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6 de mayo: aniversario del inicio de obra de la Basílica de Luján

La obra se inició el 6 de mayo de 1890 y respondió a siglos de peregrinación y a la decisión de levantar un santuario capaz de contener una devoción creciente

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La obra comenzó el 6 de mayo de 1890, con las excavaciones bajo la dirección del arquitecto Uldéric Courtois.

Lo que hoy es uno de los principales centros de peregrinación religiosa de la Argentina tuvo su origen en una promesa desesperada hecha en medio de la llanura pampeana. La historia de la Basílica de Nuestra Señora de Luján está profundamente ligada a la figura del sacerdote vicentino Jorge María Salvaire, quien convirtió una experiencia límite en el impulso que dio origen al imponente santuario.

En noviembre de 1873, Salvaire recibió la orden de abandonar Luján para trasladarse junto al padre Fernando Meister a la misión de Azul. El objetivo era evangelizar a las comunidades indígenas que habitaban el interior bonaerense.

Durante esa travesía, que se extendió por varias semanas a través de la llanura pampeana, ambos religiosos llegaron hasta las cercanías de las Salinas Grandes, territorio dominado entonces por el cacique Manuel Namuncurá.

En medio del recorrido fueron interceptados por un grupo de indígenas que acusaban a los misioneros de haber llevado enfermedades, entre ellas la viruela, a sus comunidades. En un primer momento, Salvaire logró escapar a caballo, pero poco después fue capturado al llegar a las tolderías de Namuncurá.

Allí vivió las horas más dramáticas de su vida. Acusado de brujería y señalado como responsable de propagar enfermedades, quedó a merced de quienes debatían qué castigo imponerle. Mientras permanecía cautivo, y convencido de que podía morir, se encomendó a la Virgen de Luján.

Según relataría años después, en ese momento realizó una promesa que cambiaría el curso de su vida: si lograba salvarse, dedicaría su existencia a difundir la devoción a la Virgen y a engrandecer su iglesia.

Sálvame y publicaré tus milagros y caminaré por toda la Tierra pidiendo limosna para engrandecer tu iglesia”, habría implorado.

Poco después, la tensión disminuyó y finalmente recuperó la libertad. Salvaire interpretó aquel desenlace como un milagro.

El regreso a Luján y el inicio de un gran proyecto

Tras regresar a Luján, el sacerdote comenzó a cumplir con su promesa.

Primero se dedicó a investigar la historia de la Virgen de Luján, un trabajo que desarrolló entre 1875 y 1884. Paralelamente avanzó con otro de sus objetivos: impulsar la construcción de un santuario de mayor escala para recibir a la creciente cantidad de fieles que llegaban cada año.

La antigua iglesia colonial comenzaba a resultar insuficiente. El crecimiento del ferrocarril facilitaba la llegada de peregrinos desde distintos puntos del país, mientras que la inmigración europea también incrementaba el flujo de visitantes.

Frente a ese escenario, Salvaire impulsó ante el Arzobispado la necesidad de levantar una nueva iglesia. Su propuesta no consistía en una simple ampliación: buscaba construir una gran basílica de estilo neogótico, preparada para albergar multitudes.

En 1886 viajó a Francia y otros países europeos para recaudar fondos y reunir elementos para el futuro templo. También promovió la coronación de la imagen de la Virgen, ceremonia que finalmente se realizó en 1887.

Dos años después, en 1889, fue designado capellán del Santuario de Luján y desde ese lugar reorganizó el proyecto de construcción.

La piedra fundamental

El paso decisivo llegó cuando elevó formalmente la propuesta al Arzobispado de Buenos Aires.

Luego de la aprobación de los planos elaborados por el ingeniero Alfonso Flamand y el arquitecto francés Uldéric Courtois, la construcción comenzó oficialmente el 6 de mayo de 1890.

Ese día se colocó la piedra fundamental del futuro templo: un bloque de piedra blanca proveniente de Tandil de 1,22 metros por lado, ubicado a cuatro metros bajo lo que sería el altar mayor.

En su interior fueron depositados documentos y objetos simbólicos, entre ellos el acta fundacional firmada por autoridades religiosas, retratos papales y piedras traídas desde lugares emblemáticos del cristianismo como Nazareth, Monte Calvario, las Catacumbas de Roma, Loreto, Zaragoza, Montserrat, Lourdes, La Salette y Montmartre.

Inundaciones, demoras y una obra de décadas

El proyecto original contemplaba además una cripta subterránea destinada a celebraciones religiosas. Sin embargo, la cercanía con el río Río Luján generó inundaciones y derrumbes que obligaron a abandonar esa idea.

A pesar de las dificultades, la obra continuó avanzando. En 1896 llegaron vitrales desde Burdeos y comenzaron a instalarse escaleras de mármol.

La muerte de Salvaire, en 1899, marcó un punto de inflexión. Su sucesor, el padre Brignardello, asumió la conducción y enfrentó una de las etapas más complejas: la construcción de las torres que hoy distinguen visualmente a la basílica.

En 1904 se realizó una inauguración parcial del templo, con la imagen de la Virgen ya ubicada en el santuario.

Más tarde continuaron las obras bajo la dirección del sacerdote Davani y posteriormente del padre José María Gimalac.

En 1924 quedó inaugurado el campanario, una de las características más emblemáticas del templo: posee 15 campanas que suman un peso total de 12.489 kilos.

La más pequeña pesa apenas 55 kilos, mientras que la mayor alcanza los 3.400. Una de las más destacadas es la campana San Miguel Arcángel, afinada en Re bemol, con un peso de 1.610 kilos y la inscripción: “Príncipe glorioso, acuérdate de nosotros”.

Entre 1922 y 1926 se completaron además las torres y se instalaron los sistemas de relojería y carillón.

Finalmente, en 1935, la colocación de una estatua en homenaje a Salvaire en el sector oeste del templo marcó el cierre simbólico de una obra que atravesó décadas de esfuerzo, dificultades técnicas y cambios de conducción.

Un símbolo de fe que sigue vigente

Hoy, la Basílica de Nuestra Señora de Luján es uno de los principales símbolos de la fe católica argentina.

Cada año, miles de fieles llegan hasta allí para agradecer, pedir y renovar promesas.

Las peregrinaciones más multitudinarias se realizan durante el primer fin de semana de octubre y cada 8 de diciembre, cuando una multitud repite un ritual que nació hace más de un siglo con la promesa de un sacerdote que creyó haber recibido un milagro en medio del desierto pampeano.

 

 

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