
Jorge Luis Borges nació el 24 de agosto de 1899 en Buenos Aires y murió en Ginebra el 14 de junio de 1986. Sin embargo, su obra nunca terminó de alejarse de aquella ciudad que convirtió en una de las geografías fundamentales de su literatura.
Este lunes 24 de agosto se cumplen 127 años de su nacimiento. La fecha también se recuerda en la Argentina como el Día del Lector, en homenaje a un escritor para quien leer fue casi una forma de vivir.
Borges hizo de la literatura un territorio donde podían convivir Buenos Aires y la metafísica, los cuchilleros de Palermo y los laberintos infinitos, el arrabal y la filosofía, la memoria y el tiempo. Su universo parecía enorme, pero muchas veces regresaba al mismo punto de partida: una casa, una biblioteca, una calle, un barrio.
Una infancia entre libros
Borges nació en una familia en la que los libros ocupaban un lugar central. Su padre, Jorge Guillermo Borges, era abogado, profesor y escritor, mientras que su madre, Leonor Acevedo Suárez, tuvo una influencia decisiva en su vida.
También fue fundamental su abuela paterna, Frances Haslam, de origen británico. Desde pequeño estuvo rodeado por el idioma inglés y por una biblioteca que marcaría para siempre su imaginación.
El propio Borges recordó muchos años después que, si debía señalar un hecho fundamental de su vida, ese hecho era precisamente la biblioteca de su padre.
Allí comenzó buena parte de su aventura intelectual.
Aprendió a leer siendo todavía un niño y desarrolló desde temprano una memoria extraordinaria. Para Borges, la literatura dejó de ser una actividad separada de la vida: se convirtió en una forma de comprender el mundo.
En 1914, su familia se trasladó a Europa, en un viaje relacionado con un tratamiento oftalmológico para su padre. Borges pasó por Suiza y España antes de regresar a la Argentina en 1921.
Aquellos años fueron decisivos. Entró en contacto con nuevas corrientes literarias y participó del movimiento ultraísta. Sin embargo, Buenos Aires continuó funcionando como un centro gravitacional de su imaginación.
Buenos Aires como patria literaria
Pocos escritores consiguieron transformar una ciudad concreta en un territorio mítico como lo hizo Borges.
El Palermo de su infancia todavía tenía zonas de arrabal, calles de tierra y una cultura vinculada al coraje, los compadritos y los duelos. Ese mundo apareció una y otra vez en sus primeros poemas y relatos.
Pero el Buenos Aires de Borges no fue solamente geográfico.
Fue también una ciudad hecha de recuerdos.
Calles, patios, zaguanes, almacenes, bibliotecas y casas familiares se transformaron en escenarios literarios. La ciudad real comenzó a convivir con otra ciudad, imaginaria, construida con palabras.
En 1923 publicó Fervor de Buenos Aires, su primer libro de poemas. Allí apareció con claridad esa relación íntima entre el escritor y la ciudad.
Con el tiempo, Borges llevaría esa Buenos Aires mucho más allá de sus propios límites. La convertiría en una de las puertas de entrada a una literatura capaz de dialogar con lectores de cualquier parte del mundo.
El escritor que convirtió el laberinto en una forma de mirar
Borges escribió sobre el tiempo, la identidad, la muerte, Dios, los sueños, la memoria, el infinito y el destino.
Sus cuentos podían comenzar con una situación aparentemente sencilla y terminar en una pregunta imposible.
Una biblioteca podía contener todos los libros posibles. Una lotería podía decidir el destino de una sociedad. Un hombre podía descubrir que estaba viviendo dentro de una ficción. Un punto del espacio podía contener todos los lugares del universo.
En Ficciones, El Aleph, Historia universal de la infamia, El libro de arena y tantos otros textos, Borges construyó una literatura que parecía pequeña por su extensión y gigantesca por sus posibilidades.
El laberinto se convirtió en una de sus imágenes más reconocibles.
Pero el laberinto borgeano no era solamente un lugar con pasillos y salidas ocultas. Era también el tiempo, la memoria, el lenguaje, la identidad y la imposibilidad de conocer completamente la realidad.
Por eso Borges continúa siendo leído en lugares tan diferentes. Sus historias parten muchas veces de referencias argentinas o de tradiciones literarias específicas, pero las preguntas que plantean son universales.
La pérdida progresiva de la visión fue uno de los grandes acontecimientos de su vida.
Borges provenía de una familia marcada por problemas oculares y, con el paso de los años, quedó prácticamente ciego.
Paradójicamente, la ceguera no significó el final de su actividad literaria.
Como ya no podía leer ni escribir de manera convencional, recurrió a la memoria y a la colaboración de otras personas. Dictaba poemas, cuentos, ensayos y conferencias.
La memoria, que había sido una de sus grandes facultades desde la infancia, adquirió entonces un papel todavía más importante.
Borges perdió el mundo visible, pero continuó construyendo mundos con palabras.
Biblioteca, política y viajes
Su vida estuvo lejos de limitarse a la literatura.
En 1955 fue designado director de la Biblioteca Nacional, cargo que ocupó hasta 1973. El destino encerraba una ironía profundamente borgeana: el escritor que había perdido la vista terminó dirigiendo una de las grandes bibliotecas del país.
También participó de debates políticos y culturales que atravesaron buena parte de la historia argentina del siglo XX.
Viajó por Europa, Estados Unidos y otros países. Recibió premios, dictó conferencias y fue reconocido en distintas lenguas.
Su fama internacional creció especialmente a partir de la traducción de sus cuentos y ensayos. Borges pasó de ser un escritor argentino admirado por círculos literarios a convertirse en una figura central de la literatura universal.
En 1980 recibió el Premio Cervantes, uno de los mayores reconocimientos de las letras en español.
El Nobel de Literatura, en cambio, nunca llegó.
Pero esa ausencia no impidió que su nombre quedara definitivamente incorporado al canon de la literatura mundial.
Borges y el Derecho: cuando la literatura también interroga a la Justicia
La vigencia de Borges no se limita a la literatura.
Su obra continúa siendo utilizada para pensar cuestiones relacionadas con la filosofía, la política, la historia y también el Derecho.
Una muestra de ese diálogo es Borges y el derecho, de Leonardo Pitlevnik, publicado por Siglo XXI Editores en 2024. El libro explora cómo los relatos de Borges permiten pensar cuestiones vinculadas con la culpa, el castigo, la interpretación de las leyes, la verdad y el azar.
La propuesta parte de una idea sencilla pero poderosa: la literatura no tiene por qué ofrecer respuestas jurídicas para resultar útil al Derecho.
A veces alcanza con que obligue a formular mejores preguntas.
¿Qué significa ser responsable de un acto? ¿Hasta dónde puede interpretarse una norma? ¿Cuánto depende una persona de sus propias decisiones y cuánto de circunstancias que no eligió?
Son preguntas que aparecen una y otra vez en el universo borgeano.
El azar, la culpa y el destino
En La lotería de Babilonia, Borges imagina una sociedad en la que el azar ocupa un lugar central en la vida de las personas.
Los individuos pueden obtener beneficios o sufrir consecuencias por decisiones que no controlan. La literatura transforma así la suerte en una estructura social.
Ese planteo puede ser leído en relación con determinadas herramientas del sistema jurídico, donde el azar puede aparecer, por ejemplo, en mecanismos destinados a evitar decisiones arbitrarias.
La paradoja es típicamente borgeana: aquello que en la vida cotidiana parece injusto —que algo dependa de la suerte— puede ser utilizado institucionalmente como una forma de neutralidad.
En otros relatos aparece el problema de la culpa y del castigo.
Deutsches Requiem, por ejemplo, obliga al lector a ingresar en la perspectiva de un personaje vinculado con el nazismo. La operación literaria no implica justificarlo: obliga a comprender cómo puede funcionar la mente de alguien que participa de una maquinaria criminal.
Ahí aparece una diferencia fundamental entre comprender y justificar.
También surge una pregunta que atraviesa al Derecho Penal: cuánto puede atribuirse a la decisión individual y cuánto debe analizarse a partir del contexto social, histórico y personal de quien comete un delito.
Un escritor que nunca dejó de regresar
Borges murió en Ginebra el 14 de junio de 1986. Tenía 86 años.
Pero su muerte no cerró su obra.
Cuarenta años después de aquel día, sus cuentos siguen siendo leídos, discutidos, traducidos y reinterpretados. Su influencia atraviesa generaciones de escritores, lectores, filósofos, abogados y estudiosos de distintas disciplinas.
Quizás una de las claves de su permanencia esté justamente en que Borges nunca intentó cerrar completamente sus historias.
Sus laberintos quedan abiertos.
También sus preguntas.
Por eso puede ser leído por un estudiante, un escritor, un filósofo, un abogado o alguien que simplemente entra por primera vez a una biblioteca y encuentra El Aleph entre sus páginas.
Borges convirtió Buenos Aires en literatura, pero hizo algo todavía más grande: consiguió que una ciudad particular pudiera contener preguntas universales.
El barrio, el patio, el cuchillo, la biblioteca, el sueño, el tiempo, la muerte y el infinito terminaron formando parte de un mismo mapa.
Un mapa que comienza en Buenos Aires y no termina en ninguna parte.
Porque, en definitiva, esa fue una de las grandes operaciones de Borges: hacer de su ciudad un laberinto y del laberinto una forma de recorrer el mundo.
Ha 127 años de su natalicio y 40 de su deceso, sigue vigente.


