
El 20 de junio de 1820, Manuel Belgrano murió en la casa donde había nacido, en Buenos Aires. Tenía apenas 50 años y atravesaba una grave enfermedad que lo había debilitado física y económicamente. Lejos de los honores que hoy acompañan su figura como creador de la bandera nacional y uno de los principales protagonistas de la independencia argentina, sus últimos días estuvieron marcados por la pobreza, la decepción y el olvido.
Meses antes de su muerte, Belgrano había permanecido en Tucumán, provincia donde había alcanzado algunas de sus victorias más importantes durante la guerra por la independencia. Sin embargo, la relación con las autoridades locales se deterioró profundamente. En una carta dirigida a su amigo José Celedonio Balbín, expresó con amargura su desilusión: sentía que la tierra donde había luchado y trabajado por la patria lo había abandonado.
En aquel contexto de guerras civiles y disputas entre provincias, el caudillo tucumano Bernabé Aráoz ordenó su arresto. La situación fue especialmente dolorosa para el general, quien ya sufría de hidropesía, una enfermedad que le provocaba una fuerte inflamación en las piernas y dificultades respiratorias. Su estado era tan delicado que los intentos de colocarle grilletes fueron descartados por recomendación médica, ya que podrían haber agravado aún más su sufrimiento.
Finalmente recuperó la libertad el 2 de enero de 1820, pero para regresar a Buenos Aires necesitó la ayuda económica de Balbín, quien le prestó 2.000 pesos. Paradójicamente, las autoridades se negaron a asistirlo argumentando falta de recursos, pese a que aún le adeudaban salarios y que Belgrano había destinado importantes sumas de dinero recibidas por sus triunfos militares a la construcción de escuelas en distintas provincias del norte argentino.
El final de un héroe
De regreso en Buenos Aires, Belgrano continuó reclamando pagos atrasados mientras su salud empeoraba rápidamente. Según relatan historiadores, llegó enfermo, pobre y profundamente desencantado con la realidad política del país por cuya independencia había luchado.
En una de sus últimas conversaciones con Balbín, resumió su situación con una frase que quedó grabada en la memoria histórica: “Muero tan pobre que no tengo cómo pagarle el dinero que usted me tiene prestado”.
Pese a las dificultades, mantuvo intacta su profunda fe católica. El 25 de mayo de 1820 redactó su testamento y dejó establecido que sus restos fueran sepultados en el Convento de Santo Domingo, muy cerca de su hogar. Allí también reafirmó sus creencias religiosas y dispuso que fuera enterrado con el hábito de la orden dominica.
Un entierro sin honores
La muerte de Belgrano coincidió con una de las jornadas más caóticas de la historia política argentina, conocida como el “día de los tres gobernadores”. Mientras la ciudad atravesaba una crisis institucional, el fallecimiento del prócer pasó prácticamente inadvertido.
Su funeral se realizó una semana después y contó únicamente con la presencia de familiares y amigos cercanos. Fue enterrado en el atrio del Convento de Santo Domingo y su tumba fue señalada con una improvisada placa de mármol que había pertenecido a un mueble de su madre. La inscripción era tan simple como contundente: “Aquí yace el general Belgrano”.
Durante más de ocho décadas, sus restos permanecieron prácticamente olvidados por la sociedad argentina.
Del olvido al reconocimiento
Recién hacia fines del siglo XIX comenzó a surgir un movimiento impulsado por estudiantes y sectores de la sociedad que reclamaban un homenaje acorde a la dimensión histórica del prócer. La iniciativa logró reunir fondos públicos y privados para construir un mausoleo que honrara su memoria.
En 1902, durante la exhumación de sus restos para trasladarlos al nuevo monumento, se produjo un episodio escandaloso: algunos funcionarios presentes se apropiaron de dientes hallados entre los restos del general. La indignación pública obligó a devolverlos pocos días después.
Finalmente, el 20 de junio de 1903, 83 años después de su muerte, se inauguró el mausoleo diseñado por el escultor italiano Ettore Ximenes en el Convento de Santo Domingo. La obra, de nueve metros de altura, representa distintos aspectos de la vida y legado de Belgrano: su vocación militar, su impulso a la educación, su compromiso con la industria nacional y su humildad.
Así, después de décadas de indiferencia, la Argentina comenzó a saldar una deuda histórica con uno de los hombres más importantes de su independencia. El reconocimiento que no recibió en vida llegó finalmente mucho tiempo después de su muerte, transformando el olvido en memoria y la modestia de una lápida improvisada en un homenaje permanente a su legado.




