La idea de esta reflexión nace de un mensaje – crecer en el decrecer -que el padre Daniel Camagna dirigió a un grupo de varones mayores de 65 años. Sin embargo, el alcance de sus palabras excede ampliamente a quienes transitan esa etapa de la vida. Porque, en definitiva, todos estamos llamados a afrontar el mismo desafío: aprender a crecer cuando la vida parece comenzar a decrecer.
Vivimos en una cultura que rinde culto a la juventud, la productividad y la velocidad. Pareciera que el valor de una persona depende de cuánto produce, cuánto consume o cuánto puede controlar.
En ese contexto, el envejecimiento suele percibirse como una derrota. Sin embargo, la realidad es otra: en algún momento todos doblamos la curva de la vida y comenzamos a experimentar límites que antes no conocíamos.
Los signos aparecen de distintas maneras. El cuerpo ya no responde igual, la salud exige cuidados, los hijos construyen sus propios caminos, los amigos empiezan a faltar y la sensación de no tener el control absoluto de las cosas se vuelve más frecuente. A veces surge la soledad, otras veces la incertidumbre y, en el fondo, ese temor silencioso que acompaña a toda existencia humana: la conciencia de la propia finitud.
El padre Camagna llama a esta etapa “la penúltima crisis”. Penúltima porque la última será el paso definitivo hacia la eternidad. Pero también la presenta como una oportunidad: la de vivir la “última conversión”. No se trata ya de pasar de la incredulidad a la fe, ni simplemente de corregir errores morales. Se trata de algo más profundo: aprender a abandonarse confiadamente en Dios.
Quizás allí se encuentre la gran enseñanza. Mientras la juventud suele estar marcada por la espera —proyectos, metas, conquistas— la madurez invita a pasar de la espera a la esperanza. Ya no se trata tanto de acumular experiencias o logros, sino de descubrir el sentido de lo vivido y confiar en que la historia personal tiene un destino.
Frente a esta realidad aparecen dos tentaciones:
La primera es refugiarse en la nostalgia, convencidos de que todo tiempo pasado fue mejor.
La segunda es escapar hacia adelante, intentando negar el paso del tiempo mediante una carrera frenética por seguir demostrando vigencia.
Ninguno de los dos caminos ofrece verdadera paz.
La alternativa es la aceptación serena y activa. Adaptarse no significa resignarse; significa reconocer las nuevas posibilidades de cada etapa. Significa vivir el presente con gratitud, cultivar vínculos, compartir experiencias, tender una mano y descubrir que todavía hay mucho para ofrecer.
También implica recuperar una mirada más sabia sobre la vejez. Algunas culturas veneran a los ancianos porque representan la memoria, la experiencia y la capacidad de transmitir aprendizajes que ninguna tecnología puede reemplazar. En tiempos donde predomina el individualismo, recordar que somos deudores de quienes nos precedieron es un acto de justicia y de humanidad.
Desde la fe, el mensaje es aún más profundo. La existencia no es un recorrido que va del azar a la nada. Es un camino que va desde unos brazos que nos recibieron al nacer hacia otros brazos que nos esperan al final. Por eso la etapa final de la vida puede transformarse en un tiempo de oración, gratitud y reconciliación.
Crecer en el decrecer parece una paradoja, pero no lo es. Tal vez sea la forma más alta de crecimiento humano. Consiste en cambiar el temor por la confianza, la ansiedad por la esperanza y la sensación de pérdida por la alegría de haber vivido. La verdadera sabiduría no está en aferrarse a lo que se va, sino en descubrir que cada etapa tiene una misión y una gracia propia.
Porque, después de todo, la penúltima crisis puede convertirse en la antesala de una vida más plena, más libre, alegre y más confiada.



