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Cuando la nostalgia nos convierte en estatuas de sal

Escribe para Cadena Nueve, Pío Sánchez, 'Viejito sembrador'

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La nostalgia suele presentarse como un sentimiento amable. Tiene perfume de recuerdos, de tiempos que creemos mejores, de personas y lugares que nos marcaron. Pero hay una nostalgia que no consuela ni enseña: la nostalgia que paraliza, la que nos ata al pasado y nos impide avanzar. Esa nostalgia no abraza, petrifica.

La Biblia ofrece una imagen contundente para pensar este riesgo: la esposa de Lot. En el relato del Génesis, Dios decide destruir Sodoma y Gomorra por su corrupción extrema. Lot y su familia reciben una orden clara y urgente: salir, huir, no mirar atrás. No hay tiempo para dudar ni para añorar. Sin embargo, la esposa de Lot mira hacia atrás y se convierte en una columna de sal. No muere corriendo ni luchando, muere detenida, mirando lo que deja.

Jesús retoma esta historia siglos después y la resume en una advertencia breve y poderosa: “Acuérdense de la mujer de Lot”.

No dice “acuérdense de Sodoma”, ni siquiera “acuérdense del castigo”. Dice: acuérdense de ella. De su gesto. De su mirada. Porque no fue una simple curiosidad: fue una mirada cargada de deseo, de apego, de nostalgia por una vida que ya no podía sostenerse. Miró atrás cuando la vida exigía avanzar, pide la mirda hacia adelante, siempre.

La nostalgia, cuando se vuelve refugio permanente, tiene ese mismo efecto. Nos detiene justo cuando deberíamos caminar.

Como enseña Antonio Machado, el autor español, al decir en ‘Caminate no hay camino’,”todo pasa y todo queda; pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos…”

La vida es movimiento, no museo

La vida, por definición, es ir hacia adelante. Todo lo que vive crece, cambia, se transforma. El estancamiento no es neutral: es una forma lenta de deterioro. Sin embargo, muchas personas —especialmente con el paso de los años— empiezan a vivir más en el recuerdo que en el presente. “Antes era mejor”, “ya no es como antes”, “a mi edad ya no tiene sentido”. Y sin darse cuenta, dejan de proyectar, de soñar, de sembrar.

Aquí es clave una verdad que solemos olvidar: crecer no es cumplir años. Crecer es seguir teniendo proyectos, ideas, esperanza. Hay personas jóvenes que viven ancladas en el pasado y personas mayores que siguen mirando el futuro con curiosidad y valentía. La edad no determina la vitalidad interior; la mirada sí.

Jesús es tajante en este punto cuando dice:
“Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios”.

El arado exige mirada al frente. Si se mira atrás, el surco se tuerce. La metáfora es clara: no se puede construir algo nuevo con el corazón atrapado en lo viejo.

Cuando el apego se disfraza de prudencia

Muchas veces justificamos la nostalgia como prudencia, fidelidad o incluso como amor. Pero la vida nos desafía a discernir: ¿estamos recordando para aprender o recordando para no soltar? ¿Honramos el pasado o lo usamos como excusa para no arriesgar?

Jesús lo expresa de forma radical:
“El que procure preservar su vida, la perderá; y el que la pierda, la conservará”.

Aferrarse a lo que fue —a roles, seguridades, identidades antiguas— puede hacernos perder lo más valioso: la posibilidad de una vida plena hoy. La esposa de Lot quiso “preservar” algo de su vida anterior, y lo perdió todo.

Es como quien descubre que su casa está en llamas y vuelve a buscar objetos. Tal vez sean valiosos, tal vez tengan historia, pero el fuego no negocia. La vida tampoco.

Salir de la nostalgia es un acto de fe

Salir de la nostalgia no significa negar el pasado ni despreciar la memoria. Significa no vivir allí. La fe, la esperanza no es una fe inmóvil: es una fe que camina. Abraham sale sin saber a dónde va. Moisés avanza con el mar delante. Los discípulos dejan las redes. Siempre hay un “dejar atrás” para poder avanzar.

En el fondo, Dios nos puso en la tierra para algo muy concreto: ser justos, ser correctos y mirar hacia adelante. No para vivir añorando lo que ya no es, sino para responder creativamente a lo que es y a lo que puede ser.

La nostalgia puede ser una maestra si nos impulsa a agradecer. Pero si nos encierra, se vuelve una cárcel. Y nadie fue creado para vivir preso del ayer.

“Acuérdense de la mujer de Lot”, dice Jesús. No para juzgarla, sino para no repetir su error. La vida sigue llamando, a cualquier edad. Y mientras hay camino por delante, mirar hacia adelante no es una opción: es una responsabilidad.

 

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