
El globalismo financiero (ejercido por los banqueros) perimido impuso desde el poder del Consenso de Washington (Estados Unidos con Reagan, Inglaterra con Margaret Tatcher y España con Felipe González) impuso las ideas de Marshall McLuhan de “aldea global” (en 1962 desde La galaxia Gutenberg y 1964 con Comprender los medios).
Predijo que la tecnología electrónica y los medios de comunicación masiva derribarían las barreras espaciales y temporales, conectando instantáneamente al mundo y convirtiéndolo en una “aldea” pequeña y unificada, donde todos comparten las preocupaciones de todos.
Claro, no contó cuál era la legalidad que sí notó la trinidad antes mencionada: derecho de prelación (metáfora jurídica).
El derecho de prelación por encima del principio de autoridad.
El primero refiere a la voluntad de quien ocupa el escalafón superior se impone automáticamente sobre la del inferior. No se discute (por eso se repetía “discutamos con respeto” -versión edulcorada de “la obediencia debida”-, que no respetaba quien contaba con mejor escalafón) el contenido de la orden, sino que se acata por la posición de quien la emite.
Destruyendo el principio de autoridad, que no es el mero mando de quien está arriba, sino la facultad de ejercer liderazgo vertical e incuestionable sujeto a la Ley (llevado adelante por probidad como verdadero respaldo).
Por eso conseguimos notar los brillos de las alfombras rojas: sin importar en qué poder del Estado se estuviera; aún, en los divinos (bueno, hasta el Papa Francisco que lo ejercía con humildad, sin brillos en sus alfombras).
Desde 2014, esa maldita devaluación de Kicillof (que destruyó las posibilidades de continuidad de Cristina y sus seguidores, dejándole servido en bandeja el puesto de presidente a Mauricio) inició este derrotero que describe una curva llamada tobogán, acelera su destino en las manos de Milei.
El presidente más coherente que dio nuestro país. Advirtió, el primer día de su gobierno que se trabajaría menos mientras se lo aplaudía profusamente, rodeado de perdedores (ya lo sabíamos entonces) como Zelensky y el rey de España (dos países que están desapareciendo a ritmos vertiginosos, sobre todo, Ucrania -dejó de existir y será peor cuando renuncie el presidente de facto; la mitad de Ucrania ya es rusa y la otra mitad quedará para Estados Unidos).
La coherencia de Milei exacerbó las premisas de la globalización de los banqueros acordada en 1989: el derecho de prelación se esparció como virus de la pandemia, sin vacuna.
Gradualmente, todos nos vamos convirtiendo en: justicieros.
¿Acaso no lo están demostrando los pibes desde las escuelas, los motoqueros desde las picadas, los chorros asaltando a ancianos y pibes desvalidos?
Como al finalizar el año pasado, el gremio que disparó por la espalda al gobierno local, para salvarse de algún modo.
Efecto dominó: al recaudar menos, se distribuye menos y, más abajo, sube el endeudamiento.
A tal punto sin principio de autoridad que los delincuentes de hoy, muchos no tienen experiencia: solo roban para comprar comida o medicamentos. Y, los que tienen experiencia, no tienen código (eso que posibilitaba el principio de autoridad: para no robarle a los pibes, a los ancianos o a los vecinos de los barrios).
Bien, eso es la anomia: el exceso del derecho de prelación (sin opción a renunciar antes de ser enjuiciado para al menos obtener una jubilación) por sobre el disminuido principio de autoridad (que intentamos sostener y construir alrededor de la Intendente, porque tiene con qué aguantárselas, mientras lo ejerce. Sí, queda entre paréntesis: la Intendente María José Gentile ejerce el principio de autoridad sin derecho de prelación).
Quien no lo note no puede estar en mesas de negociaciones.
En el horizonte, sin la destitución del presidente por la vía que habilita la Constitución Nacional, está eso que trabajó la sociología francesa, cuando decapitaron al rey a pesar de que se defendía con cañones: anomia.
Ahí, en ese punto extremo ¿quién no defendería su vida o la de sus hijos o parejas?
Es un extremo complicado.
El gobierno provincial no tiene más chances que dejar de enviar dinero para los alimentos de los pibes en las escuelas.
Claro que es globalizador y entiende que Milei, al no recaudar, no puede coparticiparle lo que no recauda y que, además, debe dejar de pagar las partidas (Milei) para darse sobrevida.
Ahí el efecto dominó: Kicillof, para darse sobrevida, debe de dejar de enviar las partidas acordadas.
Ahora es el turno distrital y de sus funcionarios: no tienen con qué pagar.
Salvo con el ejemplo: cordura, criterio en el uso del dinero que no tienen y mucha invocación a Dios (el que sea para cada quien).
Para que multiplique los panes.
Al menos, hasta que el carácter justiciero de cada quien, reúna en una mesa a senadores y diputados nacionales por un lado y por otro a los cortesanos de la Corte Suprema y juntos noten, que se puede vivir pagando pasajes en subte con tarjeta de crédito, pero no se puede vivir sin alimentarse.
Porque, está visto, tenemos la habilidad caníbal de “comernos” entre nosotros.
Cadena Nueve reconstruye, como le es posible mientras, el principio de autoridad.


