Hay escenas cotidianas que parecen pequeñas y otras que parecen enormes, pero ambas nacen del mismo problema: la degradación de la convivencia social y la peligrosa costumbre de creer que la ley es opcional.
Por un lado, vemos a jóvenes circulando en moto a alta velocidad, sin casco, haciendo maniobras imprudentes, generando ruidos molestos a cualquier hora y poniendo en riesgo no solo su propia vida, sino también la de terceros. Muchas veces no se trata de necesidad, sino de una mezcla de rebeldía vacía, búsqueda de atención o simple moda. La norma deja de ser una obligación y pasa a ser algo que “cumplan otros”.
Por otro lado, encontramos conductas mucho más graves y silenciosas, pero nacidas de la misma lógica. Me resbala el otro.
Un empresario, dueño de una estación de servicio y vinculado a una sociedad anónima propietaria de un campo, decide abrir un canal clandestino de tres kilómetros para desviar el agua excedente producto de la inundación reciente. No se trata de una pala improvisada: semejante obra requiere maquinaria, planificación y recursos. Es decir, decisión consciente.
El resultado fue devastador: inundó el campo de un vecino, arruinó su producción, le impidió ingresar a trabajar y le provocó un perjuicio económico enorme. Ese vecino, a su vez, si hubiera liberado esa misma masa de agua para salvarse, habría inundado un pueblo de 400 habitantes. No lo hizo. Eligió no perjudicar a familias enteras.
Ahí aparece la diferencia moral.
El primero actúa con irresponsabilidad; el segundo, con poder y cálculo. Uno desafía normas desde la inconducta juvenil; el otro desde la impunidad que suele dar, para algunos pocos, el dinero. Pero ambos comparten algo esencial: la convicción de que sus deseos personales están por encima del derecho ajeno.
Eso es lo verdaderamente preocupante.
Cuando una sociedad empieza a tolerar que cada uno haga lo que quiere —el joven en la moto o el empresario con la topadora— deja de existir el pacto básico de convivencia. La ley ya no ordena: molesta. El otro ya no importa: estorba.
Y allí comienza la verdadera inundación: no la del agua, sino la de la indiferencia.
Una sociedad donde se naturaliza el incumplimiento sistemático de las normas termina castigando siempre a los mismos: a los que respetan, a los que trabajan, a los que piensan en el prójimo, a los que no tienen poder para imponerse.
Los primeros suelen ser los más humildes. Los segundos, muchas veces, los más poderosos.
Pero el daño final alcanza a todos.
Porque cuando la ley deja de ser un límite común y pasa a depender del capricho individual o del tamaño de la billetera, ya no hablamos de libertad: hablamos de descomposición social.
Y ninguna comunidad puede sostenerse mucho tiempo así, aunque ya lleva muchos años.



