Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, en el Ciclo “B”

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Padre Pedro Max Alexander del Monasterio Santa María de Los Toldos

Semana SanSemana San

Entrada de Jesús en Jerusalén
[Giotto, Padua, capilla de los Scrovegni, hacia 1302

Introducción

San Juan ha recogido en su relato de los dichos del Señor para el “Domingo de Ramos” una forma modificada de la oración de Jesús en el Huerto de los Olivos. Ante todo una afirmación: Mi alma está agitada (12,27). Aquí aparece el pavor de Jesús, ampliamente descrito por los otros tres evangelistas: su terror ante el poder de la muerte, ante todo el abismo de mal que ve, y al cual debe bajar. El Señor sufre nuestras angustias junto con nosotros, nos acompaña a través de la última angustia hasta la luz. En Juan, siguen después dos súplicas de Jesús. La primera formulada sólo de manera condicional: ¿Qué diré? Padre, líbrame de esta hora (12,27). Como ser humano, también Jesús se siente impulsado a rogar que se le libre del terror de la pasión. También nosotros podemos orar de este modo. También nosotros podemos lamentarnos ante el Señor, como Job, presentarle todas las nuestras peticiones que surgen en nosotros frente a la injusticia en el mundo y las trabas de nuestro propio yo. Ante Él, no hemos de refugiarnos en frases piadosas, en un mundo ficticio. Orar siempre significa luchar también con Dios y, como Jacob, podemos decirle: no te soltaré hasta que me bendigas (Gn 32,27). Pero luego viene la segunda petición de Jesús: Glorifica tu nombre (Jn 12,28). En los sinópticos, este ruego se expresa así: No se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc 22,42). Al final, la gloria de Dios, su señoría, su voluntad, es siempre más importante y más verdadera que mi pensamiento y mi voluntad. Y esto es lo esencial en nuestra oración y en nuestra vida: aprender este orden justo de la realidad, aceptarlo íntimamente; confiar en Dios y creer que Él está haciendo lo que es justo; que su voluntad es la verdad y el amor; que mi vida se hace buena si aprendo a ajustarme a este orden. Vida, muerte y resurrección de Jesús, son para nosotros la garantía de que verdaderamente podemos fiarnos de Dios. De este modo se realiza su Reino[1].

La entrada mesiánica

0.1.- La vida de Jesús tuvo su culminación en Jerusalén. ¿Cuántas veces había venido Jesús a la ciudad santa? El testimonio de los evangelios (sinópticos o/y Juan) no es uniforme. En lo referente a su último viaje, los motivos histórico-teológicos son los determinantes e importantes.

Para Lucas,- ¡para citar un ejemplo solamente!-, en su doble obra del Evangelio y de los Hechos, todo termina y todo parte de y desde Jerusalén.

El hecho es que cuando se aproximaba la fiesta de la Pascua Jesús decide entrar a la ciudad montado en un burro, cumpliendo así las Escrituras…

El número de peregrinos judíos que venían en tiempos  neotestamentarios para la fiesta de Pascua era ciertamente grande. No se trataba solamente de los peregrinos que venían de Judea o de Galilea, sino también de peregrinos venidos de la diáspora. Se habla de unos 125.000 con los que la población de la ciudad, normalmente de unos 55.000 habitantes, se elevaba a unos 180.000. Muchos peregrinos llegaban con algunos días de anticipación. El ambiente de la ciudad estaba profundamente impregnado por todo lo concerniente a la fiesta.

¿Qué sucedió cuando Jesús se dirigió a la ciudad, desde el monte de los olivos? El relato evangélico, nos hace pensar que las personas que lo aclamaron eran sus discípulos y tal vez algún que otro grupo de peregrinos, aunque, según el cuarto evangelista (Jn 12,12s), también acudieron otras personas desde la ciudad para aclamarlo.

Jesús, caminante y peregrino que se dirige a celebrar la fiesta, es aclamado ante  las puertas de la ciudad por sus discípulos y otros peregrinos. Más que simple alegría por el hecho de que, después del largo caminar, se ha llegado finalmente a la ciudad santa (ya están pisando nuestros pies tus umbrales Jerusalén), lo que crea este ambiente de alegría es la esperanza de que por fin está por cumplirse el advenimiento del Reino de Dios proclamado por Jesús. La aclamación incluía ciertamente una tonalidad mesiánica.

No quedan dudas acerca de la intención del relato evangélico: detalles como el del asna (inspirada en Zac 9,9, como también en Gn 49,11); o el de la aclamación mesiánica de la multitud (gracias al uso del Salmo 117(118),26 que en realidad se podía dirigir, como aclamación, a cualquier peregrino que se acercaba a la ciudad en fiesta); en fin, el Hosanna (aclamación reservada para Dios en el Sal 118,26a), tienen que ser interpretados en el sentido de un reconocimiento de la realeza mesiánica de Jesús, el CRISTO = el MESIÁS.

0.2.- ¿Cómo es que no intervinieron ni los soldados ni las autoridades del poder invasor, de Roma? Seguramente porque consideraron se trataba de una manifestación pacífica. Pero en realidad ni siquiera sabemos si la tal ovación jugó algún papel y, en qué sentido, en el juicio contra Jesús.

Lo que impresiona más es que no alcanzamos a constatar claramente, en el relato, la reacción de Jesús ante tal manifestación mesiánica. Jesús aparece más bien silencioso. Pero no debemos olvidar algo: Jesús se reveló aquí, mediante sus gestos proféticos, como el Mesías de los humildes.

 0.3.- Los evangelistas sitúan la entrada de Jesús en Jerusalén en los días que preceden a la Pascua. Sin embargo puede constatarse que ellos han recogido diversas tradiciones relativas a este acontecimiento, presentándolas dentro del marco de una entronización mesiánica, comparable con la de la fiesta judía de los Tabernáculos: el Mesías escatológico, esperado para dicha fiesta, finalmente ha llegado.

La fiesta judía de los Tabernáculos,- ¡una de las tres fiestas mayores en el calendario litúrgico del pueblo elegido!-, se celebraba en otra época del año, distinta a la de la Pascua: en la época de recolección de las cosechas. Venía a ser como la clausura del año, celebrando y agradeciendo su abundancia, al mismo tiempo imploraba la bendición divina para el año nuevo. Este interés por el tiempo futuro había servido a los profetas para convertirla en una celebración con un marcado carácter escatológico. El ritual tradicional de la fiesta de los Tabernáculos incluía la costumbre de agitar ramas de árboles (Lev 23,33-34; Neh 8,13-18). Ciertos ritos particulares, al ritmo del Salmo 117/118, eran una clara referencia a la fecundidad de los últimos tiempos (Ez 47,12; Jn 7,38-39; Ap 22,2), y podían constituirse en  una verdadera entronización del Mesías esperado[2].

En el Domingo de Ramos se conjugan, por lo tanto, los recuerdos evangélicos de inspiración pascual con los de la fiesta judía de los Tabernáculos, de todo lo cual ya da testimonio la peregrina Egeria en su antiquísimo diario de viaje (siglo 5º).

0.4.- Llama la atención el comportamiento tan dispar que se observa en la gente que – en el momento de la entrada en Jerusalén – aclama entusiasmada e ilusionada y a los pocos días  – convencida “por sumos sacerdotes y senadores” – grita “! crucifícalo !”  o simplemente  ‘pasan’ ocupados en otros asuntos, o callan. Reflejo no sólo de las masas de ayer u hoy sino del corazón de cada cual, capaz de entregas y olvidos, de gestos comprometidos y de miedos y traiciones.

Y en el centro de todo Jesús. ¡ecce homo!. Viviendo su propia fidelidad en fidelidad al Padre y para gloria del Padre (“te he glorificado sobre la tierra llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar”). Pero como la “gloria de Dios es que el hombre viva”, Dios “le concedió el Nombre sobre todo nombre; de modo que, al nombre de Jesús, toda lengua proclame ¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre”.

Comentario Bíblico

Primera lectura: Isaías 50,4-7

1.1.- El Tercer Canto del servidor, del que está tomada nuestra Lectura) es formalmente todo un monólogo, modulado por la cuádruple mención del Señor YHVH (vv. 4.5.7.9). Contiene un aumento de sufrimiento y al mismo tiempo de confianza, presenta una síntesis de la figura del sabio que escucha como un alumno y del profeta que transmite la Palabra con firmeza;

El servidor, en calidad de sabio y a la vez de profeta, participa en la suerte de quien está cansado y desconfiado, de quien lejos de Dios lo impugna con aspereza, y experimenta en persona las reacciones violentas de los malvados contra su misión de mediador.

En lugar de ‘servidor [‘ebed] el texto habla dos veces de [limmud =discípulo o alumno], de quien recibe una enseñanza (Is 8, 16; 54, 13), y medita sobre el mensaje recibido para poder transmitirlo fielmente. Es central la cruda descripción de los sufrimientos físicos, especialmente ofensivos: golpes, arrancar la barba, ultrajes, salivazos soportados pacientemente, con la confianza en el Señor. Y esa confianza que impulsa al siervo a lanzar un desafío: ¿quién me declarará culpable? En este litigio judicial ante el tribunal de Dios, el dolor es, para los oyentes, signo cierto de culpabilidad, mientras que para el servidor es revelación de su inocencia. (…)

1.2.-La interpretación más probable [de estos cantos]es la histórico-mesiánica que lee los textos a dos niveles y ve la realización de la figura en dos momentos. En el plano histórico el autor quizá tenía en la mente la figura de Jeremías, cuyos rasgos podrían ponerse en sinopsis con los del servidor: profeta de las naciones (Is 42,1.6; 49, 6; Jer 1,5), formado para esto en el seno materno (42,6; 49, 1; Jer 1,5), anunciador de la Palabra (49,2; Jer 1,4.9), intercesor (59,12; Jer 14,11), manso cordero (53,7; Jer 11, 19), perseguido, humillado, sufriente. Sin embargo, la comparación servidor/Jeremías no convence del todo y no redunda en favor del profeta de Anatot, que no carga con los sufrimientos ajenos, no tiene la plenitud del Espíritu, persiste en el desaliento, como demuestran las llamadas Confesiones de Jeremías. (…) Una parte de la figura del siervo está ciertamente realizada ya en Jeremías, pero la plenitud de su significado, la identificación de la persona a la que se ajustan perfectamente las palabras hay que buscarla más allá, en el plano escatológico.

1.3.-Ahora bien, para los cristianos, esta persona es Jesús de Nazaret: el sensus plenior, la completa realización de cuanto expresan los Cantos –especialmente el cuarto- nos lleva directamente a Jesús de Nazaret. Los textos evangélicos constituyen la realización de una promesa encerrada en los Cantos: hay, por tanto, entre los dos escritos una iluminación recíproca. Los grandes acontecimientos salvíficos se anuncian, de modos distintos, tanto en los Cantos como en el Evangelio: éxodo y renacimiento bautismal, don de la ley y del Espíritu, maná y eucaristía, cordero pascual y Jesús en la cruz, reino terreno y reino de Dios, Jerusalén terrena y celestial. Los cantos permiten, además, una profundización en el misterio de muerte y resurrección en una triple modalidad, mediante tres vías: histórica, temática, del cumplimiento. (…)

La lectura cristiana de los cantos compromete a la solidaridad con los más débiles, que hay que reconocer en los distintos momentos históricos. Hay una frase de D. Bonhóffer, asesinado a los 39  años, en una cárcel nazi-, que viene bien en este contexto:

“La religiosidad humana remite al hombre, en su necesidad, al poder de Dios en el mundo: así Dios es el deus ex machina. Pero la Biblia lo remite a la debilidad y al sufrimiento de Dios; sólo el Dios sufriente puede ayudar… el Dios de la Biblia adquiere poder y sitio en el mundo gracias a su impotencia”[3]

Salmo Responsorial: Salmo 21(22),8-9. 17-18a. 19-20. 23-24

2.1.- Uno de los momentos más impresionantes de la pasión de Cristo es cuando pronuncia  aquellas palabras: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Expresan todo el  drama espiritual que sufre en medio de los tormentos de la cruz. San Marcos y san Mateo  nos han transmitido estas palabras, incluso en la lengua original: ¿Eli, Eli, lama sabactaní? Si todos recuerdan fácilmente estas palabras que inspiran un hondo sentimiento de  admiración hacia el crucificado agonizante, no todos sabrán seguramente que las palabras  de Jesús son el inicio del salmo 21, y que él seguramente lo continuaría rezando, como  consuelo para su alma y realización de una palabra profética sobre el Mesías.  A la luz de este salmo, la cruz no es un fracaso, no es una derrota de uno que se había  excedido en ilusiones mesiánicas: es el cumplimiento de un plan trazado por Dios y desde  antiguo anunciado a su pueblo, Israel. “El misterio de la cruz, escándalo o locura,  aparecía a la luz del salmo 21 como el misterio de la fuerza de Dios” (Scheifler).

Cristo en la cruz ora con el salmo 21. Toda su vida ha orado, como buen judío, con  los salmos. El los ha convertido en alimento de su alma. Los ha hecho suyos,  se ha identificado con ellos, les ha dado cumplimiento. Y así no es de extrañar que en el  momento de su agonía vengan, diríamos espontáneamente, a su mente y a sus labios, las  oraciones sálmicas más apropiadas. Concretamente el salmo 21, que es uno de los más  conmovedores del salterio.

2.2.- Con un vivo realismo describe este salmo la situación límite del justo doliente, cubierto  de toda clase de males, físicos y morales, hundido en su espíritu no menos que maltratado  en su cuerpo. Con voz profética ha ido anunciando los dolores indecibles que arrollarían a  aquél que sería más tarde el Salvador de su pueblo. Nuestro salmo tiene, en el PT, un paralelo impresionante, también muy  conocido del pueblo cristiano: el canto del Siervo de YHVH (Is 52,13—53,12). Son dos textos muy afines.

El texto de Isaías es más bien una profecía mesiánica sobre lo que sufriría el Siervo de  YHVH para la redención de los hombres. El profeta contempla al Mesías en su aspecto  doliente y redentor. El salmo 21, aun siendo también una profecía mesiánica, expresa la  realidad de un hombre justo, el salmista, que ha vivido en carne propia las amargas  experiencias que describe.

Leemos en Isaías: No tenía apariencia ni presencia; lo vimos y no tenía aspecto que  pudiéramos estimar. Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y conocedor de  todos los quebrantos, como uno ante quien se da vuelta el rostro, menospreciado, no lo  tuvimos en cuenta. Y con todo eran nuestras dolencias las que él cargaba y nuestros  dolores los que soportaba. Nosotros lo tuvimos por azotado, herido por Dios y humillado. El fue herido por nuestras rebeldías, molido a golpes por nuestras culpas (Is 53,2-5).

El salmo 21 se expresa en primera persona. Es el mismo hombre que sufre el que  describe su dolor. Su descripción es algo vivencial, que sufre en carne viva. Algo existencial que afecta todo su ser[4].

Segunda Lectura: Filipenses 2,6-11

3.1.-(…). Se suele considerar que este cántico es una expresión de la liturgia cristiana de los orígenes, y para nuestra generación es una alegría poderse asociar, después de dos milenios, a la oración de la Iglesia apostólica. Este cántico revela una doble trayectoria vertical, un movimiento, primero en descenso y, luego, en ascenso. En efecto, por un lado, está el abajamiento humillante del Hijo de Dios cuando, en la Encarnación, se hace hombre por amor a los hombres. Cae en la kénosis, es decir, en el “vaciamiento” de su gloria divina, llevado hasta la muerte en cruz, el suplicio de los esclavos, que lo ha convertido en el último de los hombres, haciéndolo auténtico hermano de la humanidad sufriente, pecadora y repudiada.

3.2.-Por otro lado, está la elevación triunfal, que se realiza en la Pascua, cuando Cristo es restablecido por el Padre en el esplendor de la divinidad y es celebrado como Señor por todo el cosmos y por todos los hombres ya redimidos. Nos encontramos ante una grandiosa relectura del misterio de Cristo, sobre todo del Cristo pascual. San Pablo, además de proclamar la resurrección (cf. 1Co 15,3-5), recurre también a la definición de la Pascua de Cristo como exaltación, elevación y glorificación.
Así pues, desde el horizonte luminoso de la trascendencia divina, el Hijo de Dios cruzó la distancia infinita que existe entre el Creador y la criatura. No hizo alarde de su categoría de Dios, que le corresponde por naturaleza y no por usurpación: no quiso conservar celosamente esa prerrogativa como un tesoro ni usarla en beneficio propio. Antes bien, Cristo se despojó, se rebajó, tomando la condición de esclavo, pobre, débil, destinado a la muerte infamante de la crucifixión. Precisamente de esta suprema humillación parte el gran movimiento de elevación descrito en la segunda parte del himno paulino (cf. Flp 2,9-11).

3.3.-Dios, ahora, exalta a su Hijo concediéndole un nombre glorioso, que, en el lenguaje bíblico, indica la persona misma y su dignidad. Pues bien, este nombre es “Kyrios”, Señor, el nombre sagrado del Dios bíblico, aplicado ahora a Cristo resucitado. Este nombre pone en actitud de adoración a todo el universo, descrito según la división tripartita: el cielo, la tierra y el abismo.
De este modo, el Cristo glorioso se presenta, al final del himno, como el Pantokrátor, es decir, el Señor omnipotente que destaca triunfante en los ábsides de las basílicas paleocristianas y bizantinas. Lleva aún los signos de la pasión, o sea, de su verdadera humanidad, pero ahora se manifiesta en el esplendor de su divinidad. Cristo, cercano a nosotros en el sufrimiento y en la muerte, ahora nos atrae hacia sí en la gloria, bendiciéndonos y haciéndonos partícipes de su eternidad.

3.4.-Concluyamos nuestra reflexión sobre el himno paulino con palabras de san Ambrosio, que a menudo utiliza la imagen de Cristo que “se despojó de su rango”, humillándose y anonadándose en la encarnación y en la ofrenda de sí mismo en la cruz. En particular, en el Comentario al salmo 118, el obispo de Milán afirma:

“Cristo, colgado del árbol de la cruz… fue herido con la lanza, y de su costado brotó sangre y agua, más dulces que cualquier ungüento, víctima agradable a Dios, que difunde por todo el mundo el perfume de la santificación… Entonces Jesús, atravesado, esparció el perfume del perdón de los pecados y de la redención. En efecto, siendo el Verbo, al hacerse hombre se rebajó; siendo rico, se hizo pobre, para enriquecernos con su miseria (cf. 2 Co 8, 9); era poderoso, y se mostró tan débil, que Herodes lo despreciaba y se burlaba de él; tenía poder para sacudir la tierra, y estaba atado a aquel árbol; envolvía el cielo en tinieblas, ponía en cruz al mundo, pero estaba clavado en la cruz; inclinaba la cabeza, y de ella salía el Verbo; se había anonadado, pero lo llenaba todo. Descendió Dios, ascendió el hombre; el Verbo se hizo carne, para que la carne pudiera reivindicar para sí el trono del Verbo a la diestra de Dios; todo él era una llaga, pero de esa llaga salía ungüento; parecía innoble, pero en él se reconocía a Dios”[5].

Evangelio: San Marcos 14-15

4.1.- * La lectura de la Pasión de Jesús según san Marcos comienza con dos cenas: la de Betania (14,3-9) y la de la Pascua (14,22-24). En la primera, la unción –que es signo de reconocimiento mesiánico- Jesús mismo la relaciona con su muerte y su sepultura. En la cena pascual, también el mismo Jesús acepta libremente su muerte como sacrificio para nuestra salvación.

* San Marcos integra estas dos cenas con la noticia de la conspiración por parte del Sanedrín (14,1-2 y 10-11) y por el soborno de Judas y el anuncio de la negación de Pedro. Tenemos la sombra que envuelve el gesto luminoso de la entrega que Jesús hace de sí mismo: Jesús es el Mesías de la cruz, quien muere por nuestra salvación, no obstante los rechazos, las traiciones y los abandonos.

* Con la prisión y el abandono por parte de todos los discípulos, quienes huyen despavoridos, el discipulado entra en su mayor crisis. El detalle del joven que huye desnudo parece simbolizar la actitud de quienes hasta entonces siguen a Jesús, pero sin comprender su misterio.

* La pregunta sobre la verdadera identidad de Jesús, que fue el hilo conductor de todo el Evangelio –“¿Quién es éste?”- comienza a tener finalmente una respuesta definitiva: la cruz dirá, verdaderamente, quién es Él. Durante el proceso judicial, Jesús asume por primera vez públicamente su identidad de Hijo de Dios. Pero en contraposición aparece la decisión del Sanedrín y las negaciones de Pedro.

* Con la crucifixión y muerte de Jesús, el relato marcano llega a su momento cumbre: ahora sí es posible reconocer quién es Jesús, ahora es posible la fe. Será el centurión romano el primero en reconocer que el Crucificado es el Hijo de Dios.

4.2.- Las escenas del relato de la Pasión

Veamos ahora la serie de escenas en la que se va desarrollando el relato de la Pasión. Aunque todas están estrechamente hilvanadas, vale la penar verlas también como pequeños cuadros que nos invitan a la contemplación de Jesús y intentar comprender lo que significa: “Si alguno quiere ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Marcos 8,34).

Lo importante es captar la idea central de cada escena.

4.2.1- El complot contra Jesús y la Cena en Betania

Los protagonistas de la Pasión preparan la fiesta de Pascua de manera diferente y contradictoria. Mientras que los responsables del Templo están más preocupados por inmolar a Jesús que por inmolar el cordero pascual, una mujer gasta una considerable suma de dinero para perfumar a Jesús y anticipar sus funerales, lo cual Jesús interpreta como anticipación de su entronización mesiánica.

4,2,2. La traición de Judas y los preparativos de la fiesta

De forma opuesta a la actitud de la mujer de Betania, Judas acepta dinero para entregar a Jesús. Jesús le pide a sus discípulos que preparen una sala. Pero en realidad ésta ya está lista. ¿Qué Pascua quiere celebrar Jesús? ¿Qué sentido le quiere dar a la fiesta?

4.2.3.- La cena del Señor

Durante la cena, Jesús anuncia que será entregado. Su cuerpo y su sangre sustituirán al Cordero Pascual. La fiesta de Pascua toma un nuevo sentido. La Alianza entre Dios y los hombres ha sido renovada y se extiende a todos los hombres. La cena termina con un canto de acción de gracias. Yendo al Getsemaní, Jesús aparece más lúcido que sus discípulos. Les explica el sentido de su muerte, pero ellos no son capaces de comprender las palabras por el momento.

4.2.4.-. La agonía en el Getsemaní

Jesús se distancia de sus discípulos junto con Pedro, Santiago y Juan, para orar. El evangelista Marcos nos revela el secreto de su oración. Jesús queda completamente solo, no consigue involucrar a sus discípulos en la oración de abandono a la voluntad del Padre.

4.2.5.- El arresto de Jesús

El grupo de discípulos que rodea a Jesús desde el comienzo del evangelio se dispersa. La escena está cargada de fuerte dramatismo: Judas lo traiciona con un beso; uno de los discípulos usa su espada; otro huye desnudo en medio de la oscuridad. Las palabras de la Escritura citadas durante cena se cumplen: “Heriré al Pastor y se dispersarán las ovejas”.

4.2.6.- El juicio judío: ante Caifá

En el proceso judicial religioso, un grupo de fasos testigos desfilan ante Jesús. Por su parte, Jesús da testimonio verdadero acerca de sí mismo: revela su secreto mesiánico. La nobleza de sus palabras y de su comportamiento se contrapone a la conducta indigna de algunos de los jueces y guardias.

4.2.7.- El juicio romano: ante Pilatos

Ante Pilatos, la agitación de los jefes contrasta con la calma y el silencio de Jesús

4.2.8.- Barrabás

La multitud se pone en contra de Jesús. Se pide la muerte del justo y la liberación del culpable. La muerte de Jesús es salvación del pecador. Pero Pilatos comete una injusticia.

4.2.9.- Jesús coronado de espinas

Una ironía trágica caracteriza esta escena. Los soldados creen que están mofando de Jesús. No se dan cuenta que están diciendo la verdad: Jesús, efectivamente, es el rey de los judíos y merece que se arrodillen ante él.

4.2.10.- El camino de la cruz

La inscripción colocada en la cruz, una vez más –sin que lo quieran los adversarios- dice la verdad. El relato sigue el ritmo de las indicaciones horarias: las nueve de la mañana, el mediodía, las tres de la tarde. La primera parte es la crucifixión, donde se destaca el despojo de las vestiduras de Jesús. Jesús rechaza la primera bebida que le ofrecen: un narcótico para adormecerlo y aliviar los dolores; él quiere vivir consciente las últimas horas.

4.2.11.- Las burlas al crucificado

Se escucha el grito desafiante: “¡Sálvate a ti mismo!”. Tres grupos de personas confrontan al crucificado para burlarse se su misión mesiánica de salvación y sus títulos; le piden que se baje de la cruz para poder creer en él. Lo más trágico: incluso sus compañeros de condena lo insultan.

4.2.12.- La muerte de Jesús

Al mediodía viene una gran oscuridad que se prolonga al menos por tres horas, hasta la muerte de Jesús. ¿La tierra será más consciente que los humanos, al cubrirse el rostro ante el crimen que se va a cometer? Una profecía está en el trasfondo. El cosmos anuncia que ha llegado la hora del fin: la intervención decisiva de Dios en la historia. En medio de la  oscuridad Jesús ora con el Salmo 22. Los presentes se burlan de su experiencia de Dios tergiversando las palabras del Salmo. Jesús muere.

4.2.13.- La hora del discipulado

Al morir Jesús un nuevo signo interpretativo del sentido de la cruz se manifiesta: el velo del Templo se rasga. En el cuerpo del crucificado Dios ha revelado su presencia definitiva en medio de los hombres: un nuevo acceso a Dios es posible. El centurión romano profesa la fe: “viendo la forma como murió”. De forma paradójica se realiza lo que piden los adversarios: “que veamos para que creamos”. Curiosamente lo que ve el centurión no es que Jesús se salve de la Cruz sino que muere en ella con una oración de confianza en el Padre Dios. Dice: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”. Es la más bella profesión de fe del Evangelio. Las mujeres, imagen de fidelidad en el discipulado, contemplan la escena desde lejos. ¿Creerán como el centurión?

4.2.14- Jesús es sepultado

No todos los responsables del pueblo judío eran contrarios a Jesús. Uno de ellos viene a enterrarlo. Las mujeres hacen de “testigos” de la sepultura en la expectativa de lo sean también después de la resurrección[6].

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

“Seremos participantes de la Pascua de forma más clara de lo que se hacía en la antigua Ley (…). Pero un día, cuando el Verbo beba con nosotros el cáliz nuevo del Reino del Padre, participaremos más perfectamente y con visión más clara, porque entonces el Verbo mostrará lo que ahora nos hizo ver de forma menos plena. (…) Si eres Simón Cireneo, toma la cruz y sigue al Maestro. Si, como ladrón, está colgado de la cruz, reconoce honestamente a Dios: si Él, por ti y por tus pecados fue ahora contado entre los impíos, tú, por Él, hazte justo. Adora a aquel que por tu culpa fue colgado de un madero; y si tú estás crucificado, saca ventaja de tu maldad, compra la sal con la muerte, entra en el Paraíso con Jesús, para comprender de qué altura caíste (…) Si eres José de Arimatea, pide el cuerpo a quien lo crucificó; aprópiate del cuerpo que expió los pecados del mundo. Si eres Nicodemo, aquel admirador nocturno de Dios, úngelo con los ungüentos fúnebres. Si eres la primera María, o la otra María, o Salomé, o Juana, derrama lágrimas al romper el alba. Obra de tal manera que puedas ver el túmulo destapado o, tal vez, a los ángeles o incluso al mismo Jesús”[7].

 



[1] Benedicto XVI, Homilía Domingo de Ramos 05 de abril 2009. Extractos.

[2] La aclamación  ‘Hosanna’ que figura en los 4 evangelios ha encontrado un puesto de relieve en la liturgia de las comunidades cristianas primitivas como grito de tono escatológico. En la Didajé, implorando el fin de este mundo y la venida del Reino de Dios se dice: “Venga la gracia y pase este mundo, Hosanna al Dios de David. Quien esté preparado que se acerque, quien no lo está que se convierta. Maranatha, ven Señor. Amén” Hay otros testimonios…, actualmente la aclamación del hosanna está colocada en el Sanctus, antes del relato de la Institución.

[3] Cita de una carta del 16.7.1944, en Resistencia y sumisión: cartas y apuntes desde el cautiverio,

Barcelona 19712, p. 210. El comentario al Canto es una adaptación de: B. Marconcini, El Libro de Isaías 40-66 (GEdAT), Madrid 1999, pp. 176-182.

[4] J. M. Vernet, 22 salmos para vivir,  Barcelona 19872 (DCPL 22), pp. 72-73.  Adaptado.

[5] San Ambrosio, Comentario al Salmo 118, III, 8, (SAEMO IX), Milán-Roma 1987, pp. 131-133. Juan Pablo II, Catequesis 19-11-2003. Adaptada.

[6] Todo este § 4 tomado de un curso dictado por el  F. Oñoro en el Uruguay.

[7] San Gregorio Nacianceno, Oratio XLV, in Pascha, 23-25. Gregorio nació hacia el año 330. Tras cursar brillantemente sus estudios en Cesárea de Capadocia, en Cesárea de Palestina, Alejandría y Atenas, recibió el bautismo hacia el 358 y decidió consagrarse a la “filosofía monástica”, pero sin decidirse, contra lo que había prometido, a dejar su familia para unirse a Basilio, con excepción de breves períodos, en los que se dedicó con su amigo al estudio de la obra de Orígenes. Por navidades del 361 fue ordenado sacerdote por su padre; en el 372, san Basilio, como parte de su plan de política religiosa, lo obligó a aceptar la sede episcopal de Sásima, una estación postal a la que Gregorio se negó luego a trasladarse. El 374, tras la muerte del padre, gobierna por poco tiempo la diócesis de Nacianzo, pero se retira en seguida a Seleucia de Isauria. Cuando a la muerte del emperador Valente (378) los nicenos cobran nuevas esperanzas de prevalecer, la sede de Constantinopla estaba en manos de los arrianos (desde el 351); para reagrupar la pequeña comunidad ortodoxa según la línea trazada por Basilio (que ya había fallecido) se recurre a Gregorio, que implanta su sede en casa de un pariente (capilla de la Anástasis). Las dotes humanas y religiosas de Gregorio y los 22 memorables discursos que pronuncia durante estos años le granjean una espléndida notoriedad, no exenta sin embargo de críticas de una y otra parte. En 381, se convocó un concilio en Constantinopla (el concilio que luego será catalogado como segundo ecuménico). Tras la muerte repentina de Melecio, Gregorio, elegido como presidente del concilio, mostró su desacuerdo con la fórmula de fe que se proponía. Gregorio propugnaba una declaración inequívoca de la divinidad y de la consubstancialidad del Espíritu Santo. Hubiera querido, por otra parte, satisfacer los deseos de los occidentales que lo querían sucesor de Melecio, pero no logró sino disgustar a unos y otros. Gregorio no tardó en comunicar con gran amargura su dimisión al emperador y, al cabo de dos años pasados en Nacianzo, hizo elegir como obispo de esta sede a su primo Eulalio (383) y se retiró a su propiedad de Arianzo. Murió en el año 390.