jueves, enero 15, 2026
35 C
Nueve de Julio
jueves, enero 15, 2026
35 C
Nueve de Julio

El primer secuestro extorsivo del país: el robo de un ataúd con una fallecida millonaria

El hecho que conmovió a Buenos Aires hace 141 años dio origen al delito de profanación de cadáveres. Los autores estuvieron presos sin delito que lo determinara.

- Advertisement -
- Advertisement -
- Advertisement -

Transcurría el año 1881, gobernaba Julio Argentino Roca y estaba a todo vuelo las corrientes de inmigrantes, sobre todo de Europa.

La mayoría venía por trabajo y en busca de una patria que los albergara y les ofreciera lo que sus tierras de origen no le proveían.

Entre el contingente, un joven apuesto, alto, rubio y ojos claros, llegado de Bélgica, contó con la aceptación de la alta sociedad. Se llamaba Alfonso Kerchowen. Aparentaba buen pasar. Dejó su país perseguido por la justicia. Refería ser miembro de una noble familia de Flandes. Fue así como se introdujo en los círculos selectos de la sociedad porteña y se hizo habitué en las fiestas y reuniones más encumbradas. Se instaló en uno de los mejores hoteles de la ciudad y frecuentaba los mejores restaurantes.

Ese año fallecía Inés Indart e Igarzabal de Dorrego (Do Rego así era el apellido originario) cuñada de Manuel, ex -gobernador bonaerense fusilado por Lavalle.

Una de sus hijas, Felisa Dorrego -Do Rego – estaba casada con Mariano Miró, miembro de una de las familias más tradicionales de la ciudad.  Era propietario del enorme Palacio Miró – hoy demolido – que se encontraba en la manzana de Libertad, Viamonte, Talcahuano y avenida Córdoba. Hoy una plaza.

En la mañana del 25 de agosto de 1881, llegó al Palacio una carta dirigida a la dueña. Felisa la leyó, y luego de un desgarrador grito, se desmayó.

En la misiva se informaba que los restos de su madre, Inés Indart e Igarzabal de Dorrego – cuñada de Manuel Dorrego – habían sido robados del Cementerio de la Recoleta y si no pagaban dos millones de pesos en 24 horas, los mismos serían ultrajados y arrojados a tierras profanas. La firma era ‘Los Caballeros de la Noche’.

Se trataba del primer secuestro extorsivo de la historia policial argentina.

Ante el estupor inicial, un sobrino de Felisa, que de casualidad estaba esa mañana en el Palacio, reaccionó rápidamente. Su idea era encontrarse con el secretario del Jefe de Policía, quién era amigo suyo; pero … y…¿si los delincuentes están afuera, vigilando la casa para asegurarse de que no se comuniquen con la policía?

La solución, pensó el sobrino, era ir disfrazado. El joven sobrino de Felisa salió del palacio vestido de carbonero. Al llegar al Cabildo, que funcionaba en aquellos días como jefatura central de Policía, los guardias no lo dejaron pasar. Hasta qué un tal García Merou, secretario del Jefe de Policía, reconoció a su amigo.

Enterado el jefe de la Policía, Juan José de Guerricó comisionó a Martín Maidana tomara cartas en el asunto. Para ello, con su compañero Mosquera, fueron disfrazados al cementerio. Debían constatar el hecho. Lo cierto es que el ataúd, muy pesado, nunca salió de la Recoleta. Estaba escondido en una bóveda cercana de la familia Requejo.

Con los restos a salvo, ahora quedaba atrapar a los delincuentes.

Disfrazados de carboneros, los policías volvieron al palacio Miró. Informaron a la familia el hallazgo y de su plan para atrapar a los delincuentes.

Decidieron conservar el disfraz, por si alguno de los cómplices merodeaba la vivienda. Desde ese momento comenzó una de las persecuciones más extrañas que vivió la ciudad de Buenos Aires.

A la mañana siguiente, sonó el llamador de la puerta de servicio del palacio Miró. Un joven ‘mozo de cuerda’ – jóvenes que trabajaban llevando paquetes y mensajes por la ciudad, antecesores de los actuales motoqueros – trajo un ánfora en la que la familia Dorrego debía colocar lo que pedía la carta que habían recibido los secuestradores y que después el joven mozo, debía llevar según las instrucciones recibidas.

La familia llenó el ánfora con recortes de periódicos, los cuales ya estaba previsto y se la entregó al mensajero. Simulaban los dos millones de pesos.

En la calle, era momento de actuar de la policia. Mosquera sería el encargado de seguir el ánfora y el resto de la comisión policial, a una distancia prudencial, seguirían a Maidana.

El mensajero caminó hasta la estación del tren que estaba en la actual esquina de Callao y Lavalle. Allí espero en el andén la salida del tren. El mozo de cuerda y policías lo abordaron.

Tomó por la actual avenida Corrientes y se dirigió hacia Chacarita, que era la primera estación. Pero al acercarse al arroyo Maldonado, el muchacho tiró la ánfora por la ventana.

Sin dudarlo, Maidana y Mosquera saltaron del tren para ver que dos sujetos, uno rubio y alto, subieron el ánfora a un carro y salieron con dirección al río.

Desesperados, los policías vieron a un lechero vasco con su carretón circulando por el mismo camino al costado del arroyo. Sin dudarlo se subieron al carro y ordenaron al vasco que siguiera a los delincuentes. Tenían que atraparlos antes que se escondieran en Las Cañitas, que por aquel entonces era un bañado donde tenían sus aguantaderos los tipos pesados de la ciudad.

Los agentes de la ley tuvieron suerte, ya que lo irregular del camino hizo que el carro de los fugitivos perdiera una rueda y ambos delincuentes se rindieron ante la ley.

Alfonso Kerchowen y Francisco Moris, su secuaz, fueron trasladados al cuartel de Policía. Rápidamente cantaron y delataron al resto de una banda que se hacía llamar Los Caballeros de la Noche. Luego cayeron Vicente Mora, Pablo Miguel Ángel y Daniel Expósito, quienes acompañaron al noble delincuente a los calabozos.

La sociedad porteña se indignó, no sólo por el crimen, sino también porque habían comprado con notable ingenuidad al respetable noble Alfonso Kerchowen.

El juicio fue presidido por el juez Julián Aguirre y el abogado de los Caballeros de la Noche fue el asturiano Rafael Calzada. El defensor estaba tranquilo. Sabía que no existía tipificación en la ley argentina para el delito de robo de cadáveres. Cuando el fiscal los acusó de amenaza, según el viejo código español del siglo XIII, Calzada tan sólo debió invocar el artículo 18 de nuestra constitución que establece que un hecho es delito si hay una ley anterior que así lo establece. Claramente, éste era el caso. El juez Aguirre no tenía norma jurídica. Sin embargo los sentenció a seis años de confinamiento.

Encerrados en la vieja cárcel de Caseros, los detenidos esperaron dos años, hasta que la Cámara de Apelaciones le dio la razón a Calzada. Para las leyes argentinas, nunca existió delito. Los Caballeros de la Noche quedaron libres.

El resultado fue que en 1886 se agregó al Código Penal la pena de seis años de prisión a quien sustrajera un cadáver. Más tarde, el código se modificó y redujo la máxima a cinco años y describió que “Será reprimido con prisión de uno a cinco años el que, faltando al debido respeto, honor y memoria de los difuntos, sustrajera, profanare, o ultrajare el cadáver de una persona, sus restos o sus cenizas.”

Los Caballeros de la Noche dejaron la ciudad.

No obstante, se corrió el rumor que Felisa Dorrego Indart de Miró quiso conocer a Alfonso Kerchowen. Esas mismas fuentes señalaron que el encuentro se produjo y fue el comienzo de una relación sentimental.

Lo cierto es que el hecho dio origen a un delito, que sigue vigente, como es el secuestro extorsivo y a la tipificación del delito de profanación de cadáveres.

Una vez mas se demuestra que las leyes regulan conductas humanas reprochables. Que no están bien.

Los Caballeros de la Noche, adelantados de los ‘cuentos del tío’; y la justicia a condenar apartada del derecho.

1 COMENTARIO

  1. “No obstante, se corrió el rumor que Felisa Dorrego Indart de Miró quiso conocer a Alfonso Kerchowen. Esas mismas fuentes señalaron que el encuentro se produjo y fue el comienzo de una relación sentimental.” Esto es falso… Felisa Gregoria Dorrego Indart (1815-1896) viuda de Mariano Agustín Miró (1796-1872) en 1881 tenía 66 años y para la época era una persona mayor, atormentada por la muerte de sus 2 hijos a muy temprana edad. Parte de este relato es cierto y otra parte una interesante novela… Por ese entonces Alfonso Kerchowen tenía 27 años.
    Alberto E. del Solar Dorrego
    [email protected]

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Últimas noticias