Hay trabajos dentro de un club que no buscan aplausos, no aparecen en la foto central de un festejo y, muchas veces, pasan inadvertidos. Sin embargo, son indispensables para que cada domingo la pelota pueda comenzar a rodar. El oficio de canchero es, precisamente, uno de esos trabajos silenciosos que sostienen la vida deportiva de una institución.
Madrugar en las mañanas más frías, sentir antes que nadie el aroma del pasto recién cortado, recorrer cada metro del terreno, reparar los sectores afectados por la lluvia, cuidar el césped y pintar las líneas con precisión. Todo forma parte de una tarea que exige compromiso, constancia y, sobre todo, un profundo sentido de pertenencia.
En Dudignac, esa historia tiene un nombre y un apellido: Pesciallo.
Durante generaciones, una familia entera se convirtió en sinónimo de cuidado de la cancha, trabajo y amor por los colores del club. Una tradición que comenzó con el recordado “Kika” Pesciallo, continuó con sus hijos, el “Pato” y “Barrera”, y que hoy encuentra en Diego Pesciallo al encargado de mantener viva esa herencia.
Una tradición que nació con “Kika”
El primero en abrir ese camino fue “Kika” Pesciallo, un hombre recordado con enorme cariño y respeto por la comunidad de Dudignac. Su vínculo con la cancha fue mucho más que un trabajo: fue una manera de expresar su pertenencia al club.
Con sus herramientas y su dedicación, fue construyendo una forma de entender el oficio que luego sería transmitida a las siguientes generaciones. Cuidar el terreno de juego significaba cuidar también el espacio donde se encontraban familias, jugadores, dirigentes e hinchas.
Aquella huella no tardaría en continuar.
Sus hijos, el “Pato” Pesciallo y “Barrera” Pesciallo, siguieron sus pasos y durante décadas estuvieron ligados al mantenimiento del predio. Con ellos, la figura del canchero se transformó en parte inseparable de la identidad futbolera de Dudignac.
Fueron años de trabajo constante, de estar pendientes del clima, del estado del suelo, del crecimiento del césped y de cada detalle necesario para que el campo estuviera listo cuando llegara el día del partido.
El trabajo que no siempre se ve
El fútbol suele quedar asociado a los goles, los jugadores, los entrenadores y las tribunas. Pero antes de que el árbitro haga sonar su silbato hay una cancha que debe estar preparada.
Y detrás de esa cancha existe una historia de esfuerzo.
Walter Zárate, al recordar esta tradición, pone en valor precisamente ese aspecto muchas veces invisible del fútbol local: “Hay trabajos dentro de un club que no buscan el aplauso del domingo, pero que son fundamentales para que todo pueda funcionar. El canchero forma parte de esa historia silenciosa que también construye la identidad de un club”.
En Dudignac, esa identidad quedó marcada por varias generaciones de la familia Pesciallo.
El trabajo de “Kika”, “Pato” y “Barrera” no quedó solamente en las herramientas que utilizaron durante tantos años. Quedó en una manera de sentir el club, en el compromiso con el predio y en la convicción de que cada partido merecía una cancha preparada de la mejor manera posible.
Una herencia que permanece
Hoy, ninguno de ellos está físicamente para recorrer el campo, cortar el césped o marcar las líneas. Pero su presencia permanece.
Está en los recuerdos de quienes los conocieron, en las historias que todavía se cuentan y, especialmente, en la tarea que continúa realizando Diego Pesciallo.
Nieto, sobrino e hijo de aquella tradición, Diego tomó las herramientas y asumió el desafío de continuar con una responsabilidad que tiene un significado mucho más profundo que el simple mantenimiento del terreno.
Cada vez que recorre la cancha, observa el estado del suelo, prepara el césped o pinta las líneas, también está recorriendo parte de la historia de su propia familia.
Porque en cada sector del campo hay una memoria. En cada línea blanca aparece una pequeña parte del esfuerzo de quienes estuvieron antes. Y en cada partido que se juega sobre ese terreno se renueva una tradición que comenzó muchos años atrás.
La cancha como lugar de encuentro
La cancha de Dudignac no es solamente un rectángulo donde se juega al fútbol. Es un espacio cargado de historias, encuentros, alegrías, tristezas y recuerdos.
Allí crecieron generaciones de jugadores. Allí se reunieron familias enteras. Allí se festejaron triunfos y se soportaron derrotas. Allí quedaron abrazos, lágrimas y anécdotas que con el paso de los años se transformaron en parte de la memoria colectiva.
Por eso, cuidar ese lugar también es una forma de cuidar la historia del club.
Y esa tarea, que durante tantos años llevaron adelante “Kika”, el “Pato” y “Barrera”, hoy continúa en las manos de Diego.
El legado de los que estuvieron
Hay herencias que no se miden en dinero ni en objetos. Se transmiten en valores, ejemplos y formas de vivir una pasión.
La historia de los Pesciallo es una de ellas.
“Kika” abrió el camino. El “Pato” y “Barrera” lo continuaron durante años. Y Diego tomó hoy esa posta para que la tradición no se detenga.
Así, cada vez que la cancha está lista para recibir un nuevo partido, algo de ellos vuelve a estar presente.
Porque quizás ese sea el verdadero significado de un legado: que quienes ya no están físicamente puedan seguir formando parte de una historia a través de quienes aprendieron de ellos.
En Dudignac, la pelota sigue rodando. Y detrás de cada partido hay una cancha que alguien preparó con dedicación.
Esta vez, como tantas veces antes, las manos son las de Diego Pesciallo. Pero en ellas también están las de “Kika”, el “Pato” y “Barrera”.
Tres generaciones de una misma pasión. Una misma familia. Un mismo club. Y un legado que, como las líneas de una cancha bien marcada, permanece visible para todos.


