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Padre Daniel Camagna: “También la belleza salvará al mundo”

El espacio Modo Trascendencia, que guía el Padre Daniel Camagna, propone cada jueves una mirada profunda sobre la vida, la espiritualidad y aquellos aspectos que invitan a detenerse y mirar más allá de lo evidente

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En tiempos atravesados por las pantallas, la velocidad y la exposición permanente de la imagen, hablar de belleza puede parecer, a primera vista, una cuestión ligada únicamente a lo estético. Sin embargo, la reflexión del Padre Daniel Camagna fue en otra dirección: ¿qué sucede cuando aprendemos a mirar más allá de lo que aparece ante nuestros ojos?

Ese fue el punto de partida de una nueva edición de Modo Trascendencia, el espacio que cada jueves forma parte de Despertate, por Cadena Nueve, Máxima 89.9 y Visión Plus TV, y que propone recuperar preguntas profundas a partir de situaciones de la vida cotidiana.

Ver, pero también descubrir

Camagna comenzó la conversación desde la filosofía clásica y los llamados trascendentales del ser: verdad, bien y belleza.

Desde Aristóteles y, especialmente, desde la tradición medieval, explicó, estos conceptos aparecen estrechamente vinculados. Todo ser participa de algún modo de lo verdadero, lo bueno y lo bello. Y esa relación permite pensar que un camino hacia la belleza también puede conducir hacia la verdad y hacia el bien.

La idea adquiere una dimensión especialmente significativa cuando se la traslada al terreno de la fe. Para el Padre Daniel, la belleza puede convertirse también en una vía de encuentro con Dios.

Un amanecer, un atardecer, un paisaje o una obra de arte no necesitan necesariamente una explicación religiosa para provocar admiración. Sin embargo, esa experiencia de contemplación puede abrir una puerta hacia algo más profundo.

La belleza no siempre necesita ser explicada para interpelarnos. A veces alcanza con detenerse frente a ella.

La belleza que no aparece en una fotografía

Uno de los momentos más interesantes de la charla surgió al diferenciar la belleza exterior de aquella que se descubre con el tiempo.

Camagna planteó una experiencia que muchas personas reconocen: encontrarse con alguien que quizá no responde a los parámetros convencionales de belleza y, sin embargo, descubrir en esa persona una enorme riqueza interior.

“Qué bella persona”, solemos decir en esos casos.

Y esa expresión, señaló, ya no habla solamente de un rostro o de una apariencia. Habla de bondad, honestidad, sensibilidad, verdad, humanidad.

La belleza más profunda, entonces, no necesariamente está en aquello que primero captura la mirada. Puede aparecer en una palabra, en un gesto, en una manera de acompañar, en la forma de tratar a los demás o incluso en la capacidad de atravesar momentos difíciles con amor y serenidad.

Porque hay realidades esenciales que no se ven inmediatamente, pero que dejan una huella mucho más profunda que cualquier apariencia.

En la era de la imagen, aprender a mirar

La reflexión adquirió especial actualidad al trasladarse al mundo contemporáneo.

Vivimos, explicó Camagna, en una época marcada por la imagen. Las redes sociales, las pantallas y los nuevos lenguajes digitales hacen que gran parte de nuestra comunicación pase por aquello que se muestra.

Pero ver una imagen no significa necesariamente comprenderla.

Por eso, el desafío no consiste en rechazar la imagen, sino en aprender a interpretarla. Preguntarse qué hay detrás de aquello que aparece, qué realidad expresa y si existe una correspondencia entre lo que se muestra y lo que verdaderamente es.

En ese punto apareció una de las ideas más fuertes de la conversación: ir más allá de la imagen, pero también ir al fondo de la imagen.

Así como otras épocas estuvieron dominadas por la palabra y exigieron aprender a interpretar los discursos, la época actual demanda desarrollar una mirada crítica frente a las imágenes.

Porque una imagen puede engañar, manipular o construir una apariencia. Pero también puede ser auténtica y convertirse en una expresión genuina de aquello que existe en el interior de una persona o de una realidad.

Recuperar el tiempo de la contemplación

La belleza también exige algo que parece cada vez más difícil: tiempo.

Camagna puso el foco en el ritmo vertiginoso de la vida cotidiana. Las obligaciones, las urgencias y la permanente sensación de estar ocupados pueden terminar desconectándonos de aquello que tenemos delante.

Frente a una situación de estrés o de crisis, muchas veces aparece la misma recomendación: bajar un cambio, detenerse, levantar el pie del acelerador.

La misma lógica puede aplicarse a la mirada.

Para contemplar hay que detenerse.

Y la naturaleza ofrece, quizás, una de las formas más sencillas de recuperar esa capacidad. Un amanecer o un atardecer pueden convertirse en mucho más que un fenómeno cotidiano.

El amanecer habla del comienzo, del nacimiento, de aquello que empieza. El atardecer, en cambio, remite al ocaso, al final, a la despedida.

Y allí la reflexión tomó un giro todavía más profundo: incluso aquello que asociamos con la fragilidad, el dolor o la muerte puede contener una dimensión de belleza.

Camagna compartió una experiencia personal vinculada a personas que atraviesan sus últimos momentos. Hay despedidas marcadas por el dolor, pero también por el amor, el agradecimiento y la paz.

En esos momentos, sostuvo, puede aparecer una belleza que no tiene nada que ver con la apariencia exterior.

“Qué bella persona”

Quizás allí se encuentre una de las claves de toda la conversación.

Cuando decimos que alguien es una “bella persona”, estamos hablando de algo que va mucho más allá de los rasgos físicos. Estamos reconociendo una armonía entre lo que esa persona es, lo que hace y lo que transmite.

La belleza, en ese sentido, vuelve a encontrarse con la verdad y con el bien.

También con los sentidos: mirar, escuchar, tocar, percibir. Porque, desde la tradición filosófica recuperada por Camagna, los sentidos no son solamente puertas de entrada a lo superficial. Pueden ser caminos para descubrir lo que existe en profundidad.

Como una síntesis de esa idea, apareció durante la charla una frase conocida de El Principito: “Lo esencial es invisible a los ojos”.

Pero Camagna también recuperó otra expresión popular: “Los ojos son el espejo del alma”.

Lejos de ser contradictorias, ambas frases pueden complementarse. Lo esencial puede no ser visible a primera vista, pero muchas veces termina manifestándose en el rostro, en las palabras, en las acciones y en la manera de vincularnos.

Una belleza capaz de salvar

Hacia el final, la conversación regresó al punto de partida: la relación entre belleza, bien y verdad.

El Padre Daniel recordó la conocida reflexión vinculada a Dostoyevski sobre el amor como aquello capaz de vencer al mal y la relacionó con una interpretación posterior del cardenal Carlo Maria Martini.

Desde allí surgió la frase que terminó condensando el espíritu de toda la charla:

“También la belleza salvará al mundo”.

No se trata de una belleza reducida a la apariencia, al éxito o a los estereotipos. Es una belleza que conduce hacia algo más profundo: que invita a contemplar, a descubrir, a reconocer el bien y a buscar la verdad.

En una época donde la imagen puede construir realidades ficticias, recuperar una mirada capaz de ir más allá de las apariencias se convierte en una forma de resistencia.

Y también en una forma de encuentro.

Tal vez por eso la invitación de Modo Trascendencia sea tan sencilla como profunda: detenerse, mirar nuevamente y preguntarse qué hay detrás de aquello que vemos. Porque cuando aprendemos a contemplar, quizá empezamos también a descubrir aquello que verdaderamente importa.

Padre Daniel Camagna- Modo Trascendencia

 

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