
Mientras el mundo presume mapas inteligentes, navegación por voz e inteligencia artificial, en nuestros pueblos el sistema de ubicación más efectivo sigue siendo el de siempre: preguntar a la señora de la esquina. Ella sabe más que cualquier aplicación y, encima, te cuenta las últimas novedades del barrio.
Hubo una época en la que viajar no significaba mirar una pantalla ni esperar que una voz metálica dijera “gire a la derecha en 200 metros”. Para llegar a cualquier lado bastaba con bajar la ventanilla del auto y preguntar:
—Disculpe… ¿para ir a lo de Don Pérez?
Y casi nunca hacía falta terminar la pregunta.
La señora de la esquina, con las manos en el delantal o acomodando las plantas de la vereda, respondía con absoluta seguridad:
—Siga derecho hasta donde estaba el almacén de Don Ramón, doble en la esquina del eucalipto grande, pase la casa azul —que ahora es verde, pero todos le seguimos diciendo la azul— y ahí nomás está.
Instrucciones que, curiosamente, todos entendían.
El GPS de hoy podrá mostrar el tránsito en tiempo real, avisar de radares y calcular el camino más corto, pero todavía no puede decirte:
—No vayas por esa calle porque están rompiendo el pavimento.
O mucho mejor:
—Esperá un ratito porque justo ahora están saliendo los chicos de la escuela y no vas a pasar nunca.
Y mucho menos advertirte:
—No golpees las manos, tocá palmas nomás… el perro muerde.
La señora de la esquina era, y sigue siendo, un verdadero centro de información pública.
Sabía quién se mudó. Quién volvió. Quién se jubiló. Quién tuvo un nieto. Quién arregló la vereda.
Y quién todavía le debe plata al ferretero… aunque de eso mejor no hablar.
Lo más extraordinario era que nunca necesitaba cargar la batería.
Jamás perdía señal. No hacía falta actualizar mapas. Y cuando uno se equivocaba de camino, no decía “Recalculando…”.
Simplemente gritaba desde media cuadra: ¡Nooo!… ¡Era la otra esquina!
Eso sí era asistencia personalizada.
Los jóvenes de hoy confían ciegamente en el celular. Si el GPS dice doblar, doblan. Aunque termine en un campo, en un arroyo o frente al portón equivocado.
Nosotros éramos distintos. Confiábamos más en la palabra de una vecina que en cualquier aparato.
Y, seamos sinceros… Muy pocas veces nos dejó a pata.
Por eso proponemos un reconocimiento que ya es hora de hacer.
Que la señora de la esquina sea declarada oficialmente Patrimonio Universal de la Orientación Barrial.
Porque podrá existir inteligencia artificial, mapas en tres dimensiones y satélites orbitando la Tierra…
Pero ninguno supera a una vecina que lleva cuarenta años mirando pasar la vida desde la vereda. Y si no me creen…
Pregúntenle a ella. Seguro sabe.
Mientras las aplicaciones recalculan rutas, pierden señal y piden actualizar mapas, el método más confiable para llegar a destino sigue siendo preguntar a la vecina que está en la vereda. No necesita internet, batería ni satélites.


