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La cultura de la destrucción del adversario

Escribe para Cadena Nueve, Ramiro Parra

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Existe un fenómeno que parece atravesar gran parte de la historia argentina: la tendencia a considerar al otro no como un adversario con quien competir, debatir o convivir, sino como alguien a quien hay que neutralizar, desplazar o destruir. Es una lógica que aparece de distintas formas desde los primeros conflictos políticos del siglo XIX hasta nuestros días.

Las luchas entre unitarios y federales estuvieron marcadas por exilios, persecuciones y fusilamientos. La política se concebía muchas veces como una confrontación donde el vencedor tenía derecho a borrar al vencido. Con el paso del tiempo cambiaron los actores y los métodos, pero la dinámica se repitió en numerosos momentos de la vida nacional. Gobiernos, partidos, movimientos y grupos de poder buscaron con frecuencia eliminar la influencia de sus adversarios antes que convivir con ellos dentro de reglas compartidas.

Durante el siglo XX esta tendencia se expresó en proscripciones políticas, persecuciones ideológicas, encarcelamientos y, en su versión más extrema, en la violencia política y el terrorismo de Estado. Cada sector justificó sus acciones en nombre de una causa superior, pero el resultado fue siempre el mismo: una sociedad fragmentada y enfrentada.

Sin embargo, esta lógica no se limita a la política. También puede observarse en el ámbito económico y empresarial. Cuando una empresa, un comercio, un productor o un emprendedor logra destacarse y construir una posición de influencia basada en su trabajo, inversión o capacidad de organización, con frecuencia aparecen intentos de desacreditarlo, condicionarlo o limitar su crecimiento.

En lugar de preguntarse cómo replicar una experiencia exitosa, muchas veces predomina la sospecha hacia quien progresa. El éxito económico suele ser interpretado como un problema antes que como una oportunidad para generar más desarrollo. Así, la discusión deja de centrarse en cómo crear riqueza y pasa a enfocarse en cómo reducir o controlar el poder de quien la genera.

Esta dificultad para aceptar actores independientes también ha caracterizado distintos momentos de la historia argentina. Tanto en la política como en la economía, existe una recurrente incomodidad frente a personas, instituciones o empresas que adquieren autonomía y capacidad de influencia propia. Con frecuencia se las percibe como una amenaza que debe ser subordinada o eliminada.

Las sociedades más exitosas suelen canalizar los conflictos mediante la competencia, las instituciones y las reglas. La Argentina, en cambio, ha oscilado muchas veces entre la cooperación y la confrontación permanente. Cuando la energía social se orienta a destruir al que sobresale, al que piensa distinto o al que adquiere poder independiente, el resultado no es una mayor igualdad sino un empobrecimiento colectivo.

Quizás uno de los desafíos más importantes para el país sea abandonar definitivamente esta cultura de la destrucción y reemplazarla por una cultura de la competencia, el pluralismo y la convivencia. Una nación progresa cuando permite que existan adversarios, competidores y diferencias; se estanca cuando convierte a todos ellos en enemigos.

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