
Según expertos, las causas son estructurales y se dividen en tres grandes factores: económico, social y político. En el plano económico, Irán enfrenta sanciones de Naciones Unidas, Europa y Estados Unidos que han generado distorsiones en la economía. La eliminación de los subsidios al combustible fue el detonante que hizo explotar la situación. En el plano social, las protestas son herederas de las manifestaciones de 2022, cuando fue asesinada Mahsa Amini, y superan las demandas de género. En el plano político, hay una fuerte tensión entre el poder clerical y el gobierno, ya que el primero se está inmiscuyendo en poderes que históricamente estaban bajo control popular. El régimen está respondiendo con represión y corte de comunicaciones, pero esto puede generar un efecto contrario. La pregunta es si una agenda de reformas será suficiente o si generará un efecto dominó que reavive las protestas.
Internamente, hay una fractura entre el poder clerical y el presidente, que está tratando de ganar tiempo y negociar. La Revolución Islámica del 79 tenía un pacto original entre el poder religioso y el político, pero este se está rompiendo. Estados Unidos está aprovechando la oportunidad para poner en juego sus intereses en la región, pero no cree que pueda intervenir y establecer la paz. El Consejo de Seguridad de la ONU llamará a la mesura y la negociación, pero es dudoso que tenga algún impacto real. Rusia y China también cuidarán sus intereses en Irán, lo que limita cualquier efecto concreto.


