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Cuando el amor se escribía de puño y letra

Escribe para Cadena Nueve, Pío Sánchez, 'Viejito sembrador'

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Hubo un tiempo —y no hace falta remontarse a siglos lejanos— en que el amor se escribía a mano.

Sí, a mano.

Con birome, con tinta o lápiz, con letra prolija o temblorosa. En hojas perfumadas a veces, dobladas con cuidado, guardadas dentro de un sobre que podía tardar días o semanas en llegar. Y mientras tanto, se esperaba. ¡Cómo se esperaba! Cada ruido del cartero podía acelerar el corazón más que cualquier mensaje instantáneo de hoy.

Las cartas de amor tenían algo sagrado: obligaban a pensar antes de hablar. Cada palabra era elegida con paciencia. No había emojis para disimular torpezas ni mensajes borrados antes de enviarlos. Lo escrito quedaba. Y quizá por eso valía más.

Muchos de nuestros lectores seguramente recuerdan su primera carta. Tal vez fue durante el servicio militar, en un noviazgo a distancia, o escondida entre las páginas de un cuaderno escolar. Algunos todavía conservan esas cartas en una caja de zapatos, amarillentas por el tiempo pero intactas en emoción.

Y otros quizás nunca se animaron.

Porque escribir una carta de amor siempre fue un acto de valentía. Había que poner en palabras lo que muchas veces costaba decir cara a cara. “Te extraño”. “Te pienso”. “Te quiero”. Frases simples, pero enormes.

Y había algo más profundamente humano en esas cartas: la letra misma también hablaba. Cada trazo llevaba una identidad irrepetible. La inclinación de las palabras, la presión sobre el papel, una letra elegante o desordenada, las tachaduras nerviosas, incluso alguna lágrima que borraba la tinta… todo contaba una historia.

No era solo lo que se decía, sino cómo se escribía.

En cada carta iba un pedacito de quien la enviaba, como si el corazón encontrara en la propia letra una manera de mostrarse sin máscaras. Hoy los mensajes llegan más rápido, pero todos usan la misma tipografía fría e impersonal.

Antes, bastaba ver un sobre y reconocer esa letra para que el corazón empezara a latir más fuerte. Es que hablaba el corazón, más que la razón.

Hoy vivimos rodeados de comunicación permanente, pero paradójicamente muchas veces decimos menos. Mandamos audios apurados, mensajes cortos, respuestas automáticas. Todo rápido, todo inmediato… y a veces, todo olvidable.

Por eso vale preguntarse: ¿por qué no recuperar la costumbre?

No hace falta estar enamorado como a los veinte. El amor en la tercera edad también existe, y muchas veces es más profundo, más sereno y más sincero. Puede ser hacia una pareja de toda la vida, hacia alguien nuevo que apareció cuando menos se esperaba, o incluso hacia alguien que ya no está, pero sigue viviendo en los recuerdos.

¿Se imagina escribir hoy una carta? A su esposo o esposa. A ese amor de juventud. A alguien que nunca supo lo que usted sentía. O simplemente a usted mismo, recordando quién fue y todo lo que amó.

Tal vez nadie la lea. Tal vez sí. Pero escribirla puede ser un hermoso gesto de memoria y de coraje.

Porque mientras haya palabras sinceras, nunca será tarde para decir “te quiero”.

Tal vez sea momento de recuperar la costumbre.

Imagine la sorpresa de tu pareja si hoy recibe una carta escrita a mano en lugar de un reclamo por WhatsApp. Aunque sea para decirle: “Te sigo queriendo, incluso cuando roncás”.

Porque el amor verdadero también sobrevive a los años, a las arrugas… y a la letra que ya no sale tan prolija como antes.

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