
La elección de esta fecha tiene un origen histórico: recuerda el nacimiento de Benvenuto Cellini, ocurrido el 3 de noviembre de 1500, en Florencia, Italia. Fue uno de los orfebres más destacados del Renacimiento. Escultor, medallista y joyero, alcanzó reconocimiento por sus trabajos en oro, plata y bronce. Entre sus obras más conocidas se encuentran el famoso salero realizado para el rey Francisco I de Francia y la escultura de Perseo.
La joyería y la relojería son actividades que acompañan a la humanidad desde hace siglos. Los joyeros transforman metales y piedras preciosas en piezas que, muchas veces, tienen un significado que va más allá de su valor material. Un anillo, una alianza matrimonial o una cadena pueden convertirse en recuerdos familiares que atraviesan generaciones.
La relojería, por su parte, también tiene una extensa historia. Durante mucho tiempo, reparar un reloj mecánico demandaba un conocimiento muy particular: trabajar con pequeñas piezas, engranajes y mecanismos que necesitaban precisión para volver a funcionar. Era un oficio artesanal que ocupaba un lugar importante en la vida cotidiana, cuando los relojes eran objetos de uso y también de gran valor personal.
Pancho Mortarini, un recuerdo de Facundo Quiroga
En este contexto, la fecha invita a recordar a un vecino de Facundo Quiroga que supo desarrollar ese oficio: Francisco “Pancho” Mortarini, quien ya no está físicamente, pero permanece en la memoria de quienes lo conocieron.
Pancho era mucho más que el peluquero del pueblo. Su personalidad sociable, alegre cuando ganaba Racing, su buen humor y su afición a las bromas formaban parte de su identidad. Aunque, como buen apasionado de Racing Club, su humor podía cambiar cuando los resultados de la Academia no eran los esperados.
También fue uno de los impulsores de las divisiones inferiores del Club Atlético, el Violeta. Tenía una particular manera de entusiasmar a los chicos: les prometía que jugarían si se hacían hinchas de Racing, el club de sus amores. Así fue sumando simpatizantes entre los pequeños de la localidad. Claro que, a la hora de entrar a la cancha, jugaban quienes demostraban sus condiciones futbolísticas, que en su gran mayoría no eran Albicelestes’.
Pero su actividad no terminaba en la peluquería.
Pancho también era relojero y vendía joyas, un servicio que brindaba a los quiroguenses. Mientras esperaba a algún cliente para cortarle el pelo o afeitarlo con aquella navaja bien afilada que imponía cierto respeto, aprovechaba los momentos tranquilos para escuchar la radio y dedicarse a reparar relojes mecánicos o trabajar con piezas de joyería.
Con sus manos preparaba también regalos para ocasiones especiales, entre ellos las alianzas matrimoniales que acompañarían a parejas en el comienzo de una nueva historia.
La lectura y el ajedrez eran otros de sus pasatiempos.
Entre la peluquería, los relojes, las joyas, la radio y el tablero, Pancho encontraba distintas maneras de ocupar sus jornadas y compartir su tiempo. Más tarde, con la llegada de la TV Pancho ponía la tele en las noches de verano en la verda para mirar – en blanco y negro-los torneos de Mar del Plata.
Un oficio, una historia y un vecino
En este Día del Joyero y Relojero, la historia de Francisco “Pancho” Mortarini permite recuperar una época en la que los oficios tenían un fuerte vínculo con la vida de cada comunidad. Eran vecinos que, además de desarrollar su actividad, ofrecían soluciones, compartían conversaciones y formaban parte de la cotidianeidad de los pueblos.
Facundo Quiroga lo recuerda por sus distintos trabajos, su pasión por Racing, su compromiso con el fútbol infantil del ‘Violeta’ y, especialmente, por esa manera tan propia de ser parte de la vida de los demás.





