la comunidad educativa, aunque advirtió que aún queda mucho camino por recorrer para lograr una implementación efectiva.
“La capacitación debe alcanzar a directivos, docentes, auxiliares, equipos de orientación y también a las familias. La inclusión es una responsabilidad compartida”, sostuvo.
Asimismo, remarcó que el acompañamiento de un niño neurodivergente requiere un trabajo coordinado entre padres, escuela y profesionales como psicólogos, psicopedagogos, fonoaudiólogos y terapeutas ocupacionales.
Estrategias para una educación más inclusiva
Durante la charla, Guaragna compartió diversas herramientas que pueden favorecer el aprendizaje y la regulación emocional dentro del aula.
Entre ellas mencionó el uso de apoyos visuales, la anticipación de actividades, la incorporación de pausas activas, la creación de espacios de calma y la flexibilización de las formas de evaluación, permitiendo que cada alumno pueda expresar lo aprendido según sus posibilidades.
También destacó la importancia de reforzar los logros mediante estímulos positivos, evitando centrar la atención únicamente en las dificultades.
“La motivación es una herramienta fundamental. Cuando un niño se siente comprendido y valorado, aprende mucho mejor”, señaló.
Una sociedad más preparada para incluir
En el tramo final de la entrevista, la profesional invitó a toda la sociedad a revisar la forma en que se interpreta la diversidad.
“Cuando dejamos de pensar que un niño es malo y entendemos que está desregulado, cambia completamente nuestra manera de acompañarlo. La inclusión empieza por comprender que cada persona aprende, siente y procesa el mundo de manera diferente”, concluyó.
La columna dejó un mensaje claro: construir una educación verdaderamente inclusiva exige formación, empatía y compromiso colectivo. Comprender los distintos tiempos de aprendizaje no solo mejora la calidad educativa, sino que también fortalece el desarrollo emocional y social de niños y adolescentes, favoreciendo una convivencia basada en el respeto por las diferencias.



