
Mucho antes de convertirse en el papa León XIV, Robert Francis Prevost había construido una historia pastoral profundamente vinculada con las comunidades más vulnerables de Perú. Su vida misionera, lejos de los grandes escenarios y de los despachos eclesiásticos, estuvo marcada por el contacto directo con la gente, el trabajo en territorio y una manera particular de entender el compromiso religioso: estar presente, escuchar y compartir las dificultades de los demás.
Parte de esa historia fue recuperada por el sacerdote peruano David Farfán Guerrero en su libro Huellas de pastor, presentado en Buenos Aires durante un encuentro que permitió conocer anécdotas y experiencias de los años en que ambos trabajaron juntos en el norte peruano.
La presentación se realizó en el auditorio de la Torre Macro, con la participación del presidente del Banco Macro, Jorge Brito, y la presencia de alrededor de 150 invitados, entre ellos empresarios, dirigentes y referentes sociales.
Durante la conversación, Farfán Guerrero reconstruyó distintos momentos de su relación con quien entonces era conocido como monseñor Roberto. Entre las historias compartidas apareció una frase que todavía conserva un significado especial para el sacerdote: “Padre David, ore por mí”.
Se la había dicho Prevost por teléfono desde el Vaticano, poco antes de que su elección como pontífice cambiara definitivamente la manera en que el mundo lo conocería.
La próxima conversación ya no sería con aquel obispo al que llamaban Roberto, sino con León XIV.
De Chicago a Chiclayo: una transformación marcada por Perú
La historia de ambos comenzó cuando Farfán Guerrero regresó a Perú después de varios años fuera del país. La diócesis de Chiclayo fue la que recibió al sacerdote y allí conoció a Robert Prevost, quien lo destinó a trabajar en la zona de Zaña, en una comunidad vinculada a la capilla Santo Toribio de Mogrovejo.
Con el paso del tiempo, el religioso estadounidense fue incorporándose cada vez más a la realidad peruana.
Según recordó Farfán, una de las características que más sorprendía a quienes trabajaban con él era su capacidad para adaptarse al entorno y relacionarse con las comunidades locales.
Su dominio del castellano fue creciendo con los años, pero también desarrolló conocimientos de otras lenguas. “Él es políglota y habla quechua”, contó el sacerdote.
La transformación de aquel religioso llegado de Chicago en un pastor profundamente identificado con Chiclayo se manifestó en pequeños gestos cotidianos.
Prevost conocía las fechas de cumpleaños de sus sacerdotes y acostumbraba llamarlos temprano para saludarlos. Incluso a las seis de la mañana podía sonar el teléfono para transmitir un saludo personal.
Para Farfán Guerrero, esos detalles reflejaban una característica central de su personalidad: la capacidad de acompañar y escuchar.
La noticia de su elección: una llamada que terminó en lágrimas
Uno de los momentos más emotivos del encuentro en Buenos Aires fue el relato de cómo Farfán Guerrero se enteró de que su antiguo obispo había sido elegido papa.
El jueves 8 de mayo, mientras se preparaba para las actividades comunitarias por el Día de la Madre en Perú, el sacerdote había viajado a Chiclayo para comprar alimentos destinados a las canastas que entregarían desde la parroquia.
Cuando regresaba hacia Zaña, recibió un mensaje de su hermano: había humo blanco y la Iglesia ya tenía un nuevo pontífice.
En el trayecto decidió detenerse frente al Santuario Nuestra Señora de la Paz para rezar. Allí pidió que, si era la voluntad de Dios, el Espíritu Santo acompañara al nuevo elegido.
Continuó su camino y, poco después, recibió una llamada de la administradora del colegio parroquial.
La mujer lloraba y apenas podía hablar. Farfán pensó inicialmente que había ocurrido algún problema con los chicos de la institución.
Pero la noticia era otra.
El nuevo papa era monseñor Roberto.
“Ah, ya, muchas gracias”, respondió inicialmente, sin terminar de dimensionar lo que acababa de escuchar. Después de cortar, comprendió la magnitud del anuncio y también se emocionó hasta las lágrimas.
Rock, deporte y acompañamiento a los jóvenes
Otra de las facetas que destacó el sacerdote fue la manera en que Prevost se acercaba a los jóvenes.
Durante su paso por Chulucanas, en la región de Piura, comenzó a advertir que el consumo de drogas se estaba convirtiendo en una preocupación para las familias y las comunidades.
Frente a esa realidad, decidió impulsar actividades que permitieran ocupar el tiempo libre de los chicos, generar espacios de encuentro y fortalecer los vínculos sociales.
El deporte fue una de las herramientas elegidas, pero no la única.
También promovía viajes, encuentros y propuestas recreativas que permitieran a los jóvenes conocer otros lugares y compartir experiencias.
Farfán recordó especialmente una ocasión en la que un grupo le pidió asistir a un recital del conjunto peruano Río, una banda popular entre los jóvenes de aquel momento.
Prevost no puso objeciones. Contrató un vehículo y los acompañó hasta el concierto.
Así, aquel sacerdote que años después sería elegido para conducir la Iglesia católica terminó cantando rock junto a los jóvenes, en una experiencia que quedó grabada en la memoria de quienes compartieron ese momento.
La anécdota fue recibida con risas durante la presentación del libro, pero también permitió mostrar una dimensión importante de su trabajo pastoral: acercarse a las nuevas generaciones desde sus propios intereses, sin establecer distancias.
Botas, caballos y caminos cubiertos de barro
La tarea misionera de Prevost también lo llevó a recorrer zonas rurales donde las condiciones de acceso eran especialmente difíciles.
En distintas comunidades del norte peruano, las consecuencias del fenómeno de El Niño provocaban inundaciones, deterioro de caminos y aislamiento de poblaciones enteras.
En ese contexto, el religioso aprendió a movilizarse a caballo o en mula, utilizar botas de goma y atravesar terrenos donde muchas veces ni siquiera existían carreteras.
La celebración de la misa tampoco se suspendía por las dificultades.
Si una capilla de adobe había quedado destruida, buscaba otro lugar para reunirse con la comunidad. Podía celebrar bajo un árbol o en cualquier espacio disponible.
Farfán recordó incluso una Vigilia Pascual en la que, debido al aislamiento de la zona, el cirio no había podido llegar. Prevost improvisó uno utilizando una caña y los restos de una vela, para que la comunidad pudiera celebrar igualmente.
Esa disposición también se manifestó durante las inundaciones.
Cuando había que trasladar alimentos a poblaciones aisladas, convocaba a los párrocos, organizaba vehículos y encabezaba las caravanas solidarias.
No se limitaba a impartir instrucciones: participaba de las tareas, cargaba los víveres y se metía en el barro junto a los demás.
También era habitual que realizara largos recorridos por carretera. Según contó Farfán, podía conducir durante 14 horas entre Chiclayo y Lima y, si surgía algún desperfecto mecánico, no dudaba en intervenir para solucionar el problema y continuar el viaje.
Eligió ser peruano
Uno de los aspectos que más destaca el autor de Huellas de pastor es que Robert Prevost no solamente desarrolló su misión religiosa en Perú, sino que también decidió nacionalizarse peruano.
Para obtener la documentación correspondiente tuvo que prepararse, rendir un examen de conocimientos y participar de la ceremonia oficial, que incluía el himno y el izamiento de la bandera.
Para Farfán Guerrero, aquella decisión representó mucho más que un trámite administrativo. Fue una manera de expresar su identificación con el país donde había elegido vivir y trabajar.
Incluso recordó una anécdota vinculada con las elecciones: todavía encontraba el nombre de Prevost en su mesa de votación. Cuando alguien lo reconocía, le pedía discreción para conservar aquel recuerdo.
La nacionalidad peruana terminó siendo parte de una historia de integración que había comenzado mucho antes de su llegada al Vaticano.
La continuidad con Francisco y el mensaje social de León XIV
Durante la presentación también hubo referencias a la relación entre Robert Prevost y el papa Francisco.
Farfán Guerrero reconoció que el vínculo no había sido necesariamente sencillo en sus comienzos, aunque consideró que los documentos y mensajes del actual pontífice muestran una continuidad con aspectos centrales del pensamiento de su antecesor.
Para expresar esa idea, eligió una frase contundente: “Es Francisco hablando a través de la voz de un peruano”.
Según su interpretación, León XIV mantiene una mirada pastoral vinculada con el Evangelio, la doctrina social de la Iglesia y la preocupación por quienes viven en situaciones de vulnerabilidad.
Consultado sobre el mensaje que podría transmitir durante sus visitas a la región, el sacerdote recomendó prestar atención a sus palabras.
“Escúchenlo con mucha atención, porque él también sabe escuchar”, expresó.
También anticipó que el pontífice podría referirse a la importancia de la fe, el trabajo y la dignidad de las personas, siempre desde los principios evangélicos y la doctrina social de la Iglesia.
En relación con la Argentina, Farfán destacó especialmente la centralidad de la cultura del trabajo como una herramienta de desarrollo personal y comunitario.
Un pastor que dejó huellas antes de convertirse en papa
El encuentro concluyó con un momento de bendición. A pedido de Jorge Brito, Farfán Guerrero tomó unas flores, las sumergió en agua y recorrió el auditorio bendiciendo a los presentes.
Después firmó ejemplares de Huellas de pastor, publicado por Ediciones San Pablo.
Las historias reunidas en el libro permiten reconstruir una etapa de la vida de León XIV que transcurrió lejos de los grandes centros de poder de la Iglesia.
Un sacerdote que aprendió las costumbres y el idioma de las comunidades donde trabajaba, que se acercaba a los jóvenes a través del deporte y la música, que recorría caminos rurales en condiciones difíciles y que entendía la misión religiosa como una tarea que exigía compromiso cotidiano.
Antes de ocupar el lugar más alto de la Iglesia católica, Robert Prevost había construido su identidad pastoral en el contacto directo con la gente.
Y, según el testimonio de quienes compartieron aquellos años, muchas de las características que hoy identifican su pontificado ya estaban presentes en aquel obispo que sabía escuchar, manejaba por caminos interminables y no dudaba en ponerse las botas para llegar hasta donde más lo necesitaban.


