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Apatía electoral en Argentina: cuando el silencio también vota

Escribe para Cadena Nueve, Gustavo Tinetti*

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En cada nueva elección en Argentina, un fenómeno se vuelve cada vez más visible: la apatía. Ya no se trata solo de votos en blanco, anulados o de ausentismo. Es más profundo: es la desconexión emocional con la política, la sensación de que ningún resultado cambiará verdaderamente las cosas. Y esa indiferencia, aunque no se exprese en las urnas, también es una forma de pronunciarse.

La desilusión es el motor silencioso de esta apatía. En las últimas décadas, la sociedad argentina ha sido testigo de promesas incumplidas, discursos que se repiten y gestiones que, sin importar su color político, no logran resolver los problemas estructurales del país: inflación, pobreza, inseguridad, corrupción. Es lógico que muchos ciudadanos se pregunten: ¿para qué votar si nada cambia?

La clase política, en su conjunto, ha contribuido a este desencanto. El constante enfrentamiento, las peleas internas y la falta de autocrítica alimentan la idea de que “todos son lo mismo”. El marketing reemplazó a la política, y la forma terminó importando más que el fondo. En ese escenario, no sorprende que una parte importante del electorado no se sienta representada.

Además, la crisis económica, que parece ya una condición permanente en la vida del argentino promedio, también juega su rol. Cuando la urgencia es llegar a fin de mes, pagar el alquiler o sostener un negocio en pie, el interés por las campañas políticas o los debates televisivos pasa a segundo plano. La política se percibe como un lujo, una pérdida de tiempo o un espectáculo ajeno.

Los jóvenes, en particular, muestran signos alarmantes de desinterés. Muchos de ellos no conocen a sus candidatos ni les interesa hacerlo. No por ignorancia, sino por hartazgo. Crecieron viendo a sus padres y abuelos luchar con las mismas crisis, bajo distintos gobiernos. Para ellos, la política es un loop del que prefieren salir.

Frente a este panorama, la apatía no es solo una respuesta emocional: es un síntoma político. Y como todo síntoma, no se resuelve ignorándolo. La dirigencia debe tomar nota. Recuperar la credibilidad exige más que slogans: requiere coherencia, ética, gestión y, sobre todo, capacidad de escucha.

Porque si la democracia es el gobierno del pueblo, entonces también hay que preguntarse qué está diciendo ese pueblo cuando deja de hablar. O peor: cuando deja de creer.

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