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Padre Guillermo Gómez compartió su experiencia misionera en Mozambique: 15 meses de fe, solidaridad, trabajo y alimentación de ratones que dejaron huella

En un encuentro realizado en la Catedral de Nueve de Julio, el sacerdote relató su experiencia pastoral en África, donde durante un año y tres meses acompañó a comunidades atravesadas por la pobreza, las dificultades para acceder al agua y la falta de servicios esenciales. La construcción de una parroquia, el trabajo con niños y jóvenes, el diálogo entre católicos y musulmanes y hasta alimentarse de ratones y seguir con el mate, formaron parte de una misión que dejó profundas enseñanzas

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El Padre Guillermo compartió en la Catedral de Nueve de Julio el relato de su experiencia misionera en Mozambique, país africano donde permaneció durante un año y tres meses desarrollando una intensa tarea pastoral y comunitaria.

 

Frente a los presentes, reconstruyó el camino que lo llevó hasta África y recordó los acontecimientos que despertaron en él el deseo de asumir ese desafío.

Entre ellos mencionó la visita del Padre Juan Peregrino a Mozambique, en junio de 2019; el viaje apostólico del papa Francisco a ese país, Madagascar y Mauricio; y el testimonio del sacerdote argentino Juan Gabriel Arias, quien llevaba varios años trabajando en territorio mozambiqueño.

Aquellas experiencias fueron encendiendo una inquietud que finalmente se transformó en una decisión. Guillermo manifestó públicamente su disposición para colaborar en la misión, convencido de que también es posible dar desde la propia pobreza.

Una realidad marcada por las necesidades

Al llegar a Mozambique, el sacerdote se encontró con una realidad muy diferente de la que conocía. Su destino fue Quillaje, en el norte del país, una región de comunidades rurales donde las necesidades materiales eran profundas.

La falta de electricidad, las dificultades para conseguir agua y las condiciones precarias de las viviendas formaban parte de la vida cotidiana. Al recordar sus primeros días, contó que al caer la tarde, alrededor de las cinco, comenzaban a encenderse pequeños fuegos en las casas para preparar la comida. En muchas viviendas no había energía eléctrica y la jornada estaba completamente organizada según la luz natural.

También tuvo que adaptarse a una nueva lengua. Aunque el portugués es el idioma oficial de Mozambique, en las comunidades donde desarrollaba su tarea se hablaba mayoritariamente macua. Para poder celebrar la misa y acercarse a los vecinos, comenzó a grabar las lecturas y oraciones, escucharlas y practicar su pronunciación.

El objetivo era poder celebrar y transmitir el mensaje religioso en el idioma de la gente.

Uno de los principales logros de su misión fue la creación de una nueva parroquia, que comenzó a funcionar el 29 de junio.

Hasta entonces, las instalaciones disponibles eran muy limitadas: una iglesia, un pequeño cuarto, un baño, una sala y la sacristía. El propio sacerdote vivía en condiciones muy sencillas, mientras la comunidad manifestaba una necesidad concreta: contar con un salón de material donde desarrollar encuentros, actividades educativas y tareas pastorales.

A partir de ese pedido comenzó a gestionar ayuda ante Manos Unidas, organización española que ya había desarrollado proyectos de construcción de escuelas y pozos de agua en la región.

La comunidad también asumió su compromiso. Los vecinos se ofrecieron a fabricar los ladrillos necesarios para levantar las nuevas instalaciones. Finalmente, se produjeron alrededor de 8.000 ladrillos y, con el acompañamiento económico y técnico, la obra pudo avanzar.

En apenas cuatro meses se construyeron una secretaría parroquial, tres aulas y un salón comunitario. También se incorporaron baños y mobiliario para mejorar las condiciones de funcionamiento.

La inauguración se realizó el 15 de agosto, fecha en la que también se celebró el primer aniversario de la parroquia y la despedida del sacerdote, que regresaría a la Argentina el 25 de agosto.

Los niños y jóvenes, protagonistas de la vida comunitaria

Otro de los aspectos que más impactó al Padre Guillermo fue la participación de los jóvenes.

En las celebraciones religiosas de los días de semana concurrían entre 70 y 80 personas, de las cuales aproximadamente 50 tenían apenas 14 o 15 años.

Los adolescentes dirigían el rosario, participaban de los cantos y colaboraban activamente en las celebraciones. La alegría, la música y la participación colectiva eran características permanentes de aquella comunidad.

También destacó el trabajo de la escuelita infantil, que recibió a numerosos chicos y contó con la colaboración de monitores locales.

A través de Cáritas Diocesana se impulsaron, además, cursos de electricidad destinados a jóvenes, con participación de varones y mujeres, tanto católicos como musulmanes.

Para el sacerdote, promover la presencia femenina en estos espacios también significó un desafío cultural, en una sociedad donde tradicionalmente muchas responsabilidades comunitarias quedaban concentradas en los hombres.

El agua, una necesidad que todavía espera respuestas

Entre las dificultades más importantes que encontró durante su misión estuvo el acceso al agua.

Guillermo relató que algunos niños y mujeres debían caminar hasta dos kilómetros para buscar un balde de aproximadamente 20 litros. Una tarea cotidiana que permite dimensionar las condiciones de vida de muchas familias.

Durante su permanencia intentó encontrar agua mediante estudios y exploraciones en el terreno, pero no fue posible localizar una fuente adecuada en el lugar donde se encontraba la parroquia.

Sin embargo, mediante gestiones con las autoridades locales consiguió garantizar el abastecimiento para la comunidad parroquial, aunque a un costo muy elevado.

El sacerdote explicó que el problema continúa siendo una de las grandes necesidades de la región y que contar con agua suficiente resulta indispensable para sostener las actividades educativas, religiosas y comunitarias.

El mate y la yerba: un pedacito de Argentina en África

Entre las anécdotas que despertaron sonrisas durante el encuentro apareció una costumbre inseparable de la identidad argentina: el mate.

Guillermo contó que llevó la infusión a Mozambique e incluso compartió la experiencia con un sacerdote mozambiqueño, aunque reconoció que no pareció entusiasmarse demasiado con la bebida.

El mate también quedó asociado a uno de los recuerdos más entrañables de su vida cotidiana.

Cada mañana, alrededor de las cinco menos cuarto, cuando preparaba la infusión y cambiaba la yerba, una pequeña vecina comenzaba a saludarlo. La niña, que apenas gateaba cuando él llegó, terminó incorporándolo a su mundo familiar y lo llamaba cariñosamente «papá».

La escena, sencilla pero cargada de afecto, refleja cómo los vínculos humanos fueron atravesando las diferencias culturales, religiosas y lingüísticas.

En una tierra lejana, entre nuevas costumbres y enormes necesidades, el mate y la yerba también se convirtieron en una pequeña expresión de su Argentina natal.

El encuentro entre culturas y religiones

La convivencia entre católicos y musulmanes fue otro de los ejes de su experiencia.

En una región donde la presencia musulmana es mayoritaria, el sacerdote destacó la importancia del respeto, el diálogo y las actividades compartidas.

Entre ellas mencionó los encuentros deportivos, la participación de jóvenes en equipos de fútbol y distintas propuestas comunitarias que favorecieron la integración.

También relató cómo fue construyendo relaciones de amistad con familias de la zona, incluso con personas de otras religiones. Recordó especialmente a Francisco, un vecino musulmán que lo incorporó a su vida familiar y lo invitaba a participar de distintas celebraciones.

Los abrazos, los gestos de afecto y las expresiones de cercanía también fueron parte de un aprendizaje cultural. Guillermo explicó que en aquella sociedad las manifestaciones públicas de cariño no son habituales, pero que, a través del deporte y la convivencia, los jóvenes fueron encontrando nuevas maneras de expresar sus sentimientos.

Una misión que dejó frutos y nuevos proyectos

Al repasar los 15 meses de trabajo, el Padre Guillermo destacó que la misión no se limitó a la construcción de edificios o al desarrollo de actividades religiosas. También significó acompañar a las familias, generar oportunidades educativas, impulsar la participación de las mujeres y fortalecer los vínculos entre comunidades.

La despedida de Mozambique no significó el final del compromiso. Durante el encuentro anunció su deseo de regresar, si Dios lo permite, para impulsar una nueva experiencia de colaboración sanitaria.

Su intención es conformar un equipo integrado por médicos, enfermeros y otras personas vinculadas con la salud, que pueda trabajar junto al centro sanitario de la región. Reconoció que la atención médica es muy limitada y que muchas personas mueren por enfermedades que podrían tratarse con mayores recursos.

Para concretar esa iniciativa, espera sumar profesionales jóvenes y voluntarios dispuestos a compartir unos días de trabajo en territorio africano.

Una historia de fe, compromiso y solidaridad

La presentación en la Catedral de Nueve de Julio permitió conocer de cerca una experiencia misionera atravesada por desafíos, aprendizajes y momentos de profunda humanidad.

Desde la construcción de una parroquia con 8.000 ladrillos hasta los encuentros con niños, jóvenes, mujeres y familias musulmanas, cada relato mostró la importancia de estar cerca de quienes más necesitan.

Y entre tantas imágenes de Mozambique, también quedó lugar para algo tan cotidiano como un mate compartido, una ronda de encuentro y una yerba que se renueva cada mañana.

Porque, a miles de kilómetros de la Argentina, el Padre Guillermo descubrió que la misión también se construye con pequeños gestos: escuchar, acompañar, compartir y generar comunidad, y para evangelizar, compartió la mesa de la comunidad y llegó a comer ratones, parte de la alimentación cotidiana en Mozambique.

Su testimonio dejó un mensaje claro: la solidaridad no reconoce fronteras y la fe encuentra su expresión más profunda cuando se transforma en servicio.

En síntesis, a miles de kilómetros de su parroquia, el mate y la yerba fueron también una manera de llevar un pedacito de Argentina a Mozambique, donde ayudaron en la misión que se construyó con fe, solidaridad y pequeños gestos de amor.

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