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Virus inmortal

Escribe para Cadena Nueve, jorge Suevus

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  Tal vez sea tiempo de volver a pensar el horizonte como proyecto de comunidad, porque al disolverse el orden vigente -el globalismo-, también se desvanecen las coordenadas que orientaban lo posible.

Los vaivenes sin orientación, más atentos a dirigir la atención desde los Medios que a fijar un rumbo, impiden distinguir cuándo se destruye por destruir y cuándo desmonta lo que efectivamente debía desmontarse. Tampoco queda claro cuándo el gobierno nacional (el presidente se autodenomina “un topo dentro del Estado, para destruirlo” y como anarco capitalista) construye en dirección acorde al horizonte industrial del nacionalismo en curso.

El tratado cara a cara con Trump se inscribe en esa dirección acorde al nacionalismo. El problema es que, para poder cumplirlo, se requiere de una macroeconomía ordenada en función de la producción y el trabajo.

Sin inflación en pesos, con inflación en dólares (la más alta de la historia reciente), sin un tipo de cambio competitivo y una tasa de interés totalmente desalineada con la tasa de interés internacional, solo David Copperfield (y, habría que ver) podría invertir en producción y empleo.

Como se vio esta semana, tampoco ganan los que sostenían al globalismo: los éxitos devienen rápidamente en fracaso, como la cotización del oro lo dejó en claro esta semana.

¿Cómo podríamos construir un horizonte posible cuando el presente se percibe como oscuridad?

Tal vez la oscuridad no sea ausencia de horizonte, sino transición.

Pero la esperanza sola no alcanza: necesita memoria. Y la memoria, cuando es productiva, se comporta como un virus.

En la década infame, el tratado Roca-Runciman (1933) salvaguardó los intereses de pocos a costa de lo que quedaba del país y de la industria, como onda expansiva de la crisis de 1929; fue también una transición entre paradigmas, en el que Inglaterra volaba por alturas que no dejaba vislumbrar la estrepitosa caída que sufriría más tarde.

En 1938, Bachelard advertía (tímidamente: no era empresario ni empleado) que el saber era un obstáculo para la innovación. Ese mismo año, luego de la advertencia de Einstein a Roosevelt sobre el poder de la bomba nuclear, se puso en marcha el Proyecto Manhattan, liberando a la ciencia, teoría, experimentación y un desarrollo industrial y tecnológico sin precedentes. De manera similar a lo que Putin ordenó la semana pasada a su gabinete, a la comunidad científica, a la academia y a la ingeniería rusa: desarrollar estos proyectos a partir de este año, reduciendo los tiempos de experimentación mediante modelos de computación clásica (bits) y computación cuántica (qubits): que esos puestos lo ocupen máquinas y robots.

En esos mismos días, también sin esperanza, en un pueblito perdido en una enorme provincia de un país como pocos habitantes -cuando el país contaba con apenas 15 millones de habitantes-, alguien con un apellido ajeno a toda elite, desarrollaba otra bomba. Villa.

Una bomba que, lejos de tener la inhabilidad de aniquilar pueblos completos, contaba con la propiedad de crear vida: una bomba de agua; se expandió silenciosamente.

No cuenta la historia que esa bomba generó un virus que se expandió como pandemia entre los habitantes de ese pueblo, creando una enfermedad terminal sin fin, que a veces no es notoria, pero se abre camino cuando es posible.

Una enfermedad vital: memoria industrial.

Virus que reapareció más tarde con Hilcor y Yomel, pero también con un “pintor”, que pintó su auto para hacer notar que con unos fierritos, ingenio, memoria industrial y algo de tecnología conveniente y posible (no de vanguardia), se podía hacer vibrar lo que parecía sin chances, desde “antenas” en sus brazos y sus muñecas para que el sistema de control de tracción se descontrolara “volando” en los autódromos: para sostener la esperanza industrial de 9 de Julio (claro que Maldonado no pintaba más que paños de cintas asfáltica de autódromos -curiosamente, casi en vuelo rasante). No era espectáculo: era sostener un horizonte esperanzador.

Luego el Consenso de Washington fue borrando, paso a paso, el sueño empresarial y el de sus trabajadores, imponiendo un juego hostil desde el dominio central de la renta financiera a través de los accionistas de los bancos, aletargando el impulso industrial del mundo, de nuestro país y del distrito.

Sin embargo, dije virus por algo: es inmortal.

La memoria industrial persiste.

Una mujer, médica, convertida en Intendente despertó ese virus: con criterio empresarial calcula costos y proyecta; no para sí, sino para su distrito desde una posición de alcance institucional que contagia por imitación.

¿Dónde está el horizonte?

¿En el pasado o en el futuro?

Tal vez esté en aquello que, aun cuando parece olvidado, vuelve a activarse cuando alguien decide recordar.

Cadena Nueve es el aire donde esa memoria vuelve a respirarse.

 

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