
En una era marcada por la inteligencia artificial, la hiperconectividad y los avances tecnológicos, paradójicamente las discusiones sobre el mundo del trabajo parecen viajar en una máquina del tiempo hacia el pasado. La idea de extender la jornada laboral o flexibilizar sus límites no solo desafía las tendencias globales de bienestar, sino que reabre heridas que se creían cicatrizadas por la historia de los derechos sociales.
Para Juan Montes Cató, investigador del CONICET en el Centro de Estudios e Investigaciones Laborales y especialista en sociología del trabajo, la discusión que se intenta instalar en la agenda pública ignora la evidencia científica y los avances internacionales. “El debate de la extensión de la jornada de trabajo atrasa cien años”, sentenció el experto en diálogo con la Agencia CTyS-UNLaM.
“En otros países, como por ejemplo en gran parte de Europa, más que hablar de extensión se está hablando de reducción de jornada. España sancionó una norma en ese sentido”, explica Montes Cató. Para el especialista, la propuesta local va a contramano de los horizontes de bienestar donde se discute el uso del tiempo no solo para la producción, sino también para la formación, el ocio y la revinculación social.
El investigador advierte que este tipo de iniciativas remite a fines del siglo XIX, una época en la que la ausencia de derechos laborales permitía a los empleadores disponer arbitrariamente de la fuerza de trabajo. “Hay una coherencia estructural en el planteo de este Gobierno —analiza—, porque se instala la idea de que Argentina era una potencia en momentos donde, en realidad, existían sociedades profundamente desiguales y las empresas hacían un uso indiscriminado de las condiciones de trabajo”.
Viejas recetas, mismos resultados
Uno de los argumentos centrales para justificar la flexibilización horaria es la promesa de generar más empleo. Sin embargo, la historia reciente desmiente esta premisa. Montes Cató recuerda la década de 1990, cuando narrativas similares sobre la “modernización” de las relaciones laborales derivaron en mayor precariedad sin resolver el problema del desempleo.
“La evidencia científica ha demostrado que esa mayor flexibilidad, tanto para incorporar como para despedir fuerza de trabajo, no impacta en una mejora del empleo”, subraya el investigador del CONICET. Según detalla, lo que se busca es reducir el llamado “costo laboral” y aumentar la arbitrariedad de la empresa sobre la vida del trabajador. “Si se tiene una jornada reglamentada de ocho horas y se trabaja la novena o la décima, hay una compensación llamada horas extras. Con estos nuevos modelos, la empresa evita pagarlas, cambiando salud y salario por ninguna compensación”, enfatiza.
Los tres niveles del impacto: familia, cuerpo y mente
La sobrecarga laboral no es gratuita: se paga con el deterioro de la calidad de vida. Montes Cató clasifica las consecuencias en tres niveles claros: la desorganización de la vida familiar, el desgaste físico y el impacto en la salud mental.
El primer nivel afecta la previsibilidad cotidiana. Modelos como el “banco de horas”, donde la empresa decide la carga horaria según su necesidad productiva, impiden al trabajador organizar el cuidado de los hijos, el ocio o los compromisos comunitarios. “Si un mes se trabaja doce horas y al otro seis, resulta imposible sostener una vida familiar ordenada”, ejemplifica.
En el plano físico, la extensión horaria ignora los límites fisiológicos. “Cuando se reglamenta una jornada, se hace en función de que la repetición de una tarea tiene un desgaste muscular con un límite. No es lo mismo distribuir el esfuerzo en ocho horas que tener picos de doce o trece horas diarias”, describe el experto.
Sin embargo, el factor más alarmante en la actualidad es el impacto sobre la salud mental, potenciado por la digitalización. “Lo que estamos viendo —alerta Montes Cató— es que muchos trabajadores logran mantener ese ritmo de sobreesfuerzo mediante la incorporación de medicamentos farmacéuticos, algunos psiquiátricos y otros analgésicos. Se naturaliza tomar un clonazepam para dormir y poder trabajar al día siguiente”.
La trampa de estar “a full”
A la precarización formal se le suma una batalla cultural en el terreno de la subjetividad. Frases como “estoy a full” o la hiperactividad constante se han convertido en sinónimo de éxito, especialmente entre los más jóvenes. “El capitalismo moderno sabe generar un régimen de culpabilización. Si no conseguís trabajo o no llegás a los objetivos, te hacen sentir que el problema es tu falta de esfuerzo y no un modelo de desarrollo excluyente”, reflexiona el sociólogo.
Esta lógica de la productividad extrema choca con una necesidad básica: el descanso. Citando al filósofo Byung-Chul Han, Montes Cató recupera una consigna que, aunque suene jocosa, resulta profundamente política: “Más fiesta y más siesta”. “Esos niveles de intensificación solo se pueden mantener con un efecto nocivo en la salud mental. Necesitamos recuperar el tiempo de ocio y entender que el trabajo debe estar en función de las necesidades de los trabajadores, y no al revés”, concluye.
Fuente: Agencia CTyS-UNLaM


