Opinión
Lunes 7 noviembre 2016 a las 11:11

Agricultura y Medio Ambiente

Escribe para Cadena Nueve, Ing. Agr. Santiago Corti

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Las nuevas condiciones macroeconómicas vigentes en el país tuvieron entre otros efectos la vuelta del productor a cultivos que hasta hace poco ocupaban un segundo lugar en sus preferencias, tal es el caso del trigo y en mayor medida el maíz, lo que implica un mayor aporte de rastrojos en calidad y cantidad, para beneficio del suelo.

También están promoviendo un uso más intensivo de insumos, que hace esperar un aumento en la producción de granos para esta campaña.

Estos cambios no deberían hacer que perdamos de vista el impacto de la agricultura sobre el medio ambiente, cuando esta actividad no se realiza en forma racional.

Son ampliamente conocidos los beneficios de la fijación biológica de nitrógeno (FBN) principalmente en las leguminosas asociadas con bacterias específicas, ya que permite la obtención de este nutriente tan importante a un costo económico y ambiental significativamente menor que los fertilizantes de origen industrial.

Es una práctica muy difundida en la Argentina la inoculación de la soja con bacterias específicas, seleccionadas por su alta capacidad de fijación de nitrógeno atmosférico. Este mismo concepto se puede aplicar con otros microorganismos como las micorrizas, que son hongos que se asocian estrechamente con las raíces de las plantas y permiten una mejor absorción de fósforo y otros nutrientes de baja movilidad, un mayor volumen explorado por las raíces y una mayor resistencia a la sequía y a la acción de  los patógenos. La otra ventaja que tienen es que se pueden asociar con muchas plantas incluído gramíneas, permitiendo la formulación de inoculantes para diferentes cultivos, con el consecuente ahorro en fertilizantes, al poder usar éstos en dosis menores y, en algunos casos, reemplazados totalmente, como es el caso antes nombrado  de la FBN en soja.


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