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¿Qué implica no tener soberanía para un pueblo?

Escribe para Cadena Nueve, Luis Gotte*

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Vivimos un momento histórico en el que la noción de AUTODETERMINACIOÓN y el concepto clásico de SOBERANIA están siendo redefinidos por una potencia que ya no se limita a su seguridad interna: incorpora el control geopolítico directo sobre todo el continente.

La recientemente publicada Doctrina de Seguridad Nacional de Estados Unidos 2025 reconfigura su política exterior sobre la base de una interpretación ampliada del “interés nacional”. América entera aparece como zona de influencia propia, bajo un nuevo “Corolario Trump” de la antigua Doctrina Monroe. El objetivo declarado es contener la presencia de potencias extrahemisféricas y asegurar rutas estratégicas y recursos naturales.

La actual administración estadounidense no se queda en la teoría. En enero de 2026 ejecutó una operación militar en Venezuela: capturaron al presidente Nicolás Maduro en un operativo de gran escala. Gobiernos y organismos internacionales calificaron el hecho como una violación de la legalidad internacional. Washington lo justificó en nombre de la “restauración democrática” y del acceso a recursos energéticos.

En paralelo, la estrategia incluye presiones sobre otros territorios clave: desde amenazas explícitas respecto de Groenlandia hasta planes abiertos de intervención en Panamá, Nicaragua, Cuba, México, Colombia e incluso Brasil. Todo acompañado por anuncios para contrarrestar la influencia de China en Hispanoamérica.

1. Soberanía política vs. tutelaje geopolítico

Si un Estado poderoso puede intervenir militarmente para remover a un presidente y proclamar que un continente entero es zona de sus intereses estratégicos, entonces el concepto de soberanía -consagrado en el artículo 2 de la Carta de la ONU- queda gravemente deteriorado como principio operativo. La soberanía deja de ser un límite y se convierte en un recurso negociable o prescindible cuando los intereses de un poder hegemónico así lo dictan.

Esto implica que Argentina, como cualquier otro país periférico, no está exenta de presiones, sanciones, interferencias o incluso operaciones directas si sus decisiones soberanas se interpretan como contrarias a esos intereses.

2. Lo que esto significa para la economía argentina

Desde una perspectiva de desarrollo económico con soberanía tecnológica y productiva, el escenario es alarmante.

La producción agrícola-ganadera argentina constituye una porción significativa del PIB y ha sido históricamente motor de desarrollo y fuente de divisas. Sin embargo, bajo una lógica donde Estados Unidos busca asegurar dominancia productiva y control de mercados globales, una potencial superproducción de granos y carnes puede ser utilizada como mecanismo para imponer precios favorables a Washington. Se rompen así las leyes del mercado, en particular la de oferta y demanda.

Esto refuerza la hipótesis de que, si Argentina quiere competir sin caer en el eje de intereses norteamericanos, deberá impulsar decisiones soberanas estratégicas que inevitablemente chocarán con las demandas de la potencia tutelar. Empresarios que vendan soja a China podrían ser considerados “sospechosos” y sufrir sanciones, como la retirada de visas. Incluso podrían ser presionados para reducir su producción si afecta a los productores estadounidenses.

Ejecutivos como Paolo Rocca, CEO del Grupo Techint -al frente de uno de los conglomerados industriales más importantes del país- enfrentará presiones no solo por la competencia global, sino también por un establecimiento norteamericana considerado estratégico podría llevar a que Rocca pudiera disminuir su producción y cerrar algunas de sus empresas. En un mundo donde la soberanía se redefine como subordinación, ceder posiciones en el mercado internacional sería una consecuencia previsible como inevitable.

3. Educación, tecnología y desigualdad estructural

Si Estados Unidos consolida su control sobre América, la transferencia tecnológica hacia países como Argentina -clave para reducir la brecha industrial y educativa- quedará subordinada a lo que Washington considere útil o seguro.

Ese esquema reproduce la antigua relación centro-periferia: nosotros exportamos materias primas, ellos exportan tecnología de alto valor agregado.

La consecuencia directa será un estancamiento en innovación, menor inversión en desarrollo científico y una creciente dependencia tecnológica.

El impacto en el sistema educativo es enorme: bajo una hegemonía tecnológica externa, la formación podría reducirse a mano de obra poco especializada, incapaz de competir globalmente en sectores de alta complejidad.

4. Lo social y cultural también está en juego

La vida cotidiana no es solo economía o geopolítica abstracta: es trabajo, salario, educación, salud, deporte, cultura y dignidad humana.

Si el campo productivo se precariza por falta de soberanía económica, si la industria y la ciencia quedan subordinadas a políticas externas, entonces se producirán rupturas sociales con efectos concretos:

* Empleo precario, con salarios debilitados y derechos laborales en retroceso.
* Migración de talento hacia otros países.
* Debilitamiento del cine y del deporte nacional, no por falta de pasión, sino por ausencia de políticas públicas acordes a un proyecto soberano.

El deporte, como el cine, expresiones de identidad y cohesión social, depende de inversión pública en alimentación, educación física, infraestructura y salud comunitaria. Relegar esas prioridades en un contexto de dependencia estructural puede conducir a una merma de la calidad competitiva y a un deterioro cultural que trasciende lo atlético.

Conclusión

La situación actual muestra que la SOBERANÍA está siendo puesta en jaque por la lógica del tutelaje geopolítico.

Aceptar esta realidad como destino inevitable sería renunciar a la dignidad nacional. Se requiere una estrategia soberana de conjunto y un compromiso con cada aspecto de la vida nacional: desde la organización sindical hasta la industria, desde la ciencia y la educación hasta el deporte, desde lo militar hasta lo espiritual.

No se trata de oponerse por oposición, sino de afirmar una visión de Nación autónoma y libre, que no acepte que nuestras decisiones -sobre recursos, políticas sociales, educación o cultura- sean dictadas desde afuera.

Porque la soberanía no es solo un concepto legal: es la condición misma de nuestra dignidad como pueblo. Defenderla es tarea de cada argentino consciente, de cada organización y fuerza política con memoria histórica.

*Autor de ‘La Hora de los Intendente’

1 COMENTARIO

  1. La soberanía argentina ya hace rato que se la reventaron los K con la plata que se robaron dejando además el país fundido. Ahora no te queda otro recurso que bajarte los pantalones.

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