martes, enero 18, 2022

Con una misa en la Catedral el Obispo honro a Francisco

Corpus Christi 25

El obispo de Santo Domingo, Monseñor Ariel Torrado Mosconi celebro este martes 27 una misa con motivo de la celebración del  25º aniversario de la ordenación episcopal de Jorge Bergoglio. Fue en la Catedral diocesana de Nueve de Julio a las 19 horas.

‘Recen por mí’, dijo alguna vez Francisco. Hoy se hizo y de manera abierta y manifiesta.

Monseñor Ariel Torrado Mosconi fue ordenado por Jorge Bergoglio. A su vez, el hoy Vicario de Cristo,  fue ordenado, en el marco del aniversario que se recuerda por el segundo Obispo de Nueve de Julio, es decir Antonio Quarracino. Todo un símbolo en la cadena de causalidades.

Al mismo tiempo el sacerdote invito a los párrocos, rectores de iglesias y responsables de oratorios, que inviten a los fieles para que en sus respectivos templos con el mismo espíritu de homenaje y filial adhesión al Santo Padre, se haga esa recordación.

En la homilía, el prelado fue destacando la importancia de la tarea del papa, al tiempo que recordó aspectos de su vida entregada al Señor.

Hizo una reflexión en relación a la toma de decisiones y la comparación para un mejor entendimiento la llevo a un tema cotidiano y de cada familia.  “Así como un padre de familia tiene que tomar decisiones que no siempre son inmediatamente comprendidas por sus hijos, pero que sin embargo las hace por amor y para bien de sus hijos y unidad de la familia, así también confiemos en las acciones prudenciales del santo padre. Apliquemos esto mismo a nuestro Papa Francisco: ¿no es esto lo que se espera de un Papa -palabra que quiere decir “padre”- para la Iglesia y para la humanidad toda? Estoy seguro que quiere visitar nuestra patria y que lo hará cuando sepa que servirá para renovación de la fe y unidad de todos los argentinos ¡Recemos hoy, y cada día, por él para que pueda cumplir con la difícil misión que Dios le ha encomendado!”

Esta es la homilía completa de Ariel Torrado Mosconi, en la misa por el Papa Francisco en la Iglesia catedral de Nueve de Julio:

Conmemoramos hoy el 25 aniversario de la Consagración Episcopal de Jorge Mario Bergoglio. La recibió de manos del recordado cardenal Antonio Quarracino -muy ligado a nosotros también por haber sido el segundo y muy querido obispo de esta diócesis- ya que en ese momento había sido llamado a desempeñar la misión de Obispo auxiliar de Buenos Aires. La fecha es significativa por cuanto no se trata de una efemérides o aniversario entre tantos. La ordenación al episcopado es el sacramento por el cual se recibe la plenitud del ministerio sacerdotal para guiar, enseñar y santificar el pueblo santo de Dios. Todos los demás nombramientos que recibiría sucesivamente como arzobispo coadjutor, luego arzobispo primado de la Argentina, cardenal, presidente de la conferencia episcopal y últimamente Sumo Pontífice, serían diferentes misiones, encargos o responsabilidades -¡ciertamente una más importante que la otra!- para el mismo oficio o cargo de obispo. De modo que entre todas las fechas a destacar en la historia de un pastor, aquel día entrañable de su ordenación de obispo, es mucho más relevante que otros nombramientos posteriores y está en el origen de todos ellos. ¡Es el día que el obispo “se desposa” con la Iglesia! Por algo uno de los ritos más expresivos de la ordenación es la entrega del anillo al recién ordenado, lo cual tiene un profundo sentido teologal.

Nadie niega -aun desde diferentes enfoques y sosteniendo opiniones encontradas- el alto impacto, relevancia y significación que tiene dentro y fuera de la Iglesia la figura del Papa Francisco. Por lo mismo, sus gestos y sus palabras suelen despertar tanto enfervorizadas adhesiones, como enconadas reacciones como, inclusive, algunas incertidumbres. En este sentido me surgen tres palabras que me parece que nos pueden ayudar a tener una realista, genuina y auténtica mirada de fe sobre quien hoy es el Pastor universal de la Iglesia. Las tres palabras son: gracia, escándalo y oportunidad. Las explico.

Gracia. Evidentemente la elección del Papa Francisco ha sido una verdadera gracia tanto para la Iglesia y el mundo, como particularmente para la Argentina. Así lo vivimos en su momento con mucha intensidad. ¿Quién de nosotros no se acuerda lo que estaba haciendo en el mismísmo momento en que se dio a conocer el nombre del Papa? No se trataba simplemente que alguno de los nuestros hubiese sido “el elegido”, hubiese ganado la elección y accedido al sumo pontificado, sino que lo vivimos interiormente como un verdadero don de Dios para la encrucijada que el mundo y  la Iglesia estaban viviendo. Uno sentía en el corazón “esto es lo que nos hacía falta” ¿no es así?

Una gracia para nuestra nación argentina y latinoamérica toda porque un hijo suyo, un pastor de esta tierra, espiritual, austero y sencillo, cercano a los pobres, los olvidados y los necesitados de todo tipo, era llamado, justamente por esas mismas cualidades, a la misión de Obispo de Roma en expresión que el mismo utilizó en su primera aparición en público.

Una gracia para toda la Iglesia en una coyuntura difícil de su historia en la que se presentaba un pastor que llamaba a poner y concentrar todas las fuerzas y desvelos de la Iglesia en “la dulce y confortadora alegría de evangelizar” (expresión de él mismo), que ponía énfasis en la conversión personal y pastoral de los fieles, los pastores  y las organizaciones eclesiales a todo nivel, y que proponía un estilo de vida genuinamente evangélico, sencillo y austero, cercano a los pobres diciendo que en ellos tocamos “la carne de Cristo”.

Una gracia, también, para el mundo entero. Con sus gestos, sus palabras y sus silencios promovía entre las culturas, las religiones y los estados una “cultura del encuentro” basada en el respeto, la escucha mutua, el diálogo y las iniciativas conjuntas para abordar los grandes problemas comunes a toda la humanidad. Baste recordar, no más, la atención con que es seguido por los medios de comunicación global, o el que sea un referente para líderes y jefes de estado, aún de aquellos que se declaran como no creyentes o de otras religiones. O el aprecio y entusiasmo que suscita en tantas personas comunes. Es, indiscutiblemente, uno de los líderes mundiales más relevantes. Salido de entre nosotros.

Escándalo. Digámoslo con claridad porque debemos planteárnoslo con mucha franqueza: para muchas personas algunos gestos y declaraciones del Papa Francisco son motivo de contradicción. Y lo digo pensando en la preocupación del fiel o el ciudadano común y corriente, la persona “de a pie” con buena voluntad, no en las “usinas generadoras de opinión” que sirven a miradas ideologizadas, a intereses mezquinos o al sensacionalismo mediático. Utilizo la expresión “escándalo” en el sentido bíblico y utilizado en los evangelios. Muchos pueden decir hoy de Francisco como decían de Jesús los suyos en su tierra: a este lo conocemos, es el hijo de carpintero, por qué no hace aquí y ahora los grandes milagros que dicen hizo en otras partes. Por ej. Se oye decir -mucha prédica del Evangelio contra el pecado de la corrupción, y luego parecería mostrarse amigo de quienes son sospechados o acusados de esos mismos graves defectos-. O también ¿por qué no viene a la Argentina siendo que los últimos Papas siempre volvieron a visitar su tierra en cuanto pudieron? Dilemas estos que suenan tan parecidos a ciertas acusaciones que le hacían a Jesús a quien acusaban de amigo de publicanos y pecadores, o le reclamaban porque no hacía en Cafarnaúm, su pueblo, lo que se oía que realizaba en otros lugares.

Oportunidad. Por todo lo anterior creo que los creyentes estamos ante una gran oportunidad. Y hoy puede ser una ocasión para meditar en ello. Es una coyuntura muy saludable para madurar en la fe cristiana, que es la fe que se manifiesta en la carne, en lo cercano y familiar, en el misterio de un Dios hecho hombre. Es una oportunidad a crecer en un genuino amor al Papa, como vicario de Cristo y comprometernos con el magisterio de renovación de la evangelización así como de unidad eclesial, que tan fuertemente impulsa el Papa Francisco y que constituye lo esencial de su ministerio petrino.

Aceptemos y vivamos el magisterio del papa con una actitud teologal, porque es el Papa, no porque me cae simpático o no sus gestos o su mensaje.

Debemos apreciar las impresionantes obras y enseñanzas, genuina e indiscutiblemente evangélicas, del Papa. E imitarlas. En eso no nos equivocaremos para nada.

Su magisterio pastoral sobre la evangelización nos lleva, sin lugar a dudas, por el camino más cierto, seguro y mejor. Si le hacemos caso, se renovará toda la vida de la Iglesia.

“Que el árbol no impida ver el bosque”, dice el refrán. Que las hermenéuticas tendenciosas de algunos medios sobre determinadas acciones del papa no nos impidan ver la envergadura de la actuación pastoral del Santo Padre en el escenario global. Su prédica en el cuidado del medio ambiente ha señalado y puesto el dedo en la llaga de un problema urgente del cual depende nuestro futuro como planeta ¡ningún líder lo había planteado con tanta lucidez y valentía! Su llamado al diálogo interreligioso es el único camino para superar los fanatismos del terrorismo y de la violencia. ¿No resulta significativo que líderes religiosos “duros” tengan tanto respeto y aprecio por él? En sus viajes sigue siendo recibido por multitudes, incluso de no-creyentes y los jefes de estado –aún los que no son cristianos- se muestran más que agradecidos por su visita.

 

Es conocida la frase de San Agustín: “unidad en la verdad, libertad en cuanto a lo opinable y amor en todo” Debemos aplicarlo con toda propiedad en cuanto a  la figura y las enseñanzas del Santo Padre. Debemos seguir a pie juntillas la verdad de su magisterio, que es pura predicación del Evangelio sin agregados. Seamos libres para juzgar las acciones prudenciales de sus gestos opinables a los cuales no les debemos obediencia ciega. Él jamás pretendería eso de los fieles de la Iglesia.

Conociéndolo, uno sabe que “aborrece” toda actitud de obsecuencia. ¡Él mismo se reconoce pecador y admite que se equivoca! Y tengamos un profundo amor por el papa como signo de la unidad de la Iglesia.

 

Inmejorable oportunidad, entonces, de purificar, fortalecer y crecer en la fe. Purgándola tanto de un ciego fervor adolescente, como de un prejuicioso y resentido desencanto con aquél líder que me falló por que no hizo lo que me gustaba o no favoreció mis intereses. La relación auténticamente religiosa y madura del cristiano con el Papa es de comunión, oración y misión. ¡Mantengamos nuestra comunión con él por encima de todo, sostengámoslo con nuestra oración porque siempre lo pide insistentemente y llevemos a la práctica su magisterio evangelizador!

 

Permítanme, a modo de conclusión, una sencilla reflexión. Así como un padre de familia tiene que tomar decisiones que no siempre son inmediatamente comprendidas por sus hijos, pero que sin embargo las hace por amor y para bien de sus hijos y unidad de la familia, así también confiemos en las acciones prudenciales del santo padre. Apliquemos esto mismo a nuestro Papa Francisco: ¿no es esto lo que se espera de un Papa -palabra que quiere decir “padre”- para la Iglesia y para la humanidad toda? Estoy seguro que quiere visitar nuestra patria y que lo hará cuando sepa que servirá para renovación de la fe y unidad de todos los argentinos ¡Recemos hoy, y cada día, por él para que pueda cumplir con la difícil misión que Dios le ha encomendado!

 

 

Corpus Christi 35

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