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La hora actual de la Política: La impunidad de la ignorancia

Escribe para Cadena Nueve, Gustavo Tinetti*

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Hay algo más peligroso que un político corrupto: un político que desconoce aquello que debería saber y, sin embargo, gobierna como si su ignorancia fuera una virtud.

La Argentina atraviesa una época en la que la política parece haber dejado de ser un oficio que requiere formación, experiencia, lectura de la historia, comprensión de las instituciones y conocimiento de la sociedad. En su lugar, gana terreno otra lógica: la del personaje, la consigna, la exposición mediática y la convicción de que hablar con seguridad equivale a saber.

Y allí aparece una pregunta incómoda: ¿quién maneja realmente la política argentina?

No alcanza con saber administrar una empresa, comunicar en redes, manejar una campaña electoral o tener éxito en una profesión determinada. Gobernar una sociedad compleja exige algo mucho más difícil: comprender el Estado, las instituciones, la economía, el derecho, la historia, las relaciones internacionales, la cultura política y, sobre todo, las consecuencias humanas de las decisiones que se toman desde el poder.

No se trata de despreciar a una pastelera por ser pastelera. Sería absurdo. Una persona puede ser excelente en su oficio y, al mismo tiempo, carecer de preparación para conducir una política pública. Del mismo modo, un economista puede ser extraordinario en economía y pésimo gobernante. Un médico puede ser brillante en medicina y no saber absolutamente nada de administración del Estado.

El problema no es la profesión de origen. El problema es la ausencia de formación política y la pretensión de reemplazarla con soberbia.

La política no es una tertulia de redes sociales. No es una discusión entre hinchadas. No es una competencia para ver quién grita más fuerte ni quién consigue una frase más viral.

La política es poder.

Y el poder sin conocimiento puede ser tan peligroso como el poder corrupto.

La impunidad de la ignorancia

Durante décadas, la Argentina sufrió la impunidad de quienes utilizaron el Estado para enriquecerse, construir negocios, proteger amigos o perpetuarse políticamente.

Ahora corremos otro riesgo: la impunidad de la ignorancia.

Es decir, la posibilidad de equivocarse gravemente desde el poder, desconocer la historia, despreciar las instituciones, ignorar los mecanismos del Estado y aun así presentar cada error como una muestra de valentía.

La ignorancia, cuando se reconoce, puede corregirse.

La ignorancia cuando se transforma en arrogancia se vuelve una ideología.

Y cuando esa ideología dispone del aparato del Estado, las consecuencias dejan de ser individuales.

Una decisión equivocada de un ciudadano afecta su propia vida. Una decisión equivocada de un funcionario puede afectar a millones de familias.

Por eso la democracia no debería conformarse con preguntar quién quiere ganar una elección. Debería preguntarse también qué sabe hacer si gana, qué valores lo orientan, qué límites reconoce y qué entiende por responsabilidad pública.

El problema de los valores

Pero hay algo todavía más profundo.

La formación técnica no alcanza.

Una sociedad no se gobierna solamente con conocimientos. También se gobierna con valores.

Honestidad. Prudencia. Respeto por el adversario. Respeto por la ley. Sentido de Estado. Capacidad de escuchar. Reconocimiento de los límites del poder. Comprensión de que el adversario político no es necesariamente un enemigo de la Nación o mucho menos de la sociedad o sus propos compatriotas.

Cuando esos valores desaparecen, la política se transforma en una guerra permanente. Y es lo que se vive desde hace años.

Y cuando todo vale para ganar, finalmente deja de importar qué se destruye en el camino.

La Argentina ya ha vivido demasiadas veces esa película.

Unos justificaron la corrupción porque “los otros también robaban”. Otros justificaron el autoritarismo porque “había que terminar con el enemigo”. Otros justificaron el atropello institucional porque “el pueblo había votado”.

Pero una democracia seria no puede funcionar con el principio de que si gané, tengo derecho a hacer cualquier cosa.

El voto otorga legitimidad de origen.

No otorga impunidad ni corrupción o ausencia de transparencia de los actos de gobierno.

La política convertida en espectáculo

El fenómeno no es exclusivamente argentino. La antipolítica crece cuando los ciudadanos sienten que las instituciones dejaron de responder a sus problemas y que los políticos profesionales viven en un mundo diferente al de la gente común. El resultado puede ser la aparición de liderazgos que convierten la indignación social en combustible político.

La cuestión argentina es que hemos llevado esa lógica a un extremo preocupante.

El dirigente que insulta parece más auténtico.

El que simplifica parece más inteligente.

El que desconoce parece más “independiente”.

El que no negocia parece más fuerte.

El que no escucha parece tener convicciones.

Y así terminamos confundiendo ignorancia con autenticidad, soberbia con liderazgo y fanatismo con principios.

Mientras tanto, los problemas reales siguen allí: salarios, empleo, pobreza, inseguridad, educación, infraestructura, salud, producción y una sociedad que continúa buscando certezas. Las preocupaciones económicas siguen ocupando un lugar central entre los argentinos, mientras la corrupción también aparece entre los principales problemas señalados por distintas encuestas.

¿Quién gobierna?

Quizás la pregunta más importante no sea quién ocupa determinado despacho.

La pregunta debería ser:

¿Quién decide?.. Y con que parámetros.

¿El funcionario elegido por los ciudadanos?

¿El asesor que nadie votó?

¿El operador que maneja las redes?

¿El grupo económico que financia?

¿El algoritmo que determina qué indignación se vuelve viral?

¿La encuesta que indica qué decir mañana?

La política contemporánea ha creado nuevas formas de poder. Ya no siempre hace falta ocupar un cargo para influir sobre quienes gobiernan. Investigaciones recientes sobre la nueva derecha latinoamericana muestran precisamente el crecimiento de operadores y redes de influencia que pueden adquirir enorme peso político sin ocupar formalmente un lugar en el Estado.

Y eso debería preocuparnos.

Porque una democracia saludable necesita saber dónde está el poder.

La Argentina necesita algo más que vencedores

Necesita dirigentes.

Referentes capaces de estudiar.

De leer.

De escuchar.

De reconocer cuando se equivocan.

De comprender que administrar el Estado no es administrar una empresa privada.

De entender que una Nación no es una planilla de Excel.

De aceptar que detrás de cada número hay una persona.

Y que detrás de cada decisión política hay consecuencias que pueden durar décadas.

La Argentina no necesita una aristocracia de títulos universitarios. Pero tampoco puede convertir la ignorancia en una credencial de autenticidad.

No necesitamos gobernantes que sepan de todo.

Necesitamos gobernantes que sepan lo que no saben y tengan la humildad de rodearse de quienes sí saben.

Porque quizás ese sea el verdadero comienzo de la inteligencia política.

El verdadero escándalo

El escándalo no es que una pastelera pueda llegar a la política y gobierne con lapicera ajena.

En democracia, cualquiera que cumpla los requisitos constitucionales tiene derecho a hacerlo.

El verdadero escándalo es que una sociedad acepta que para gobernar no hace falta preparación, ni experiencia, ni conocimiento, ni valores; que basta con tener seguidores, poder, dinero, una buena campaña y suficiente impunidad para no responder por los errores.

Eso sí es una tragedia.

Porque los países no se destruyen únicamente cuando llegan al poder los corruptos.

También se deterioran cuando llegan los incompetentes y nadie se atreve a decirles que no saben.

Y quizás el desafío argentino de este tiempo sea precisamente ese:

recuperar el valor de la política como conocimiento, como responsabilidad y como servicio público.

Porque una democracia puede sobrevivir a un mal gobierno.

Lo que resulta mucho más difícil es sobrevivir a una sociedad que termina creyendo que no hace falta saber para gobernar, ni tener principios para mandar, ni rendir cuentas para ejercer el poder.

Esa es la verdadera impunidad.

La impunidad de la ignorancia.

*Director-creador del Grupo-Multimedios Cadena Nueve-Periodista-Abogado-Consultor de Medios-Autor de: ‘Delitos en la Prensa’-La Plata,1983-‘La Noticia en Imagen’, Pamplona 1991-‘Lo Mejor de Dios, Ellas’, El Remanso (Parada Robles), 2007

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