Cuando el bien resguardado debe ser revisado por una Liga de Fútbol

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Demás está decir que todo deporte es sano y altruista. Resalta valores, integra personas, ayuda a la socialización y fomenta las amistades, la solidaridad y la cooperación mutua. Anima a salir de estrés y de cuadros de depresión. El deporte es recomendable para todos y desde niños.

Como toda convivencia humana se rige por reglas o normas previamente establecidas; para protegerlas están los reglamentos y los denominados árbitros o jueces de cada disciplina.

En el caso del fútbol, los encargados de ordenar los desbordes en el perímetro del campo de competencia son las personas más desprotegidas ya que cualquier observación de falta en el juego recibe el reproche automático del alertado de esa inconducta y sus pares de equipo, cuerpo técnico, e hinchada, se suman. En el fondo es el insulto a la regla o límite, y parecería que los campos de juego del balón pie son los que toleran ese atropello a las reglas de convivencia.

En este sentido desde Cadena Nueve se alienta que se ponga a los árbitros de fútbol en el centro de la escena para que se comiencen a respetar y saber que detrás de ellos hay una norma a cumplir, y desde ahí como espejo social, se mejore la convivencia colectiva.

Una Liga o Asociación de clubes o instituciones para el fomento y desarrollo de cada deporte debe tener bien claro cuál es el bien que protege. Definido, hay que hacerlo conocer con fuerza, dedicación, ponderación y repetición constante para que cada generación crezca imbuido e iluminada de esos principios que deben ser los rectores, y seguramente responderán a esa filosofía expresada en el comienzo de esta nota.

Tolerar que un equipo se mantenga en una categoría por prepotencia, intolerancia, amenazas y lesionando al rival, desnaturaliza el deporte, del cual el balón pie lleva la voz cantante en todo el planeta. Y ese rechazo debe ser inmediato al tiempo que se alerte que comienza un proceso de esclarecimiento de los hechos. De lo contrario se desvanece el bien protegido y se puede incurrir en ‘cómplice’ de la barbarie.

Las redes sociales, sin reglas claras de redacción u ortografía ponen en blanco y negro – cuando son bien usadas-, los limites a quien no los ha puesto y ha correspondido hacerlo. Aplauden y reprochan con inmediatez lo que el sentido común dice. Suelen ser expresiones genuinas o voces que advierten que algo no anda bien, o por el contrario, instan a seguir en un camino visto en buena dirección.

Los sucesos del domingo último en césped del Club y Biblioteca Agustín Alvarez pone al desnudo que dirigentes del deporte más querido y seguido en la sociedad no han sabido reaccionar en resguardo del bien que se debe proteger. (Obsérvese como dato curioso que a un psicoanalista no se le hubiese escapado, dónde su produjo la intolerancia. Institución que fomenta la cultura y las bondades del deporte; y además festejaba un campeonato!).

Las primeras manifestaciones han sido de esos vecinos de buena fe que se expresaron en redes sociales. A veces se quiere exculpar ante la falta de redacción u ortografía del fondo de la litis, disputa o discusión, sin advertir que esa ‘media lengua’ hace señalamientos de descomposición que deben ser advertidos y considerados.

Al mismo tiempo, uno de los Clubes participantes -en este caso como víctima –  hizo los primeros señalamientos en su cuenta de Twitter. Algo andaba mal y la Liga que asocia los clubes como entidad rectora por ser la organizadora de la competencia, como en el teatro, ‘mutis por el foro’, y a tres días de los sucesos sigue guardando silencio.

Cuando el bien que se protege no es resaltado con claridad – que es de pensar que va de la mano del altruismo – se corren serios riesgos de quedar manchado de aceptar la violencia como método de conseguir fines. La aceptación a un reglamento, el respeto al adversario, la sana competencia, y el principio rector a procurar el bien de las personas que van a un campo de juego, a los clubes, y a todo aquel que asista en razón de sus roles, de manera firme y clara, incluso a costa de algún interés propio de algún dirigente, debe ser preservado. Si esto no es ponderado es que los cimientos de la institucionalidad pueden roerse.

Que el Club Atlético 9 de Julio tenga que convocar a sus socios, simpatizantes, deportistas y todo buen vecino que quiera participar a definir el camino a seguir de hechos de violencia en el fútbol, pone en evidencia que está en solitario, a excepción del pronunciamiento expreso del club Atlético San Martín.

Un no repudio de la Liga organizadora a la violencia y desmanes en un estadio de fútbol, del torneo que ella misma promueve la convierte en cómplice de lo que no debe ser tolerado, al igual que todos los clubes que la conforman.

Es más, la institución que podría mantenerse en la categoría por un proceder antideportivo tendría que pedir disculpas y llamarle la atención a los desbordados, de lo contrario, la pelota quedaría manchada y cuando es de sangre, ningún truco la limpia, y las madres de esto saben muy bien.

Que la Liga se eleve como la verdadera madre de la institucionalidad!… El fútbol agradecido, el deporte, reparado de un daño colateral!

Para CN, escribe Gustavo Tinetti