Hay momentos en la historia en los que una sociedad cambia antes de que quienes tienen la responsabilidad de conducirla sean capaces de comprenderlo. No porque el cambio sea invisible, sino porque mirar una nueva realidad con las categorías del pasado puede ser una forma de no verla.
Estamos atravesando uno de esos momentos.
La sociedad percibe que algo se terminó. Cambiaron las formas de comunicarse, de trabajar, de informarse, de producir, de relacionarse con el Estado y hasta de entender qué significa tener poder. Sin embargo, una parte importante de la política continúa funcionando con las mismas lógicas, los mismos discursos y las mismas estructuras de hace décadas.
Ahí aparece una enorme contradicción: la sociedad está viviendo una época nueva mientras la política intenta resolverla con herramientas de una época vieja.
No se trata solamente de ideologías. El problema es más profundo. Muchos dirigentes siguen mirando la realidad desde su propia estructura de poder. Ven encuestas, elecciones, cargos, internas, alianzas y discursos, pero les cuesta observar lo que está ocurriendo fuera de ese mundo.
Y afuera hay una sociedad que cambió.
Una sociedad que ya no acepta con la misma facilidad las explicaciones de siempre. Que tiene acceso directo a información, que compara, que cuestiona, que desconfía y que puede expresar su malestar de manera inmediata. Una sociedad que ya no necesariamente espera que la política le diga qué pensar.
La vieja política, en cambio, todavía parece creer que el problema está en convencer mejor a la gente.
Quizás el problema sea otro: la gente ya entendió cosas que buena parte de la política todavía no entendió.
El fenómeno no pertenece exclusivamente a un país ni a una corriente política. Es un cambio mucho más amplio. La tecnología aceleró los tiempos, modificó el trabajo, transformó la comunicación y alteró la relación entre ciudadanos e instituciones. Pero las estructuras políticas, en muchos casos, permanecieron casi intactas.
Y cuando una estructura permanece demasiado tiempo igual mientras la sociedad cambia, aparece una brecha.
Esa brecha es la encrucijada actual.
La sociedad sabe que el mundo ya no funciona como antes. La política, muchas veces, sigue discutiendo como si funcionara igual.
Por eso el verdadero desafío no es para renovar dirigentes. Es cambiar la manera de interpretar la realidad.
Porque puede haber políticos nuevos utilizando las mismas ideas viejas. Y en ese caso, el cambio es solamente de nombres.
El cambio de época exige otra cosa: capacidad para escuchar, aprender, reconocer los errores y aceptar que ninguna estructura de poder tiene el monopolio de la verdad.
La ignorancia más peligrosa no es no saber. Es creer que ya se sabe lo suficiente como para no tener que mirar nuevamente la realidad.
Quizás por eso la sociedad se encuentra hoy frente a una decisión histórica. No necesariamente entre izquierda y derecha, ni entre un partido y otro, sino entre continuar atrapada en las viejas formas de hacer política o comenzar a construir una manera diferente de entender el poder, el Estado y la relación con los ciudadanos.
El cambio ya está ocurriendo.
La pregunta es si la política será capaz de verlo antes de que la sociedad deje definitivamente de esperarla.
*Director-creador del Grupo-Multimedios Cadena Nueve-Periodista-Abogado-Consultor de Medios-Autor de: ‘Delitos en la Prensa’-La Plata,1983-‘La Noticia en Imagen’, Pamplona 1991-‘Lo Mejor de Dios, Ellas’, El Remanso (Parada Robles), 2007


