
Durante este fin de semana, la Casa de María fue escenario de un encuentro de Tercer Tiempo, una propuesta destinada a hombres mayores de 60 años que encontraron allí un espacio para detenerse, compartir experiencias y reflexionar sobre una nueva etapa de la vida.
La jornada comenzó el viernes 28 y concluyó durante la tarde de este domingo con la celebración de la Santa Misa, presidida por el Obispo de Nueve de Julio, Ariel Torrado Mosconi.
Durante estos días, los participantes abordaron distintas cuestiones vinculadas con el paso del tiempo, los cambios personales y familiares, la necesidad de aceptar nuevas realidades y la posibilidad de vivir esta etapa con una mirada diferente.
No se trató solamente de mirar hacia atrás. La propuesta buscó también generar preguntas sobre el presente y, especialmente, sobre aquello que todavía queda por vivir.
Aprender a aceptar y a soltar
Uno de los testimonios compartidos durante el encuentro fue el de Ignacio González Quesnel, quien puso el foco en una cuestión que atraviesa buena parte de esta etapa de la vida: aprender a aceptar.
A lo largo de su reflexión apareció la necesidad de reconocer que existen situaciones, lugares, roles y momentos que alguna vez ocuparon un lugar central y que, con el paso del tiempo, comienzan a cambiar.
Aceptar esa realidad no siempre resulta sencillo.
González Quesnel también se refirió a una sensación frecuente en quienes durante muchos años estuvieron vinculados al trabajo y a la actividad permanente: la dificultad para descansar.
Existe, muchas veces, la idea de que cuando una persona no está ocupada o produciendo, está perdiendo el tiempo. Esa mirada puede generar una sensación incómoda frente al descanso y hacer difícil detenerse.
Por eso, uno de los aprendizajes que dejó el encuentro estuvo relacionado con la necesidad de cambiar determinados hábitos y estilos de vida.
El retiro permitió comenzar a encontrar otras formas de transitar el presente: aceptar, soltar y dejar de perseguir permanentemente que las cosas sucedan de acuerdo con lo esperado.
La invitación fue a abandonar, de a poco, esa necesidad de controlar todo y comprender que hay situaciones que simplemente sucederán.
Los cambios que trae esta etapa
También se habló de los cambios que aparecen en las relaciones y en la vida cotidiana.
Los hijos crecen, los roles familiares se modifican y aquellos lugares que durante años parecían permanentes pueden dejar de estar disponibles de la misma manera.
Incluso quienes han tenido una vida satisfactoria y se sienten afortunados deben atravesar el proceso de aceptar que determinados momentos y determinados espacios tienen un comienzo y también un final.
En ese contexto apareció otra idea: crecer también puede convertirse en un hábito.
La pregunta entonces deja de ser solamente qué se hizo hasta ahora y comienza a ser qué actitud asumir frente a aquello que viene.
“Vivir bonito” y recuperar las cosas sencillas
Entre las reflexiones compartidas durante el encuentro surgió también una propuesta tan sencilla como profunda: “vivir bonito”.
La hizo quein estuvo durante los tres días en la jornada o rero de reflexión. No necesariamente se trata de grandes cambios ni de proyectos extraordinarios.
Puede comenzar con pequeñas decisiones cotidianas.
Una de las frases que quedó como ejemplo fue la posibilidad de tomar un café despacio, sin estar pendiente permanentemente de lo que sigue, sin preocuparse porque algo se enfríe o porque el tiempo aparentemente se está perdiendo.
Detrás de ese ejemplo aparece una invitación a recuperar el disfrute de lo cotidiano.
A detenerse.
A conversar.
A mirar.
A disfrutar.
A permitir que el tiempo también pueda ser vivido sin la obligación permanente de producir.
La palabra del Obispo Ariel Torrado Mosconi
El cierre del encuentro tuvo como momento central la celebración de la Misa presidida por el Obispo Ariel Torrado Mosconi.
Durante su homilía, el Obispo invitó especialmente a los hombres que atraviesan esta etapa de la vida a hacerse una pregunta profunda:
“¿Qué he hecho de mi vida?”
La pregunta no fue planteada desde el reproche, sino como una oportunidad para mirar el camino recorrido y descubrir qué significado tuvo aquello que cada uno entregó durante sus años.
Torrado Mosconi puso en ese análisis el trabajo, el servicio a la familia, el amor a los hijos, a la pareja y a los demás.
Y allí planteó una de las paradojas centrales de su mensaje.
Quizás una persona pueda llegar a esta etapa con la sensación de haber “perdido” la vida porque la gastó trabajando, sirviendo, acompañando a su familia y entregándose por los demás.
Pero, desde la mirada del Evangelio, justamente allí puede encontrarse la verdadera ganancia.
Si una persona siente que ha gastado su vida en el amor y en el servicio, puede tener también la alegría de haber ganado la vida.
No dejar de entregar
El Obispo llamó a los presentes a no interpretar esta etapa como el momento de dejar de dar.
Por el contrario, sostuvo que el Evangelio invita a seguir gastando la propia vida en el amor y en el servicio.
Tal vez de una manera diferente.
Tal vez con otras responsabilidades.
Tal vez con más tiempo disponible.
Pero sin perder la capacidad de entregar.
Por eso, el mensaje fue también una invitación a no desalentarse y a no cansarse de dar.
La nueva etapa puede permitir hacer aquello que antes resultaba más difícil por las obligaciones laborales y familiares.
Hay tiempo para acompañar.
Hay tiempo para escuchar.
Hay tiempo para servir.
Hay tiempo para estar con otros.
Frente a la tentación de conservarse
En otro tramo de su homilía, Torrado Mosconi marcó una diferencia entre una vida entregada y una vida centrada en la propia conservación.
La tentación, explicó, puede ser comenzar a vivir solamente para uno mismo: cuidar exclusivamente los propios tiempos, los espacios, las cosas y la comodidad personal.
En ese sentido, retomó una expresión utilizada por el papa Francisco: la mundanidad.
Desde esa perspectiva, vivir de acuerdo con los criterios del mundo puede significar encerrarse en uno mismo y buscar permanentemente preservarse.
Frente a esa actitud, el Obispo propuso otro camino.
No conservarse.
No encerrarse.
No dejar de entregar.
Soltar, salir y trascender
La homilía encontró uno de sus momentos centrales en una frase que sintetizó el sentido de todo el encuentro:
“Este es un tiempo para soltar. Es un tiempo para salir. Y es un tiempo para trascender.”
Soltar aquello que ya no corresponde sostener.
Aceptar que determinadas etapas, roles y lugares han cambiado.
Salir del propio encierro para continuar encontrándose con los demás.
Y trascender, entendiendo que la vida no se agota en aquello que sucede dentro del propio horizonte personal.
Para Torrado Mosconi, la existencia tiene una dimensión que va más allá de esta vida y de las circunstancias inmediatas.
Por eso, esta etapa tampoco debe ser pensada como un final, sino como un tiempo en el que todavía existe una llamada a vivir, amar y servir.
Un tiempo para recibir y responder
La reflexión del Obispo también recuperó la dimensión de la invitación.
La vida cristiana, señaló, supone una respuesta libre: “si alguno quiere”.
Un día cada persona le dijo que sí al Señor y, desde entonces, ese camino continúa atravesando las distintas etapas de la existencia.
Llegar a una nueva edad no significa que esa invitación haya terminado.
Puede significar, por el contrario, una nueva manera de responder.
Con más experiencia.
Con más tiempo.
Con otras posibilidades.
Con la memoria de todo lo vivido y con la disposición para seguir entregándose.
El cierre de una experiencia
Con la celebración de la Misa concluyó este encuentro de Tercer Tiempo en la Casa de María.
Fueron días destinados a detenerse y mirar la propia historia, pero también a preguntarse cómo vivir el presente y qué hacer con el tiempo que queda por delante.
Las reflexiones compartidas dejaron una serie de ideas que se complementaron entre sí: aceptar, soltar, descansar, disfrutar de lo sencillo, cambiar hábitos, seguir creciendo, servir y trascender.
Desde el testimonio de quienes participaron hasta la palabra final del Obispo, el mensaje apuntó en una misma dirección: esta etapa de la vida no tiene por qué ser entendida como un tiempo de repliegue.
Puede ser un nuevo comienzo.
Un tiempo para mirar lo vivido con gratitud, aceptar aquello que cambió y descubrir nuevas formas de estar disponibles para los demás.
Y, sobre todo, un tiempo para comprender que todavía queda mucho por entregar.
Como sintetizó Ariel Torrado Mosconi durante la celebración:
“Este es un tiempo para soltar. Es un tiempo para salir. Y es un tiempo para trascender.”




