
La edad no es, por sí misma, sinónimo de incapacidad para conducir. Miles de adultos mayores continúan desarrollando sus actividades laborales, profesionales y personales con plena autonomía y desempeñándose exitosamente en diferentes ámbitos.
Sin embargo, cuando se trata de conducir un vehículo, existen determinados cambios asociados al envejecimiento que pueden convertirse en un factor de riesgo.
La disminución de la visión, una menor movilidad, pérdida de fuerza, tiempos de reacción más prolongados y algunas enfermedades pueden afectar la capacidad para responder ante situaciones imprevistas en el tránsito.
La problemática volvió a quedar expuesta a partir de distintos siniestros registrados durante los últimos meses, entre ellos algunos ocurridos en la provincia de Salta y otro caso ocurrido en Rosario, Santa Fe.
Tres casos que volvieron a poner el tema en debate
Uno de los hechos ocurrió en Cerrillos, sobre la ruta nacional 68, donde un conductor de 80 años perdió el control de su automóvil, subió a la vereda y atropelló a 13 personas. De acuerdo con las primeras informaciones difundidas sobre el episodio, se investigó la posibilidad de que el hombre hubiera sufrido una descompensación.
Otro hecho tuvo como protagonista también a una conductora de 80 años. El 22 de octubre, en la zona de Tres Cerritos, en Salta, el vehículo terminó impactando contra las rejas de un club y quedó dentro de una cancha de tenis.
A estos episodios se suma un caso ocurrido en mayo en Rosario, Santa Fe, donde una mujer de 91 años salió marcha atrás de su cochera y, tras confundir el acelerador con el freno, chocó contra una camioneta que se encontraba estacionada y provocó su vuelco.
Los casos no permiten establecer que la edad sea la causa de los siniestros. Pero sí vuelven a poner sobre la mesa una pregunta que muchas familias enfrentan en algún momento: ¿cómo saber cuándo un adulto mayor ya no está en condiciones de conducir con seguridad?
Las señales que deberían generar preocupación
Desde Luchemos por la Vida remarcan que existen determinados comportamientos que pueden funcionar como señales de alerta.
Entre ellos aparecen:
- Frenar de manera brusca o inesperada.
- Dañar el automóvil por calcular mal las distancias.
- Mostrar torpeza o dificultades al estacionar.
- Circular muy por debajo del límite de velocidad sin una razón evidente.
- No advertir o ignorar señales de tránsito.
- Presentar dificultades para girar en las esquinas.
- Mostrar mayor ansiedad al conducir de noche o en situaciones de tránsito intenso.
- Perderse al realizar recorridos que anteriormente eran conocidos.
- Tener dificultades para mantenerse dentro del propio carril.
La aparición de una de estas conductas no significa necesariamente que una persona deba dejar de conducir. Pero sí puede constituir un motivo para consultar con profesionales y evaluar si existen limitaciones que puedan afectar la seguridad al volante.
El desafío para las familias
La situación también plantea un desafío dentro de las propias familias. En muchos casos, los hijos, parejas u otros allegados comienzan a notar cambios en la forma de conducir, pero no saben cómo abordar el tema.
Para una persona que condujo durante décadas, dejar el automóvil puede significar perder parte de su independencia y autonomía. Por eso, la decisión no siempre resulta sencilla y requiere sensibilidad, diálogo y, especialmente, una evaluación objetiva de las capacidades necesarias para conducir.
La discusión no debería centrarse exclusivamente en la cantidad de años de una persona, sino en sus condiciones concretas para manejar de manera segura.
¿Qué pasa después de los 70 años?
Con el paso del tiempo, el organismo atraviesa modificaciones naturales. La visión puede deteriorarse, los movimientos pueden volverse más lentos y los tiempos de reacción pueden aumentar.
Muchas personas mayores reconocen esos cambios y adaptan espontáneamente su forma de conducir: reducen la velocidad, evitan circular de noche, eligen recorridos conocidos o procuran no manejar en momentos de tránsito intenso.
Pero también existen personas que pueden padecer enfermedades o trastornos que afectan sus capacidades sin reconocer plenamente esas limitaciones.
Entre las situaciones que pueden tener incidencia se encuentran determinados deterioros cognitivos, trastornos cerebrovasculares, degeneración macular y otras afecciones oculares.
Por ese motivo, la evaluación de la aptitud para conducir debería contemplar las condiciones psicofísicas de cada persona y no solamente su edad cronológica.
Una licencia que contemple las condiciones psicofísicas
Desde Luchemos por la Vida sostienen que no resulta adecuado inhabilitar a una persona simplemente por cumplir determinada edad. La clave, plantean, está en avanzar hacia un otorgamiento responsable de las licencias de conducir que contemple las capacidades reales de cada conductor.
La renovación de la licencia puede convertirse así en una instancia importante para detectar posibles dificultades y determinar si una persona puede continuar conduciendo, si necesita determinadas adaptaciones o si existen razones médicas que aconsejen dejar de hacerlo.
El objetivo no es establecer una prohibición general para los adultos mayores, sino garantizar que quienes estén al volante puedan hacerlo en condiciones compatibles con la seguridad vial.
La cuestión, en definitiva, no pasa solamente por cuántos años tiene un conductor, sino por cómo se encuentra en ese momento para enfrentar las exigencias del tránsito.
Porque en la seguridad vial, la responsabilidad alcanza a todas las edades.


