Padre e hija. Fue una travesía transformadora: “No regresé con quien me fui”

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Pocas personas conocen la historia de Carolina Arruiz. Tras su mirada soñadora se esconde una vivencia tan hermosa como cierta, aunque breve, tal vez demasiado. Dicen que lo bueno dura poco, lo sublime, sin embargo, pareciera que se escabulle como arena entre nuestros dedos. Aun así, para Carolina, una mujer que por aquel entonces tenía 24 años y estudiaba en Junin, fue uno de los momentos más lindos de su existencia: “Se me llenó el corazón. Se trató de una despedida, del cierre de una historia, de puntos finales. Pero luego hubo algo más, triste e inesperado, en donde siento que la vida trató de dejarme un mensaje de puro aprendizaje “.

Animarse a hablar

El padre de Carolina ya era grande cuando tuvo la oportunidad de conocer a su propio progenitor, un hombre oriundo de Quiroga. A partir de aquel encuentro se dispuso a disfrutar de él, algo que apenas logró, ya que falleció pocos años después. Desde pequeña, Carolina podía ver la tristeza en los ojos de su papá, un ser reservado, poseedor de un pasado difuso y de una pena causada por su imposibilidad de despedirse apropiadamente de aquel padre con el que había compartido un tiempo limitado. Palabras no dichas se reflejaban en su semblante.

“Desde chica indagué en esta historia porque veía el profundo dolor de mi papá por no haber podido darle su adiós”, rememora Caro. “Su padre, mi abuelo que poco conocí, está en el cementerio de Quiroga. Entonces, mi idea siempre había sido proponerle algún día ir juntos para que pueda despedirse de la forma que lo hubiera deseado. Pero la realidad es que siempre lo postergaba porque, a veces, uno cree que es mejor no hablar de ciertas cosas”.

Un vínculo especial.
Un vínculo especial.

Pero a pesar de las dudas, Carolina jamás abandonó su intención y continuó creando caminos mientras tomaba coraje. Contactó a las hermanas paternas de su padre y ellas le enviaron fotos familiares que acariciaron su corazón, en especial una en la que estaban ellos dos, padre e hijo, y que decidió imprimir y enmarcarla. “Me propuse regalársela el día que me animara a hablar”.

El valor arribó el 16 de diciembre de 2016. Aquella mañana despertó con la intensa sensación de que el momento había llegado, se subió al auto y viajó desde Junín a 9 de Julio a visitar a su padre, que se hallaba sentado en la mesa con su mirada característica. “Puse el cuadro en sus manos y con lágrimas en los ojos me agradeció. Entonces lo miré y le dije: ¿Vamos a Quiroga, pá? A lo cual me respondió `Sí´, me lo dijo como niño chiquito cuando le obsequiás algo tan anhelado, `pero que sea antes de Navidad´, agregó”.

Hacia un viaje transformador

El 17 de diciembre se levantaron temprano y emprendieron viaje a Quiroga. Con ellos llevaban flores y una placa. Por primera vez en su vida, Carolina vio a su padre ser niño y, de pronto, sintió que los roles se habían invertido. “Desde que salimos de 9 de Julio a Quiroga me contó mil historias. Él, siempre tan callado, repentinamente tenía mucho para decir: `Acá vivía yo de chico´, ´El recorrido que hacía era de acá hasta acá´, `Noo, mirá… acá parábamos siempre camino a la escuela´, `¡Acá vivía un amigo mío! ´, entre otras tantas anécdotas que me contó en esta travesía tan significativa para ambos”.

Una de las últimas fotos padre e hija.
Una de las últimas fotos padre e hija.

Al llegar al cementerio, él pidió un tiempo a solas. Su hija lo esperó en el auto, sin dejar de preguntarse qué le estaría diciendo aquel hijo a su padre en aquel tan postergado adiós: “Jamás lo sabré, aunque puedo imaginarlo”.

Pensativos, pero envueltos en una atmósfera hermosa, se dirigieron al club de Quiroga a almorzar. Allí, el padre de Carolina se reencontró con un amigo de la adolescencia, se fundieron en un abrazo y se pusieron al día sentados en una mesa colmada de risas compartidas junto a ella. “Una tras otra, enumeraron las tantas macanas que habían cometido de chicos. Dos horas después volvimos para 9 de Julio, no sin que antes él abrazara a otro de sus amigos como si no hubiese un mañana”.

Caro.
Caro.

El viaje de regreso fue tan especial como toda la aventura. Hablaron como nunca antes lo habían hecho, él le pidió que en la vida siempre hiciera lo que sentía que la hacía feliz, jamás habían conversado en ese tono, su padre era un hombre de pocas palabras y Carolina sintió su corazón inundado de paz y dicha.

En el atardecer de aquel 17 de diciembre mágico ya estaban de regreso y algo en sus interiores había cambiado: “No regresé con la misma persona con la que me fui. Ahora estaba ante un hombre mucho más feliz, libre y sano. Su cara reflejaba que por fin había cerrado lo que durante años le había pesado, incapaz de darle un fin”.

Una nueva despedida y un aprendizaje

En ese viaje, el papá de Carolina había podido despedirse finalmente de su padre, pero ella, sin saberlo, también estaba despidiéndose del suyo. Aunque habían conversado en hacerlo, a Quiroga no pudieron volver una segunda vez.

“Una semana, literal, me duró la alegría”, revela. “El 24 de diciembre mi papá atendió su kiosco como todos los días y me pidió que le compre algo para el dolor de panza, una hora más tarde había anotado los números de los precios fuera de lugar y a la noche no quiso cenar. Jamás me voy a olvidar de mi despedida, fue mucho más rápida que la de él con su papá. Fue un sacudón. Un balde de agua fría. Un volver a empezar. Lo llevaron a terapia intensiva y recuerdo que no había ni un alma. Estábamos el arbolito de Navidad y yo, mirándonos fijo. Él me prendía y apagaba las luces. Yo se lo devolvía con lágrimas y rímel corrido. Hasta que me invitaron a pasar a despedirme y él me dijo: Te quiero mucho Carito, dame un beso. Acordate que tenemos que ir muchas veces más a Quiroga, vamos a volver pronto, y se durmió en un sueño eterno”, continúa.

Hacer más, amar más.
Hacer más, amar más.

“Agradezco a Dios haber podido compartir esta experiencia con él. ¡Agradezo la fortaleza que me ha dado y me sigue dando! No es nada fácil, pero mi viejo me enseñó a vivir al máximo y hoy me reafirma que no solo una pandemia te paraliza todo. Las despedidas y las carencias de ellas – como durante tantos años sucedió con mi padre- también. ¡Es importante darle un cierre a aquello que debemos dejar ir para avanzar en paz! Por eso, cuando a diario escucho a gente quejarse y preocuparse por muchas cosas que tienen solución, trato de transmitirles: vivan, disfruten, pongan el punto final a lo necesario y, sobre todo, sean felices. Hagan mucho y amen mucho. No sabemos hasta cuándo tendremos a los que queremos y hasta cuándo estaremos acá. ¡Valoremos la vida cada segundo! De eso se trata” , concluye con una gran sonrisa.

*Por: Carina Durn (La Nación)

Nota de CN: es un caso concreto de resiliencia. Es decir, es la capacidad de los seres humanos para adaptarse positivamente a las situaciones adversas.