Vivimos tiempos atravesados por una lógica fundamentalista que no se limita a lo religioso ni a lo ideológico en el sentido clásico, sino que se infiltra en los actos cotidianos, en los discursos públicos y, preocupantemente, en instituciones que deberían ser guardianas de la pluralidad, como el Poder Judicial. Esta tendencia hacia una forma cerrada, dogmática e intransigente de pensar y actuar afecta no solo la convivencia democrática, sino también el entramado mismo del Estado de derecho.
Es que crece el fundamentalismo como concepto moderno considerado como reacción de la sociedad moderna que empieza a guiarse por leyes humanas y deja de lado las divinas, afectando a los hábitos y al estilo de vida diaria. Y la tecnología ayuda en esa línea.
En concreto, el fundamentalismo cotidiano se manifiesta en pequeñas dosis: en la incapacidad para escuchar al otro, en la polarización exacerbada en redes sociales, en la constante necesidad de tener razón y deslegitimar cualquier diferencia.
No es casual que este tipo de actitudes se traslade también a las estructuras institucionales.
Cuando el Poder Judicial —que debería encarnar el principio de imparcialidad— comienza a operar desde una lógica binaria de buenos y malos, amigos y enemigos, pierde su capacidad de arbitrar con justicia.
Esto es más evidente aún cuando el sistema judicial se transforma en un actor político más, y no precisamente en el buen sentido del término. La “judicialización de la política” se convierte en una herramienta no para garantizar derechos o resolver conflictos, sino para disciplinar al adversario. Lo que antes eran diferencias se vuelven amenazas existenciales; lo que debería ser un debate se transforma en guerra.
Aquí entra la segunda parte de esta reflexión: la mirada de destrucción hacia el otro en la política.
No se trata solo de oponerse a un proyecto distinto; se trata de aniquilar simbólicamente (y a veces materialmente) al otro. El adversario se convierte en enemigo. Su voz es ilegítima por definición. En este clima, la política deja de ser un espacio de negociación y construcción común para convertirse en una lucha por la supervivencia.
Y esa lógica de exterminio simbólico (y a veces real) se retroalimenta con un Poder Judicial que, en lugar de mediar con equilibrio, actúa con sesgos, filtraciones, y decisiones que refuerzan el enfrentamiento. La justicia, en lugar de cerrar heridas, se convierte en un nuevo campo de batalla.
¿Hay salida? La hay, pero implica revisar las prácticas propias.
Implica revalorizar la conversación, el disenso, el pensamiento crítico y la empatía como herramientas políticas. También implica exigir que el Poder Judicial recupere su lugar institucional, no como un actor más del juego político, sino como garante de legalidad y justicia, incluso cuando eso incomode a los sectores de poder.
El fundamentalismo, en cualquiera de sus formas, es enemigo de la democracia. Y si no lo reconocemos en sus formas cotidianas, será demasiado tarde cuando ya esté enquistado en todas las esferas del poder.
*Director-creador del Grupo-Multimedios Cadena Nueve-Periodista-Abogado-Consultor de Medios-Autor de: ‘Delitos en la Prensa’-La Plata,1983-‘La Noticia en Imagen’, Pamplona 1991-‘Lo Mejor de Dios, Ellas’, El Remanso, 2007-
Si me lo permite, no solo es una lógica fundamentalista, es la legalidad del paradigma globalizador. Tal vez pueda notarla porque ese paradigma finalizó. En Alaska, trazaron una nueva legalidad: la solidaridad (que reemplaza esa lógica fundamentalista o “competencia”). La legalidad perimida, al trazarla, notaron que solo tenían que poner a la competencia en marcha porque luego, los entornos de cada quien, ejecutan una jerarquización excluyente: como si cada quien fuera un pequeño Hitler que va marcando judíos y decidiendo quién es y quién no es (ario o judío). Los abogados se apoderaron del Poder Judicial, para asegurar a sus profesionales, un trabajo; del mismo modo que los movimientos sociales tomaron parte de las políticas sociales para asegurarse ingresos y puestos políticos; o ciertos gremios para asegurarle a familiares e hijos, las pocas viviendas que puede construir cada Municipio. Pero, eso cambió: se nota en la nueva Justicia de México que quiere implementar Trump y que parece tiene Rusia; la nueva medicina de medicamentos más baratos del mundo de Estados Unidos… Es decir, la democracia, la comunicación, fueron una falacia sostenida por pocos. Terminó, terminó para siempre; estamos en una transición hacia un mundo muy industrial con mucho trabajo para todos, donde la diferencia será la capacidad para amar… para fortalecer lazos afectivos en cada pueblo. La discriminación, en poco más de un lustro, parecerá un tema de series de ciencia ficción.