En las redes sociales abundan los jueces anónimos, los verdugos de teclado y los expertos en descalificar. Basta una opinión distinta para que aparezcan insultos, burlas o ataques personales. Se discute poco; se agrede mucho. Y en ese ruido, la conversación se degrada hasta convertirse en un espectáculo de descalificaciones.
Es que vivimos en la era de la opinión inmediata y del insulto automático.
Basta una idea distinta para que aparezcan los ataques: “ignorante”, “vendido”, “ridículo”, “enemigo”, por citar algunos. No se discute el argumento; se destruye a la persona. No se responde con razones; se responde con rabia.
Eso no es libertad de expresión. Es pobreza intelectual.
Al respecto en el inicio de esta Cuaresma el Papa León XIV propone ayunar de gestos y palabras que hieren a los demás.
Hace más de dos mil años, Aristóteles advirtió algo que hoy parece revolucionario: “Una mente educada es capaz de entender un pensamiento sin aceptarlo.” Qué lejos estamos de eso. Hoy muchos no sólo no aceptan el pensamiento distinto: tampoco lo escuchan. Lo cancelan, lo caricaturizan o lo atacan.
Las mentes amplias trabajan con ideas. Las examinan, las cuestionan, las pulen. No temen cambiar de opinión porque entienden que pensar no es una guerra, sino un proceso de crecimiento. Saben que el desacuerdo no es una amenaza, sino una oportunidad.
Las mentes medianas hablan de hechos y circunstancias. Se quedan en la superficie de lo que ocurrió, en el dato inmediato, en la polémica del día. No profundizan, pero tampoco destruyen.
Las mentes pequeñas, en cambio, hablan de personas. No discuten argumentos: atacan identidades. No refutan razones: etiquetan, insultan y desprecian. Cuando alguien recurre al agravio, en realidad está confesando la pobreza de sus herramientas intelectuales.
El insulto no demuestra fuerza; demuestra incapacidad.
La violencia verbal no revela convicción; revela inseguridad.
Descalificar es el recurso del que no puede argumentar.
Si de verdad aspiramos a una sociedad más libre y más inteligente, necesitamos recuperar algo esencial: el respeto por la diferencia. No se trata de aceptar todo, sino de comprender antes de juzgar. De analizar antes de atacar. De pensar antes de escribir.
Porque, como también enseñó Aristóteles, los hábitos forman el carácter y el carácter moldea el destino. Si cultivamos el hábito de la agresión, nuestro destino colectivo será el enfrentamiento permanente. Si cultivamos el hábito del diálogo, construiremos una convivencia más madura.
Las redes sociales pueden ser un campo de batalla… o una plaza pública donde las ideas se encuentren y proyecten al crecimiento. La elección es de cada uno. Es nuestra en concepto de sociedad.
Y tal vez el verdadero signo de inteligencia no sea tener siempre la razón, sino ser capaces de escuchar una idea diferente sin necesidad de destruir a quien la expresa.
La sociedad la construimos entre todos y tambien podemos empezar a cambiar por lo que nos eleva y convierte en convecinos reales.
No se trata de estar de acuerdo. Se trata de estar a la altura.
La próxima vez que sientas el impulso de descalificar, pregúntate: ¿estoy defendiendo una idea… o estoy demostrando que no sé defenderla?
Pensar exige esfuerzo. Insultar, no.
Y ahí, justamente ahí, se nota la diferencia.
Salir de la crisis en la cual estamos sumergidos es una construcción de cada uno, empezando por ver la viga de nuestro ojo y no la paja en el ajeno.
*Director-creador del Grupo-Multimedios Cadena Nueve-Periodista-Abogado-Consultor de Medios-Autor de: ‘Delitos en la Prensa’-La Plata,1983-‘La Noticia en Imagen’, Pamplona 1991-‘Lo Mejor de Dios, Ellas’, El Remanso, 2007



