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El costo de una firma: la ignorancia que disfraza el miedo de seguridad

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Señor Director
Cadena Nueve

Me dirijo a ese prestigioso medio de prensa a los fines de hacer publico una consideración sobre el cierre de una Granja o centro de reahbilitación de adicciones.

Es una de las contradicciones lógicas y sociales más alarmantes que me ha tocado presenciar: juntar firmas para cerrar una granja de rehabilitación por ‘miedo a la delincuencia’. Se habla desde un purismo de escritorio, como si 9 de Julio fuera un edén de santidad libre de delitos, ignorando ciegamente la realidad de nuestras propias calles. Una granja terapéutica jamás ha sido generadora
de inseguridad; todo lo contrario, es la única barrera real, humana y efectiva que intercepta el circuito del delito.

La delincuencia ligada al consumo no se combate con patrulleros dando vueltas la
manzana, se combate sanando la adicción de raíz, que es el motor que financia esa marginalidad.

Mi hermano es el reflejo exacto y vivo de esa verdad. Él no es una estadística, no es un desecho del sistema; es un ser humano que entró a esa granja completamente roto, con el alma en pedazos y la vida en juego.

Allí adentro la peleó, se recuperó y se convirtió en el coordinador que hoy abrazaba y sostenía a otros pibes que pasaban por lo mismo. Él les devolvía la dignidad que la sociedad les negaba. Por eso, ver que un grupo de vecinos se organizó para destruir ese faro de esperanza por puro prejuicio y paranoia, genera un dolor que no se puede explicar con palabras.

Al empujar este cierre por un papel que faltaba o por el supuesto miedo a que les robaran, esos vecinos no erradicaron ningún problema; solo destruyeron la solución. Es una miopía social absoluta.

Creyeron que expulsando el centro de asistencia limpiaban la zona, pero lo único que lograron fue tapar el sol con las manos y descentralizar el peligro. Hoy, gracias a esas firmas, las puertas se cerraron y esos chicos fueron desterrados, enviados de vuelta a sus barrios de origen, a sus casas, a las mismas esquinas de siempre. Los devolvieron exactamente al punto de partida que querían evitar:
los mandaron a seguir drogándose, a tener que seguir robando para poder consumir, y a seguir muriendo lentamente en el total desamparo del asfalto. El prejuicio no salvó a nadie, solo dejó a decenas de pibes con la soga al cuello.

Creyeron que compraban seguridad con una firma, pero lo único que hicieron fue multiplicar el desamparo y firmar una sentencia de abandono. Yo solo espero, desde lo más profundo de mi corazón, que cada uno de los que firmaron y celebraron este cierre tenga la templanza para sostener su mirada al espejo con el paso de los años. Ojalá que puedan dormir en paz. Pero que sepan que, a
partir de hoy, cada vez que se enteren de que un pibe de la calle cayó en una sobredosis, que terminó muerto en una zanja, o que la desesperación de la abstinencia lo llevó a cometer una locura, esa sangre y esas lágrimas también van a salpicar sus conciencias.

Que la vida y sus propias mentes los juzguen hasta el último de sus días por haber preferido mirar para otro lado, porque la culpa de dejar a esos chicos tirados en el peor momento de sus vidas no se les va a limpiar con ningún papel, ni con ninguna falsa sensación de seguridad.

Atte.
Guadalupe Nicoletti
DNI: 3.259.370

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