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Monos que adoptan animales: la inesperada pista que podría explicar por qué los humanos tenemos mascotas

Una investigación internacional liderada por la Universidad de Oxford reunió 427 casos de vínculos entre primates y animales de otras especies. Monos que acicalan perros, cuidan crías ajenas y hasta adoptan pollitos revelan una conducta mucho más antigua de lo que se creía

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Durante siglos, la relación afectiva entre seres humanos y animales fue considerada una característica casi exclusivamente nuestra. Alimentar a otra especie, protegerla, jugar con ella, dormir a su lado o incorporarla al grupo familiar parecía formar parte de una historia que comenzó con la domesticación.

Sin embargo, una investigación científica acaba de poner esa idea en discusión. Un equipo internacional liderado por la Universidad de Oxford recopiló cientos de registros de primates que establecieron vínculos sociales con animales de otras especies y encontró comportamientos que, en algunos casos, sorprenden por su parecido con el cuidado de una mascota.

El trabajo, publicado en la revista científica Primates, reunió 427 casos de interacciones heteroespecíficas, con 88 especies de primates involucradas y 127 especies animales compañeras. De estas últimas, 55 no pertenecían al grupo de los primates.

La información fue recopilada a partir de 303 casos publicados en investigaciones científicas, 58 reportes periodísticos y una encuesta realizada a 66 primatólogos que trabajan en el campo.

El resultado constituye uno de los registros más amplios realizados hasta ahora sobre este tipo de vínculos y aporta nuevas pistas acerca de cómo pudieron surgir algunas de las conductas que, mucho tiempo después, dieron lugar a nuestra relación con perros, gatos y otros animales domésticos.

Cuando el vínculo supera las fronteras de una especie

Los casos documentados son tan variados como llamativos.

En distintos lugares se observaron primates jugando con animales domésticos, acicalando individuos de otras especies, cargándolos, protegiéndolos e incluso estableciendo vínculos duraderos con ellos.

Uno de los ejemplos más conocidos ocurrió en Brasil, donde un grupo de monos capuchinos adoptó a una cría de tití que había quedado separada de su grupo. Los capuchinos la alimentaron, la protegieron y la mantuvieron integrada durante meses, como si se tratara de una cría propia.

Otro caso ocurrió en un zoológico de Israel, donde una macaca adoptó a un pollito y desarrolló con él una relación de cuidado similar a la que normalmente establece con sus propias crías.

También existen registros de monos que interactúan con perros, cerdos y ciervos, además de distintas especies de primates que desarrollan comportamientos sociales entre sí.

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Uno de los registros más llamativos corresponde a un babuino macho observado en Arabia Saudita que tomó a un cachorro de perro y lo transportó consigo durante períodos prolongados. Los investigadores interpretaron el episodio como una forma extrema de interacción interespecífica, aunque no necesariamente como una adopción comparable a las observadas en otros casos.

La investigación también muestra que estos vínculos no siempre terminan bien. Se documentaron 13 casos en los que los animales adoptados murieron, ya fuera por una manipulación demasiado brusca, falta de cuidados adecuados u otras circunstancias relacionadas con la interacción.

Por eso, los científicos advierten que estos comportamientos no deben confundirse automáticamente con la tenencia de mascotas tal como la conocemos los seres humanos.

Una conducta que no siempre tiene una explicación práctica

Una de las cuestiones que más interesa a los investigadores es determinar por qué un primate invertiría tiempo y energía en relacionarse con un animal de otra especie.

En la naturaleza, muchas interacciones entre especies tienen una explicación concreta. Algunos animales pueden beneficiarse de permanecer cerca de otra especie porque obtienen alimento, detectan antes la presencia de depredadores o encuentran mayor seguridad.

Pero ciertas conductas observadas en estos primates no parecen ofrecer una ventaja evidente.

Acicalar, jugar, cargar o permanecer junto a otro animal puede tener un componente puramente social. En esos casos, la interacción parece estar impulsada por la curiosidad, el interés social o una predisposición a establecer vínculos más allá de las fronteras de la propia especie.

Ese punto resulta especialmente importante para comprender el origen evolutivo del vínculo entre humanos y animales.

¿Las mascotas tienen raíces mucho más antiguas?

Los investigadores plantean que estas conductas podrían representar algunos de los antecedentes evolutivos de lo que posteriormente se convirtió en la convivencia con animales domésticos.

Esto no significa que los primates salvajes tengan “mascotas” en el mismo sentido que una persona que convive con un perro o un gato. La domesticación implica procesos mucho más complejos y una relación prolongada entre especies.

La importancia del hallazgo está en otro lugar: algunas de las capacidades sociales necesarias para formar vínculos afectivos con individuos de otra especie podrían ser anteriores a la aparición de nuestra propia especie.

La empatía, la curiosidad social, el comportamiento maternal y la flexibilidad para incorporar a un individuo extraño dentro de un grupo podrían haber creado las condiciones necesarias para que, mucho tiempo después, los seres humanos desarrollaran una relación tan estrecha con otras especies.

Una ventana para entender la evolución de la empatía

Para Cyril Grueter, antropólogo de la Universidad de Oxford y autor principal del trabajo, estos comportamientos pueden ayudar a reconstruir parte de la historia evolutiva detrás de la relación entre personas y animales.

El interés científico no está solamente en las escenas llamativas de un mono abrazando a un cachorro o cuidando a una cría ajena. Lo importante es descubrir qué mecanismos sociales permiten que un animal reconozca a otro individuo de una especie diferente como alguien con quien vale la pena interactuar.

La investigación también puede tener aplicaciones prácticas. Comprender mejor estas relaciones podría ayudar a mejorar el manejo de animales que conviven en zoológicos, centros de conservación y santuarios, especialmente cuando diferentes especies comparten espacios.

De una curiosidad aislada a un fenómeno para estudiar

Hasta ahora, muchos de estos episodios eran considerados anécdotas. Una fotografía de un mono sobre un ciervo o de un primate cuidando a un animal de otra especie podía recorrer el mundo, pero pocas veces se analizaba el fenómeno en conjunto.

El nuevo trabajo propone justamente cambiar esa mirada.

En lugar de estudiar cada caso como una rareza independiente, los investigadores reunieron los registros disponibles para buscar patrones. El resultado muestra que las interacciones interespecíficas aparecen en numerosas especies y regiones, aunque todavía existe una gran cantidad de información que no fue documentada de manera sistemática.

Por eso, uno de los próximos desafíos será que los investigadores de campo registren estas conductas con mayor frecuencia y bajo criterios comparables.

Solo así será posible determinar cuándo se trata de una interacción ocasional, cuándo existe un verdadero vínculo social y qué características hacen que algunos primates sean más propensos que otros a establecer relaciones con animales de diferentes especies.

Una historia que comenzó mucho antes de los perros y los gatos

Un langur que acaricia una ardilla gigante en Sri Lanka, un macaco que protege a un pollito o un grupo de capuchinos que cuida a una cría de otra especie pueden parecer escenas curiosas.

Pero detrás de esas imágenes podría esconderse una historia evolutiva mucho más profunda.

Los seres humanos no inventaron desde cero la capacidad de establecer vínculos sociales con otras especies. La evidencia reunida por los investigadores sugiere que algunos de los comportamientos que hicieron posible esa relación podrían tener raíces mucho más antiguas.

Las mascotas, entonces, quizá no sean solamente una creación de la cultura humana. La predisposición a abrir el círculo social y afectivo hacia otra especie podría formar parte de una historia evolutiva que comenzó millones de años antes de que existieran los primeros perros domesticados.

Fuente: Grueter, C. et al. (2026), Heterospecific social behavior in primates: insights into the evolutionary roots of pet-keeping, revista Primates.
Universidad de Oxford, investigación sobre las interacciones entre monos y animales de otras especies y sus posibles vínculos con el origen evolutivo de la tenencia de mascotas.

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