En una nueva reflexión junto al padre Daniel, en ‘Modo Trascendencia’, los jueves a las 9.30 co el sacerdote Daniel Camgna, se abordó el papel del ego en la vida cotidiana, sus vínculos con el individualismo y el narcisismo de estos tiempos y la necesidad de recuperar la humildad, el diálogo y la capacidad de encuentro. La figura del Papa León XIV apareció como referencia de un liderazgo basado en la escucha, la sencillez y el equilibrio.
El ego puede ser un aliado para conocernos o convertirse en una trampa que nos encierra en nosotros mismos. Esa fue una de las preguntas centrales planteadas durante una nueva conversación de reflexión: ¿el ego es enemigo o guía?
La respuesta abrió un análisis sobre la identidad, la autoconciencia, la convivencia y las formas en que las personas se relacionan con los demás en una sociedad marcada por la exposición, la competencia y la necesidad permanente de reconocimiento.
Desde el comienzo, el padre Daniel Camagna, recordó que la palabra “ego” proviene del latín y significa “yo”. Hablar del ego, entonces, es hablar de uno mismo: de quiénes somos, de cómo nos vemos y también de cómo construimos nuestra identidad en relación con los demás.
Pero ese “yo” tiene dos posibilidades. Puede ayudar a conocerse, madurar y superarse, o puede transformarse en un yo desbordado, centrado exclusivamente en sí mismo.
Mirarse al espejo, pero no al ombligo
Una de las imágenes utilizadas durante la charla permitió resumir esa diferencia de manera sencilla: es necesario mirarse al espejo, pero es peligroso mirarse permanentemente el ombligo.
Mirarse al espejo significa desarrollar autoconciencia. Preguntarse quién soy, qué siento, qué pienso, qué me pasa y cuáles son mis capacidades y limitaciones.
Esa mirada hacia uno mismo resulta saludable cuando permite conocerse mejor y actuar con mayor conciencia.
El problema aparece cuando esa mirada se transforma en encierro. Cuando la persona comienza a colocarse en el centro de todas las situaciones, creyendo que sus necesidades, deseos y opiniones deben estar siempre por encima de las de los demás.
Ese ego inflamado puede terminar en egoísmo, aislamiento y dificultades para convivir.
La reflexión también incorporó distintas perspectivas: la psicología, la sociología, la filosofía y, finalmente, la espiritualidad cristiana, que propone integrar esos aportes con la mirada de la fe.
Una sociedad marcada por el individualismo
La conversación puso el foco también en una característica de la sociedad contemporánea: la creciente exaltación del individuo.
En las últimas décadas se produjo una fuerte reivindicación de la individualidad y de los derechos personales. Sin embargo, cuando esa afirmación se vuelve exagerada, puede terminar generando el efecto contrario: división, enfrentamiento y atomización social.
La dificultad para dialogar, convivir, participar y aceptar al otro aparece entonces como una de las consecuencias posibles de un yo que ocupa demasiado espacio.
En ese contexto surgió también la referencia al mito de Narciso, aquel personaje de la mitología griega que quedó atrapado contemplando su propia imagen.
La comparación permitió hablar de una época en la que muchas personas sienten que necesitan mostrarse permanentemente, ser reconocidas y recibir aprobación.
El peligro de vivir para la mirada de los demás
Las redes sociales profundizaron esa lógica.
La necesidad de aparecer, mostrarse, recibir un “me gusta” o conseguir reconocimiento puede convertirse en una dependencia emocional. La idea de “si no me miran, no existo” fue señalada como una de las expresiones más preocupantes de esta cultura de la exposición.
El problema no está en mostrarse ni en compartir aspectos de la propia vida, sino en llegar a construir la propia identidad exclusivamente a partir de la mirada ajena.
Cuando el reconocimiento externo se transforma en la medida de nuestro valor, la personalidad puede quedar condicionada por una búsqueda permanente de aprobación.
La reflexión vinculó esta situación con las preocupaciones actuales relacionadas con la salud mental y con la necesidad de recuperar espacios de silencio, introspección y encuentro genuino con los demás.
Ser competente no es ser competitivo
Otro de los puntos abordados fue la diferencia entre competencia y competitividad.
Es positivo intentar hacer las cosas cada vez mejor, superarse y desarrollar las propias capacidades. La competencia, entendida como esfuerzo y crecimiento personal, puede ser saludable.
El problema aparece cuando el objetivo deja de ser superarse para convertirse en derrotar al otro.
En ese punto, la competencia puede abrir la puerta a la deslealtad, la traición y el enfrentamiento.
La ética aparece entonces como un límite necesario. No alcanza con ganar: también importa cómo se llega al resultado y qué lugar se le da al otro en el camino.
El bajo perfil no es apocamiento
En contraposición con la necesidad permanente de exposición apareció otro concepto: el bajo perfil.
Tener bajo perfil no significa esconderse, ser tímido o carecer de personalidad. Puede expresar, por el contrario, una profunda conciencia de quién se es y del lugar que se ocupa.
En la tradición cristiana, esa actitud se vincula con la humildad.
La humildad no consiste en creerse menos de lo que uno es, sino en reconocer con honestidad quién se es, cuáles son las propias capacidades y también cuáles son los propios límites.
León XIV y un liderazgo basado en la escucha
En ese punto de la conversación apareció la figura del Papa León XIV como ejemplo de un estilo de liderazgo alejado del exhibicionismo.
Se destacó particularmente su manera de relacionarse con las personas: la escucha, la mirada directa y la capacidad de tomarse un tiempo antes de responder.
También se mencionó como significativo que el Papa haya reservado momentos para actividades personales y descanso, una señal de que incluso quienes ocupan responsabilidades de enorme trascendencia necesitan reconocer su propia humanidad.
La reflexión planteó que muchas figuras públicas parecen obligadas a mostrarse permanentemente eficientes, fuertes y omnipresentes. Frente a eso, reconocer las propias necesidades y límites puede ser una expresión de equilibrio y no de debilidad.
En el caso de León XIV, se resaltó además la impresión de serenidad y firmeza que transmite, especialmente en su manera de escuchar antes de tomar decisiones.
La espiritualidad como camino de equilibrio
La conversación también vinculó esa actitud con la espiritualidad personal.
Dentro de la tradición cristiana existe la idea de vivir permanentemente en presencia de Dios, una experiencia espiritual que no necesariamente se expresa en grandes gestos, sino en una forma cotidiana de vivir.
Desde esa perspectiva, la serenidad, la paciencia, la capacidad de escuchar y la prudencia pueden ser signos de una vida interior cultivada.
No se trata de buscar protagonismo, sino de encontrar un equilibrio entre la propia identidad y la relación con los demás.
El ego no se elimina: se madura
Uno de los conceptos centrales de la reflexión fue que el objetivo no debería ser destruir el “yo”, sino madurarlo.
El ego forma parte de la condición humana. Lo que debe evitarse es que se desborde y termine gobernando la conducta.
La tradición cristiana ha planteado históricamente distintas formas de disciplina personal y renuncia como caminos para combatir el egoísmo. Algunas de esas expresiones pueden resultar difíciles de comprender desde la sensibilidad actual, pero fueron interpretadas como herramientas para poner límites al yo desbordado.
El desafío está en lograr que la propia identidad no se transforme en una barrera para amar, convivir, dialogar y participar.
El ágape como respuesta
Hacia el final de la charla apareció una palabra clave de la tradición cristiana: ágape.
El término refiere a un amor generoso, un amor que se brinda y que no está centrado exclusivamente en recibir.
Desde esa perspectiva, la madurez del yo no se alcanza mediante el aislamiento, sino mediante la capacidad de salir de uno mismo para encontrarse con los demás.
El ágape representa así una posible respuesta al egoísmo: un amor que no elimina a la persona, sino que la lleva a trascenderse.
Incluso se recordó el curioso recorrido de la palabra, que pasó de referirse al amor generoso a asociarse también con una comida festiva o un encuentro para celebrar.
Y allí aparece una síntesis: el amor generoso no termina en pérdida, sino en encuentro, celebración y comunidad.
La reflexión dejó, finalmente, una invitación sencilla pero profunda: conocerse, aceptar los propios límites, evitar el encierro en uno mismo y recuperar la capacidad de mirar al otro.
Porque el desafío no consiste en dejar de ser uno mismo, sino en lograr que ese “yo” madure lo suficiente como para poder encontrarse con los demás.
Trascender, en definitiva, también puede significar eso: salir del centro de uno mismo para construir algo junto a los demás.



